El negro de Edelmann – Diego Rodríguez Reis
Yea, from the
table of my memory
I’ll wipe away
all trivial fond records,
All saws of
books, all forms, all pressures past,
That youth and
observation copied there.
Hamlet, I, V
But the most
noble and profitable invention of all other was that of speech, consisting of
names or appellations, and their connection; whereby men register their
thoughts, recall them when they are past, and also declare them one to another
for mutual utility and conversation.
Leviathan, I, IV
No veía a R.
desde hacía años, décadas, siglos. Durante un tiempo, habíamos abrevado en el
café Longfellow, formábamos parte de un grupo de escritores inéditos
(festivales, recitales de poesía, fanzines, manifiestos). Pero todo eso había
pasado. El grupo se había disuelto, todos habíamos más o menos editado, el café
había devenido pizzería, según supe.
Lo encontré (me
encontró) en la plaza Belgrano, en el barrio homónimo. Era la tarde casi noche
y yo repasaba unas notas para una clase: Shakespeare y la poesía hermética,
algo así.
―De vuelta al
pago, Damiancito.
La memoria
ignora el tiempo. Fue escucharlo y fue volver instantáneamente a esas noches de
infinitas discusiones retóricas e infinitas copas del vino más barato de la
casa. Ernesto, Clara, Lucía, dónde andarán, que será de esos muchachos. De
todos ellos, R. siempre fue el único que jamás terminó de agradarme. Con los
otros yo había aprendido mucho del oficio de escribir, habíamos crecido juntos.
Y Vera, mi Vera.
Qué será de ella.
Se sentó a mi
lado. Tuve que guardar mis notas.
―Recordarás,
Damiancito querido, que el Longfellow estaba acá a la vuelta. Habrás regresado
a buscar un poco de aquella magia, che.
No supe (no
quise) decirle que no me había llevado la abstracta nostalgia literaria, sino
la otra (física casi) del recuerdo de Vera: tantas tardes habíamos pasado en
esa plaza.
Prendió un
cigarrillo y me alcanzó el paquete.
―Dejé de fumar
―era cierto―. No pruebo un pucho desde hace tres años.
Enarcó una ceja,
una sola, aparentemente incrédulo. Recordé, casi físicamente, cuánto había
odiado ese gesto.
―Te invito un
café, entonces. O una cerveza, mejor. Este encuentro hay que festejarlo,
Damiancito.
No pude negarme,
no se me ocurrió ninguna excusa verosímil.
Nos levantamos
del banco, junté mis cosas y enfilamos hacia el Oeste, subiendo por la Avenida
de los Pioneros.
―Acá a dos
cuadras hay un lugar bárbaro ―no me miraba al hablar, otra abominable costumbre
suya que comenzaba a recordar, a revivir―. Hacen una roja artesanal fantástica.
Querido,
bárbaro, fantástica, su adjetivación siempre había sido primitiva, deleznable.
Para no hablar de los argumentos de sus relatos.
La cervecería
estaba, efectivamente, a dos cuadras. Pero no soportó la tentación de dar un
largo rodeo, haciéndonos pasar por la esquina de Belgrano y 20 de Junio,
antigua localización del Longfellow. No había una pizzería, no había nada. Sólo
un terreno baldío, ni un rastro del viejo edificio.
No pude esquivar
la tristeza. Mil vidas atrás, en ese lugar había conocido a Vera, había
escuchado a Vera recitar sus poemas épicos, le había leído hasta el hartazgo
los capítulos de mi interminable novela innominada, había besado a Vera, había
amado a Vera.
Vini vidi vinci
Vera.
De alguna forma,
también allí la había perdido y olvidado. Volver era recordar. Y por eso,
además, odié a R. esa noche.
![]() |
| ilustración creada con IA |
Llegamos,
finalmente, al lugar que había mentado.
―Es de unos
amigos, che. Abrieron hace unos meses. Vengo a hacer número. Son muy amigos
míos― se apresuró a decir en cuatro oraciones simples, sin subordinadas, tal
era su estilo.
Pensé que la
circunstancia de la amistad los obligaba a cobrarle siempre un poco más barato,
cuando menos. Mientras esperábamos las cervezas, atacó.
―La pucha que
estás callado, Damiancito. Contame en qué andás. Seguirás escribiendo, supongo.
Vos tenías mucho talento, che.
Obvié la
multitud de tiempos verbales en los que se debatía para comunicarse, aunque
(repentinamente ingenuo o malvado) prefería el pretérito imperfecto para
designar mi capacidad para escribir.
―Estoy
trabajando de auxiliar en la Facultad, terminando un trabajo sobre Shakespeare,
pensando en publicar mi novela ―así, todo gerundiado.
―Ah, sí. Tu
novela. Era buena tu novela, estaba bien ―apoyó los dedos índice y pulgar de la
mano derecha en la frente, parodiando el acto de pensar―. ¿Cómo se llamaba? Era
el nombre de un escritor: Onetti, Di Benedetto.
―Bolaño.
―Bolaño, sí.
Pero después se lo cambiaste, ¿no? Era otra cosa: Los desposeídos, Los
desclasados.
―Los
desplazados.
―Los
desplazados, claro. Un buen nombre, un gran nombre, che. ¿Lo dejaste así o lo
habrás cambiado otra vez?
―Lo cambié
varias veces, sí ―empezaba a ver cada vez menos la necesidad de ese diálogo, de
esa información compartida, de la vida en general―. Ahora se llama Ex machina.
―Ex machina ―lo
repitió, paladeándolo, parangonándolo con algo en su memoria, vaya uno a saber
qué pasaba por su cabeza―. Es latín, ¿no?
―La frase sí, el
procedimiento original es griego ―y la cerveza que no venía.
―Sí, eso quise
decir. Deus ex machina: un gran nombre, sí. Un buen nombre. No logro recordar
de qué trataba, che.
Pero entonces
sí, llegó por fin el mozo con una bandeja y dos jarros de cerveza y, al menos,
pude soslayar discutir y acaso tener que defender mi obra (de la cual estaba
cada vez menos seguro) con aquél individuo. Después del primer trago, me sentí
un poco menos peor.
―¿Y vos en qué
andás? ¿Estás escribiendo?
Fue como nombrar
una contraseña. Se inclinó, acercándose, y bajó considerablemente la voz,
mientras enarcaba aquella ceja detestable.
―Ah, eso es un
secreto, Damiancito.
Ese silencio
negaba toda posibilidad de diálogo. Él lo supo, casi instantáneamente, supongo.
No tuvo mejor idea que mentarme a Vera.
―¿La volviste a
ver a Vera? ―así, seca, una puñalada sin sentido, una bala perdida.
Ver a Vera. Una
cacofonía, una repetición inconcebible, imperdonable.
Descubrí que
estaba sediento. Liquidé el jarro de cerveza de dos largos y sonoros sorbos.
Después dije:
―No nos volvimos
a ver, se fue a España, se casó ―todo era cierto, aunque las cosas no habían
ocurrido precisamente en ese orden. Sólo eran verdaderas las circunstancias.
Él despachó de
varios tragos igualmente sonoros su cerveza, y mientras hacía una seña al mozo,
volvió a acercarse, a secretear, a enarcar su célebre ceja.
―Te hice trampa,
Damiancito ―se incorporó rápidamente―. Ya sabía todo eso, perdoname. Era para
romper el hielo, nomás, para entrar en tema, viste― primera subordinada que
usaba―. Vos la querías mucho, ¿no?
Amicus Vera sed
magis amicus veritas.
O peor: Amicus veritas
sed magis amicus Vera.
No había una
respuesta para esa pregunta, al menos no una que cupiera en una, dos o cien
palabras. Se formó un banco de silencio, quebrado afortunadamente por la
llegada del mozo. Los dos volvimos a beber. El ritmo y la frecuencia del
diálogo y de ese beber me persuadió de que (de no mediar una actitud drástica
mía), aquella iba a ser una larga velada. Él contraatacó, después de haber
calculado un tiempo respetable, como para dejar que mi tristeza se asentara.
―¿Sabés qué es lo
más gracioso? ―preguntó, formuló, adverbió―. ¿Sabés cómo se llama el tipo?
―¿Qué tipo?
―El tipo, el que
se casó con Vera.
No importaba mi
intervención, mi permiso o mi negativa. Iba a decírmelo, no iba a dejar pasar
esa oportunidad. En el fondo, R. siempre ansiado, amado a Vera, la idea de
Vera, en realidad. En el fondo, siempre nos habíamos detestado.
―Vera se llama.
Asencio Vera se llama el infeliz ―ví o sentí aflorar el odio a sus ojos―. ¿Te
das cuenta?
Me daba cuenta,
sí. Me daba perfecta cuenta.
Vera Vera.
O peor: Ver a
Vera Vera.
Ya la duplicidad
era intolerable. La triple repetición (la doble repetición, en realidad)
superaba cualquier cálculo, cualquier pretensión de frialdad. Decidí que al
terminar mi cerveza, buscaría cualquier excusa para irme.
Él no lo
advirtió. Era un tipo inaccesible a las sutilezas. Mientras encendía un
cigarrillo, sin mirarme, se puso a canturrear:
―Damiancito
viejo y peludo,
sin una sola
arruga
como talón de
tortuga...
Y al terminar la
cerveza, hizo un gesto al mozo pidiendo otra vuelta:
―Si estás igual,
viejito. Para nosotros, en cambio, el tiempo sí pasó, che.
―Nosotros,
¿quiénes?
―Nosotros. El
resto de los del Longfellow, digo.
Llegó otra ronda
de cervezas. R. fumaba meditabundo.
―Nosotros
envejecimos, Damiancito. Lucía falleció harán unos seis años. Ernesto murió de
un aneurisma. Clara se mudó al Uruguay.
Ahora me miraba,
calculando el alcance de esas revelaciones.
―Después de lo
de ustedes seguimos juntándonos, te imaginarás ―estiró la mano y comenzó a
jugar con el jarro, haciéndolo girar―. Al mes, mes y medio, cayó Vera con el
tal Asencio.
Yo no jugué con
el jarro. Tomé un breve trago. Esta vez, la vuelta iba a ser más larga.
―Al año pasó lo
de Lucía. Ese fue el principio del fin.
Siguió jugando
con el vaso un rato largo. Parecía otro tipo, esas pausas sapientes no eran de
R.
―Ellos también
envejecieron. Se fueron a Madrid en el dos mil dos, como tantos.
Casi estuvo a
punto de hacerme replantear la imagen que guardaba de él. Pero enseguida nomás
volvió a ser el R. que yo conocía.
―¡Pero vos estás
idéntico, che! ―saltó, ahora sí dejando de jugar con el vaso y pegando un largo
trago―. Así que Shakespeare. Siempre con tus cosas, Damiancito. Contame cómo es
eso.
Le reseñé
brevemente mi trabajo. Shakespeare y el árbol que figura en uno de sus sonetos:
el árbol solo de Arabia. Eso y las referencias a la poesía hermética. El árbol
de Jacques―Pére. Eso. Mi trabajo: la relectura de la relectura de una lectura.
Casi feliz de que la conversación abrevara lejos de Vera y del pasado común,
terminé casi haciendo una apasionada apología del hermetismo.
R. escuchaba o
simulaba escuchar. Cuando terminé, sentenció:
―Damiancito, el
hermético.
En la actividad
mental (continua, versátil) de R. menguaban las explicaciones. Todo era definición.
Me cansó. Decidí
aceptarle (robarle) un cigarrillo.
―Ahora contame
vos, cómo es eso de tu secreto.
―Mi secreto,
¿qué secreto?― jugó un rato con el encendedor antes de alcanzármelo.
―Me dijiste que
lo que estabas escribiendo era un secreto ―dije, prendí el pucho, aspiré de
nuevo la hermosa y horrible bocanada―. Contame, qué tan oscuro puede ser.
Le dolió. O
fingió que le dolía. O fingió otra cosa que yo creí dolor. A esas alturas, ya
todo me parecía una parodia entre los dos. Colaborando con esa sensación, él
miró subrepticiamente hacia los lados, se me acercó, para luego decir, casi
susurrar:
―Edelmann.
Volvió a echarse
hacia atrás, y prendió ahora él un cigarrillo, aparentemente nervioso.
―Edelmann
―repetí yo, perplejo, aburrido.
Colocó
aparatosamente el índice izquierdo sobre los labios. Hizo una pausa, siguió
fumando. Eso era el verdadero, pleno, todo R. en su apogeo: la exaltación del
signo, de la huella. La superficie de un mar inexistente.
―Vos sabrás ―se
sintió casi obligado a darme una lección de literatura y aún de historia― que
después de la caída del Tercer Reich, todos los intelectuales (militantes o nó)
del partido nacionalsocialista huyeron.
Pausa.
Exhalación. Suspenso.
―Muchos a
Sudamérica, a la Argentina, a la mismísima zona cordillerana, entre ellos el
tan mentado Edelmann.
Le recordé que
eso era una teoría. Chasqueó la lengua, un gesto de desenfado espontáneo que me
sonó extraño en él, demasiado natural. Acaso habría algo de cierto en lo que
estaba diciendo, en lo que quería decir. O todo era pasar el tiempo, matar la
tarde, la noche, la vida ahí sentados.
―Teoría, querido
Damián, es el nombre que le ponen los pánfilos a la verdad que no pueden
enfrentar.
Pasé por alto lo
de pánfilo. Acepté otra vuelta (la cuarta ya) preguntándome qué carajo estaba
haciendo ahí todavía. Me respondí enseguida: Estoy solo. Qué solo estoy.
Y R. dándome su
definición personal de la verdad.
―Edelmann vivió
acá, en Bariloche. Es un secreto a voces ―llegó la bandeja enseguida, tomó su
jarro, pegó un trago―. Teoría ―repitió, riéndose.
Aplasté el pucho
en el cenicero, arrimé mi vaso. Puse cara de espera, de hastío.
Él se largó.
―Mirá, Edelmann
rajó de Alemania y cayó acá, como tantos, ¿no? Hasta ahí todo bien. Vivió,
tranquilamente, prósperamente, la mitad de su vida acá en Bariloche, en este
mismo barrio. Capaz venía de vez en cuando a tomarse una cerveza a este bar― lo
divirtió su propia ocurrencia―. No sé cómo se llamaba antes de que lo compraran
mis amigos.
―Sahara ―lo
recordé en voz alta.
―Sahara, sí.
Mirá que habías sido memorioso, che Damiancito ―aplastó su pucho junto al mío.
Ya había media docena en el cenicero―. Sigo. Hasta ahí todo bien. Edelmann
viene, se instala, sigue escribiendo, publicando con su editor europeo y, allá
por el ochenta y tantos, se muere. Fin de la historia oficial. Aquí no ha
pasado nada.
Mi gesto
inalterable.
―Ahora viene lo
interesante. Edelmann escribió, en veinte años, exactamente veintiocho libros.
¿Vas captando?
Leve gesto
afirmativo de mi parte.
―Veintiocho
libros en veinte años hacen un promedio de un libro y medio por año. Eso, sin
contar las notas, las monografías, los artículos ¿entendés? No hay escritura
individual posible de eso, no hay mano que aguante.
Comencé a ver
algo de coherencia (aunque aún bastante lejos de la razón) en su cadena de
datos. De cualquier forma, algo no me cerraba. Le pregunté (previendo que tenía
una respuesta preparada para casi todo) por qué contabilizaba un período de
veinte años.
―En el cuarenta
y cuatro publica su último libro allá, en Alemania, y el último aparece en el
sesenta y cuatro. Veinte años, redonditos ―dijo satisfecho, sin percibir que la
irracionalidad no estaba justamente en los números.
Prendió un nuevo
pucho. Jugó unos segundos con su jarro de cerveza, sin beber.
―Edelmann tenía
un ghost writer ¿entendés? Un escritor fantasma, un tipo que escribía para él,
a sueldo ―le pegó una larga pitada al cigarrillo―. Lo que se dice usualmente un
negro, bah.
Me cansó, al
fin, no sé si lo que decía o la displicencia que parodiaba. Tomé un trago.
―Ponele que sí
―le dije, mirándolo fijo―. Ponele que Edelmann vino a la Argentina, que vivió
en Bariloche, que siguió escribiendo, que murió acá. Ponele que tenía un negro
que escribía para él ―hice una pausa significativa―. ¿Y con eso qué?
Fue como mentar
al diablo en una iglesia en el Medioevo. Era un atropello a su lógica, a eso
que él llamaba razón. Le costó reponerse a eso. Después dijo.
―¿No te das
cuenta, Damiancito? El negro, ¿entendés? Eso es lo único que importa ―tomó un
trago, ahora sí―. El negro ―repitió.
―¿El negro qué?
―no lo dejé respirar.
―Pensá en lo que
significa el negro. Ese negro tiene nó una, sino cien, mil historias para
contar, ¿entendés? Su relato de la historia de Edelmann, de la caída del Reich,
de la Historia misma ―seguía fumando y bebiendo mientras hablaba, ahora estaba
exaltado―. Ese negro es un caso fabuloso, una rara avis literaria: su discurso,
su voz jamás escuchada. Si alguien pudiera acceder a eso, a ese material...
Se detuvo.
Entendí (o decidí) que, en el fondo, poco le importaban a R. la literatura, el
arte o la forma: él quería sentir, entender y expresarlo todo. Me acordé de un
cuento de Kipling, del Aleph de Borges, de Cyrano de Bergerac, del Aspern de
James. Todas de alguna forma historias de voceros, de traducciones. Le robé
otro cigarrillo y lo prendí. Me pregunté si a la mañana siguiente podría
resistir la tentación de volver a fumar. Me respondí que sólo haciendo de esa
noche un accidente de la memoria. R. callaba, perdido en el alcance de sus
dichos.
―Es cierto ―le
concedí, al cabo de un rato― pero imposible. Es interesante, pero cómo
comprobar algo así. Sigue sin pasar de ser una teoría.
Había algo en la
palabra teoría que parecía enervarlo particularmente. Liquidó de un trago el
contenido de su jarro. Se acercó otra vez. Después lo dijo.
―Tengo al negro
de Edelmann.
Me descolocó.
Primero pensé que era un mal chiste. R. solía hacer esa clase de cosas. El
tono, la mirada, me persuadieron de lo contrario. Nunca lo había visto tan
serio. La segunda opción era que finalmente, previsiblemente, había
enloquecido. No quise decidirlo, todavía. Opté por hacerlo hablar. A esas
alturas, no fue muy difícil.
―Tendrá por lo
menos noventa años.
―Noventa y seis
―dijo, exageradamente seguro.
Ahora fui yo
quien pidió otra vuelta. La noche crecía. Serían las diez ya, acaso las once.
Me pareció que había menos luces encendidas que al principio, lo cual acentuaba
mi sensación de soledad, de aislamiento. No era cierto, sin embargo. Algunas
parejas cuchicheaban de sus cosas, en otras mesas, vivían otras vidas,
ignorándonos felizmente.
―¿Cómo lo
encontraste?
―Primero fui a
la pensión donde Edelmann murió: revisé los papeles, recibos, el pseudo archivo
de esa gente, te imaginarás lo que era eso. Después estuve en el consulado, en
el registro civil, en el cementerio. Nada.
Hizo una pausa.
Las pausas eran su especialidad.
―Después me puse
a pensar y digo: un extranjero, viejo, sin nadie, ningún pariente o conocido,
¿a dónde va?. Y me fui al geriátrico, el público viste. Ahí estaba el negro, lo
más campante. Y me lo llevé.
―¿Así tan fácil?
¿Te lo llevaste?
Sonrió. La vida
pareció volver a su cara.
―Fácil empresa:
no tiene voluntad propia. Entre nos, desde el vamos, un tipo que vende a otro
lo que escribe, es un sujeto sin voluntad.
―Pero, ¿y la
gente del geriátrico?
―¿Vos viste lo
que son esos lugares? Un abandono total, no les importa nada. Una mentirita,
unos pesos y me lo entregaron apuradísimos al viejo.
Apareció una vez
más el mozo. Yo mismo lo había llamado, claro. Aunque era una chica ahora. ¿O
siempre había sido una chica y yo sólo la había visto de reojo, asumiendo
erróneamente que era un varón? No supe. No me importó.
Otra diferencia:
nos cobró lo que habíamos consumido hasta entonces, más lo que acabábamos de
pedir. Pagué, aunque para ser estrictos, yo había sido el invitado. R. parecía
divagar, ensimismado.
Apenas se fue la
moza, continuó su relato. Había un inconveniente, dijo. El negro hablaba
alemán. Chapurreaba el castellano, pero lastimosamente, todo lo lastimoso que
puede ser en español un ario.
―Llevo cuatro
años estudiando el idioma. No puedo arriesgarme a acercarle ese material a un
traductor. O que alguien vea al negro.
Ya había ido
demasiado lejos. Decidí que lo escucharía sólo hasta el final del jarro de
cerveza. Ya había tomado casi enseguida un largo trago. Quedaba poco más de la
mitad. Un jarro medio vacío.
―Entonces, la
idea sería... ―lo empujé un poco más.
Comenzó una
acalorada defensa de la mímesis, del arte griego. Su obra, decía, estaría
justamente sobre la línea de ese concepto. Su idea era rescatar el relato, el
discurso original del negro en toda su plenitud, con absoluta honestidad. Con
todos los beneplácitos (sintácticos, sociológicos, históricos) que ese trabajo
conllevaría. Cualquier rasgo de ficción, sentenció, sería contaminarlo de
literatura, de falsedad.
Le recordé que
firmar el trabajo con su propio nombre transformaba toda la obra en ficción.
Que más verdadero sería un reportaje.
Chasqueó la
lengua, su consabida mueca.
―Eso sería
periodismo, Damiancito. Ya no sería arte, ¿entendés?
Despachó su
jarro de cerveza. Yo aproveché para hacer lo mismo con el mío.
Me levanté. Nos
levantamos. Fuimos saliendo. ¿Qué hora era? No sabía. Pasada la medianoche, eso
seguro. Ya estábamos en el otro día, ya era mañana. Sin quererlo, fuimos
caminando juntos unas cuadras. Él fumaba, ahora con gravedad, aunque
visiblemente algo alcoholizado. Yo respiraba el aire cordillerano de la ya
madrugada, ese aire áspero, casi sólido. A pesar de todo, me sentía bastante
bien.
Entonces, R. se
detuvo de golpe.
―Acá vivo yo
―dijo, como acordándose.
Me miró y lo
miré a los ojos, creo que por primera vez en toda la noche. Estaba como vacío.
―¿Querés verlo?
―me asombró su ofrecimiento, teniendo en cuenta la reticencia que venía
demostrando al respecto.
Decirle que no,
era desairarlo, confesar que no le creía ni media palabra. Decirle que sí era
empujarlo a la cornisa, obligarlo a admitir su locura. Así que le dije que sí.
Entramos. Era
una típica casa vieja del barrio Belgrano. Años, décadas atrás, probablemente
había sido una casa ilustre con pórticos, balaustradas, esas cosas. Pero ahora
se había ido viniendo abajo. Había muchas indigencias asombrosas (las cortinas
amarillentas y raídas, un hueco en la pared, un clavo por perchero) que me
persuadieron de que R. jamás le había puesto un peso a esa casa heredada. Me
tomó un segundo corregirme: lo que R. ignoraba en realidad era el valor del
dinero.
Entre
adivinatorio y sagaz, con la excusa de que tenía que ir al baño, me dejó solo
frente a una foto que había sobre una mesa ratona, un retrato del grupo del
Longfellow. Ahí estábamos todos nosotros: Ernesto, Clara, Lucía, el mismo R., y
Vera y yo (esos extraños) abrazados, ajenos, felices. Me acerqué, reconocí el
pañuelo de Vera (regalo mío para un cumpleaños suyo), su sonrisa inconfundible,
algo asimétrica. Casi podía sentir su perfume, casi estuve a punto de hablarle.
Entonces volvió
R. Me incorporé rápidamente, ya sin poder disimular. Él (su cabeza) estaba en
otra cosa. Se había lavado la cara y mojado el pelo, ahora lo tenía echado
hacia atrás. Venía tomando agua. Me convidó. Estaba tibia.
Lo miré como
preguntando: ¿Y ahora qué?
―Al sótano
―dijo, rápido.
Levantó una
puerta trampa en el suelo. Antes de entrar, miré hacia atrás, planeando un
posible trayecto de escapatoria en el caso de que las cosas se pusieran
espesas. Hasta entonces, R. siempre había sido para mí no más que un loco
manso, apenas un ex yuppie como tantos con la psique maltratada por la fiaca,
el spleen. Pero ahora, todo adquiría otro matiz. No sabía hasta dónde lo podía
llevar su locura.
Inicié el
descenso. No había luz, ni eléctrica ni de ninguna otra especie. La escalera
era empinada, faltaban un par de escalones, algunos consecutivos. Casi me caigo
redondo, pero afortunadamente pude hacer pie. Finalmente llegué, más o menos
indemne, hasta el final de la escalera. Miré hacia arriba. R. no había bajado
conmigo. Peor aún, la puerta estaba cerrada.
Me desesperé.
Comencé a entender. R, estaba ciertamente, rematadamente loco. Yo había forzado
a su locura, haciéndolo hablar. Había construído un débil castillo con
Edelmann, el negro y su relato. Y ahora tenía que liquidarme, matarme de hambre
y de sed en ese sótano para que su demencia tuviera sentido, o para que yo no
revelara su secreto.
Pensé en gritar.
Al instante, desistí. Era inútil. Esas construcciones del viejo Bariloche eran
inexpugnables al sonido, a la luz, a la razón. Estiré los brazos hasta que dí
con una pared. Ahí me quedé unos segundos.
Entonces,
percibí otra presencia en el lugar. Una respiración ronca, un arrastrarse de
pies. Se detuvo. Estaba delante mío. Al principio, la oscuridad me impedía ver
nada. Después, gradualmente, fuí distinguiendo, primero una figura antropoide,
casi humana. Luego, ciertos rasgos se definieron.
Avancé, antes
por reflejo que por decisión. La figura retrocedió. Se oyó un chasquido, un
breve resplandor y ví encenderse una lámpara de kerosén. La lámpara descansaba
sobre una mesita repleta de papeles amarillentos, manuscritos quizá. Un tintero
y una pluma. Una taza y una escudilla de barro. Junto a la mesa, un catre y una
bacinilla debajo. Era la postal de un convento del siglo dieciséis. Y parado
delante mío, insólito, atemporal, el evidente negro de Edelmann.
Era rubio,
rubísimo, blanco de tan rubio. El negro de Edelmann era rubio, claro.
Centenario, lampiño, ojos celestes sí, casi grises, medio petisón. Me asombró
la prominencia de su panza. En él, la superioridad aria se había restringido a
la anchura.
Avanzó hacia mí.
Intentó iniciar una frase, en un híbrido hispano―germano, en el que a duras
penas alcancé a identificar las palabras trabajo y amigo. No lo dejé continuar.
Salí disparado. Subí corriendo las escaleras derruidas, me lancé hacia arriba
sobre la puerta trampa que, sin embargo, no estaba trabada.
Medio aturdido
por el espanto y cegado por la luz, casi me llevé por delante a R., que lo más
tranquilo, tomaba anacrónicamente un mate en la mesada de la cocina.
―¿Y? ―preguntó.
No respondí.
―¿Lo viste?
Asentí.
―Pero hablá,
Damiancito. ¿Hablaste con él? ¿Qué te dijo? ―hizo una pausa para chupar
ruidosamente el mate, y agregó―: ¿Viste qué fenómeno?
Me abrí paso
hacia la puerta de salida, sin responderle, siguiendo el trayecto que había
definido antes de bajar al sótano. Sin hacer caso a los llamados de R. (que,
mate en mano, parecía seguirme) gané la calle. Caminé, no sé cuántas, dos,
tres, cinco, diez, cien cuadras antes de pararme y mirar atrás, alrededor.
Estaba en la Mitre, en pleno centro.
Era la
madrugada. La una, acaso las dos. Una tormenta amenazaba. Los autos iban y
venían, hombres y mujeres normales, gente en su tiempo y en sus cosas. Respiré,
aunque todavía no aliviado.
Me metí en
cualquier bar, me senté y pedí una ginebra y un café. La ginebra me la tomé de
un trago. El café lo fuí paladeando despacio, como si con cada sorbo me
devolviese un poco más a la realidad.
Cuando vino el
mozo a cobrarme, estuvo casi tentado a pedirle un cigarrillo, pero logré
resistir la tentación. Salí, le compré el diario (aún tibio de las rotativas) a
un canillita en una esquina, sólo para mirar la fecha. Ví, a vuelo de pájaro en
la tapa, las noticias del día. Ví inauguraciones, resultados deportivos,
disquisiciones políticas, actos, huelgas, homenajes, símbolos amables de eso
que nos salva de la locura: la continuidad, el pasaje del tiempo.
Dejé el diario
en el alféizar de cualquier vidriera y encaré hacia el Oeste, para mi casa.
Dejé pasar el veinte, el veintiuno, varios taxis. Quería, necesitaba caminar.
Llegué. Me tiré así nomás, vestido y todo, a la cama.
Cuando me
desperté, descubrí (razoné) que había dormido casi quince horas. Me tomó no sé
cuántos días, semanas, meses, reponerme de aquella experiencia. Pasé noches
enteras revolviéndome en la cama, insomne, inquieto. Tardes eternas
sencillamente mirando el techo, intentando mirar sencillamente el techo. Me
levantaba, iba a trabajar a la Facultad, volvía a tirarme en la cama. Me bañaba
varias veces al día. Eso parecía devolverme la lucidez, refrescarme.
Sin embargo, mi
memoria (tenaz, autodestructiva) no hacía sino volver una y otra vez a esa
jornada. Había algo en su embrión que hasta no determinar o acaso recomponer su
sentido, yo sabía, no iba a dejarme dormir ni pensar tranquilo.
No creo haberlo
logrado. Antes que eso, sospecho que el tiempo (que todo lo trabaja, todo lo
moldea) fue erosionando, puliendo las aristas del recuerdo de esa noche hasta
dejarlo inofensivo, hasta dejar lo único inexpugnable: Vera, claro.
Recuerdo que me
volví aquella triste madrugada pensando previsiblemente en Vera, en la
verdadera Vera, en el recuerdo de Vera, y en mi memoria trabajando
constantemente ese recuerdo, hasta falsearlo, lastimarlo, romperlo.
¿Recordaba aún a
Vera? ¿A la vera Vera? ¿O ya había perdido definitivamente hasta eso? Y ahora
extrañaba apenas su recuerdo. En eso, no me diferenciaba gran cosa, para nada
de R. y su locura. Ver hasta dónde lo había llevado la obsesión a R. me
denunciaba a mí mismo. El final de ese camino, las posibilidades ulteriores
eran monstruosas. Eso fue lo que más me había dolido aquella noche.
Me tomé todo un
domingo (desde bien temprano) para encarar la postergada labor de destruir todo
aquello que me trajera el recuerdo de Vera, todo lo que llevara estampado su
nombre. Fui quemando ceremoniosamente todos esos objetos: fotos, libros,
regalos, hasta una mesa fue consumida en esa fogata improvisada.
Mientras las
últimas ascuas del fuego coincidían con las últimas luces de la tarde, encendí
un cigarrillo (el primero de la larga y definitiva serie).
Entonces terminé
de entender, definí, supe.
Yo seguía amando
la idea de Vera con la misma saña y porfía con la que R. amaba la idea del
negro de Edelmann. La había edificado con los mismos materiales.
Todo eso que
interviene en la construcción de una obra desesperada, inútil, de casi
cualquier obra: la aplicación, el azar, la resignación.
© Diego
Rodríguez Reis
Villa La
Angostura
DIEGO RODRÍGUEZ
REIS (Buenos Aires, 1979). Escritor. Profesor en Lengua y Literatura.
Especialista en Ciencias Sociales con Mención en Lectura, Escritura y
Educación. Ha sido becado por Fundación Antorchas y por el Fondo Nacional de
las Artes. Ha publicado: El charco eterno (2009); Lo levemente ajeno (2013);
Correspondencias secretas (2015; 2022); La anchura y la llanura (2018); Ruido
blanco, con Facundo Bocanegra (2019); Hijo del instante, con Cecilia Fresco
(2022); El deshacedor (2022); La forma del amor (2022); y after ego (2024); y
Negro Espiritual, con Facundo Bocanegra (2025).
Ha integrado
publicaciones en Argentina, Chile, Brasil, Colombia, México, España y Alemania.
Ha participado en la publicación de más de setenta obras de ficción y no
ficción. Ha sido jurado en diversas convocatorias provinciales, nacionales e
internacionales. Integró el Centro Editor Municipal de San Martín de los Andes
y del Fondo Editorial Neuquino.
En el 2020, fue
seleccionado para integrar la plataforma nacional Audiocuento. En el 2021,
recibió el Tercer Premio en el Concurso de Cuento del Fondo Nacional de las
Artes, por La forma del amor. En 2024, obtuvo el Segundo Puesto en el Concurso
Nacional de Cuento “Adolfo Bioy Casares”, por Argentinos a las cosas. En 2026,
en Madrid, le fue otorgado el Primer Premio en el VI Premio de Poesía Fundación
Antonio Ródenas García-Nieto, por La dimensión conocida.
Co-dirige el
sitio La zona - Crítica y Ficción.
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