martes, 28 de julio de 2009

Stella Maris Taboro




Un mundo distinto

Un ángel malo pretendió cerrar todas las puertas de los sueños de Luis. Él era pequeño, muy pequeño en todos los sentidos.Anduvo por las calles como un alondra escapando del peligro, despertaba cuando el sol le arañaba los párpados, allí debajo del puente.
Siempre se enredaba con la soledad. No recordaba ,desde cuándo la calle era su casa, sólo estaba convencido que había nacido un día en que las cascadas dejaron de fluir y el cielo dejó de ser celeste. Fue en el preciso momento que su llanto primero cayó como rayo partiendo todas las horas .Desde entonces fue rodar y rodar,hasta el día que se prendió al vientre de una paloma y aprendió el lenguaje de las aves. Ya no tenía angustia y hasta podía sentir el suspiro de los ángeles en la boca de las generosas auroras . La serenidad del espacio se le había impregnado como alga milenaria. En el fondo de lo infinito fue agrupando las perlas, nacidas de las lágrimas evaporadas desde los ojos del mundo y construyó un castillo de muros azules y torres plateadas. Acudieron buscando refugios ,los aullidos de los arroyos descongelados amenazando los valles sembrados,los gorriones que huían de la ciudad contaminada y todos los seres desamparados. La brisa sideral , traía perfumes de violetas invadiendo desde el atalaya a todo el castillo. Luis aprendió todas las plegarias escritas, con el vapor de los poemas que se acercaron al sol, inventó juegos con bordes de dulzura. Millones de almas angustiadas buscaban los senderos que llevaban al castillo de Luis. Había creado un mundo distinto, el que había soñado allá muy abajo ,donde quedaron sus pasos sin calzado, su cuna de calle y su despertador de sol.


(c) Stella Maris Taboro

San Jorge, Provincia de Santa Fe
Argentina

imagen: Cándido Portinari, Menino e Carnavial, (de la muestra en la Fundación Proa)

viernes, 24 de julio de 2009

Araceli Otamendi



Sin palabras

en Homenaje al Día del Periodista


Así me sentía, así estaba: sin palabras. El auto pasó a buscarme a las seis. Sí, a las seis. Era un remise alquilado, dispuesto para mi a las seis de la mañana. ¿Qué iba a hacer entre las seis y las once, cuando llegara el avión?
Llevar las revistas a las radios y a los canales de televisión. En eso había quedado con él. Si salía bien, festejaríamos con champagne. Si salía mal, tal vez comeríamos un sándwich en algún lugar.
El avión llegaría a las once, había que ir a Ezeiza. Esperaría una hora, tal vez hora y media antes, aburriéndome en el bar hasta tener la confirmación del horario.
Mientras, camino al aeropuerto el conductor me contaba su drama; su mujer y sus hijos estaban lejos, de vacaciones, en la playa. Cuando ella llegara, porque no la veía hacía dos meses se iba a separar. Para eso había hablado ya con un abogado. Ella no sabía nada, los hijos tampoco. ¿Qué disparate se le había ocurrido? No podìa estar lejos de ella tanto tiempo. ¿Y por eso iba a destruir una familia? Le dije. Me miraba a través del espejo retrovisor. Tal vez tuviera razón, dijo. Piénselo, dije, no haga locuras. Entonces yo era una psicoanalista, lo estaba asesorando, ¿tan fácil había sido escucharlo, decirle eso para que cambiara de opinión? El hombre se quedó callado, seguramente pensando en lo que habìa decidido apenas unas horas antes. Mis palabras lo hacían pensar: no haga locuras, piénselo…
¿Cómo escribir lo que ocurrió antes? Era de noche. El camino asfaltado nos llevaba por la ruta y ahí empecé a ver todo: cada uno que salía de la casa y ataba el caballo a la puerta del garage como si dos épocas transcurrieran juntas; era de noche, y faltaba mucho para hacer el reportaje a ese desconocido que llegaría en un avión, vestido de fama y de honores al que no conocía, al que nunca había visto. Y para eso habíamos arreglado todo: vestirse lo mejor posible, peinarse, estar antes en el aeropuerto y lograr una nota, una buenísima nota porque había que festejar con champagne el éxito de la revista.
Y esto era algo que estaba ocurriendo, íbamos de noche, por la ruta, había visto a varios hombres en las puertas de su casa atando caballos en la puerta de los garajes, seguramente estábamos en la provincia, y también había visto calles inundadas, casas a las que les había subido el agua al techo y los únicos que se salvaban eran los niños, tan niños, tan pequeños, festejando en los techos, saludando y yo también saludaba porque ellos se habían salvado del agua…
El visitante llegó una hora después, el avión se había retrasado. Al verlo me pareció que tenía una actitud de conquistador que llega a nuevas tierras: Francisco Pizarro pisaba América. Lo saludé, me saludó, eso fue todo. Mis palabras fueron: le voy a hacer una entrevista.
Francisco Pizarro – lo llamaré así – no contestó. Nos dirigimos, yo pensaba, al remise que estaría esperando afuera.
Pero no, todo era tan raro que de golpe se había hecho de noche, afuera del aeropuerto y alrededor todo estaba oscuro, apenas iluminado con algunas estrellas.
Un auto estaba esperando a Pizarro y el remise que debía esperarnos se había ido. Tal vez el conductor iba a buscar a su mujer y a las hijas a la playa lejana.
Pizarro indicó el auto como si yo supiera lo que me decía: dentro del auto estaba una mujer y otra pareja, la radio a todo lo que da tocaba música de tango. La mujer y la pareja comían trozos de sandía y el chofer esperaba que Pizarro y yo nos acomodáramos. No tuve más remedio que pensar que todos eran extranjeros: querían escuchar tangos en Buenos Aires y querían hacérmelo notar, que yo supiera que a ellos les gustaba esa música y que también comían una fruta como la sandía porque era verano y se acomodarían a cualquier cosa que les ofreciera la gran ciudad.
Ya estaba en el baile y había que bailar. El auto disparó por la autopista y me pregunté hacia dónde. Yo tenía otros planes en mente: hacer la entrevista, editarla, llevarla a la revista y de ahí seguir y a otra cosa.
Pero después de unos diez minutos el auto se detuvo en una especie de restaurant. Pizarro seguia mudo, y yo pensaba en las preguntas que iba a hacer para que la entrevista saliera lo mejor posible. En el lugar, todo se había dispuesto como un espectáculo. Parecía más una pulpería antigua, hecha a propòsito para turistas. Nos sentamos, pedimos un cafè, bebidas. Y entonces apareció el mago y se dedicó a hacer sombras, animales en una pantalla. Eran sombras chinescas y afuera, por la ventana se veía la noche azul, oscura, como en un cuadro. Y yo me preguntaba qué estaba haciendo ahí, en ese lugar, con una entrevista y mil preguntas en la mente, cómo explicaría lo ocurrido, cómo explicarme a mí misma esa situación…

- ¿Otra vez escribiendo? – preguntó él, varias horas después que Pizarro, la mujer y la otra pareja llegaron a un hotel céntrico y yo me fui tan desconcertada como lo había estado a partir de la llegada del personaje..
- Sí – otra vez
- Me imagino que habrás hecho una buena entrevista, el personaje daba para mucho.
- Sí, tal vez
- Lo decís dudando…
- Es que … no sé, cómo decirlo…
-¿Por qué?
- Es un personaje que no habla.
- ¿Y entonces?
- Nada, entonces, nada. No dijo una sola palabra desde que pisó Buenos Aires.
-¿Qué hizo?
- Escuchó música de tango y comió sandía.
- ¿Y no podés escribir algo sobre eso?
- Lo estoy haciendo
- Quiero leer la nota esta tarde, apuráte.

Era cierto. El personaje no había dicho una sola palabra y yo me había olvidado de relatar algo: durante el viaje desde el aeropuerto hasta el hotel, antes de llegar al restaurant nos encontramos con unas ovejas. No eran ovejas comunes, eran azules, verdes, de color naranja. Algunas estaban esquiladas y envueltas en lanas de colores brillantes, fosforescentes. Pizarro y la mujer se empeñaron en tocarlas. Las ovejas, muy contentas cruzaban el camino de un lado a otro. Y era entonces que nadie tenía palabras para explicar lo que ocurría. Y por eso escribo, por eso escribí esto, para dar testimonio. Porque hacer la nota con ese personaje mudo fue imposible, no dijo una sola palabra. Y tengo que cumplir, entregar la nota como sea, esta tarde es el cierre de la edición, y seguramente no habrá champagne como habíamos planeado, tal vez un sándwich, tal vez, quién sabe.

© Araceli Otamendi

Junio de 2009
imagen: Eduardo Moscoso (artista ecuatoriano)

Gloria Dávila Espinoza


Los blancos heraldos de Sigmund Freud

Las amplias mamparas de la habitación, dispuestas una frente a otra, permanecen intactas, sus vitrales pincelan una densa vegetación; evidenciando que allí sí la vida abunda. Los compacts disk de Raúl García Zárate, Astor Piazzola, Mozart, Paganini y tres libros de Juan Rulfo, Bertold Brecht y Oscar Lucio Colchado; reposan sobre el pequeño velador de noche, en donde una rústica lámpara permanece encendida; dejando entrever una feroz pugna con la luz del día al rescate por la primacía de saber quién es más hercúleo.

Frente a ella y sobre la consola de caoba, al lado izquierdo de la ventana -que colinda con la pequeña sala de estar en donde suelen mantener interminables charlas sobre literatura, política, religión- expone desperdigados un par de lápices de dibujo gastados, un polvo compacto con la cobertura abierta, una crema de noche, y un frasco de perfume que deja escapar un aroma de orquídeas.

Aquél que dijo haberlo adquirido en una tienda, en el aeropuerto Charles De Gaulle de París; mientras esperaba su vuelo a Frankfurt. Sobre la silla y junto a la mesita de centro, un viejo chaleco de cuero marrón y un chal azul de tejidos finos penden de ella. A la siniestra de ella, el retrato de Greta Garbo y Marilyn Monroe -me lo había dicho hasta el cansancio que siempre quiso ser como ellas, yo preguntaba cada vez en son de chanza ¿y si alguna de ellas cruzara por la vereda de la casa?; ella respondía con prontitud: de seguro, correría tras aquélla para intentar ser amigas y conocer todos sus secretos”.

Mientras una suave melodía de Lorena Mckenitt se deja oír, un collar de escamas fucsias, parece irrogar la memoria de un nombre, Cristiane Grandó, una joven poeta brasilera, que obsequiara a Úrsula Margarita, un libro de su autoría, la noche de su debut en el local de Teatro SESC en Bento Gonçalvez, octubre 2006. Ella había acotado de Cristiane como la dueña y señora de los ojos más dulces y una fina cabellera como la de su poesía, y yo había añadido –sin mala intención- una Diosa del Olimpo, a lo que Úrsula no respondió; y simplemente continuó caminando. Parecía mortificada por mi opinión. Hubiese preferido callar pero, no la había conocido tanto hasta entonces, porque hacía tan poco tiempo, que nos habíamos conocido; de ser así, me hubiese mordido la lengua, antes de herirla.

No me dirigió la palabra por espacio de más de una semana. Sabía que era rencorosa, sin embargo; no medí mis ímpetus. Hoy 10 de febrero de 2009, se tendió sobre la cama, más temprano que nunca, acompañando en su itinerario a las avecillas. No quiso hablar con nadie –me lo hizo saber – ¿Ni siquiera conmigo que soy tu esposo? – Le dije – meneó la cabeza en señal de que, no deseaba ver a ninguna persona; incluyéndome entre ellas.

No quise importunarla, pero me horrorizaba verla así. No sabía qué había sucedido. Por favor que nadie entre a mi habitación, quiero estar sola, voy a descansar –me dijo con mucha determinación. Aunque no era común que a esas horas estuviese en cama, porque ella sabía robarle tiempo al tiempo. Algo debía ocurrirle, traté de hurgar en su mirada, pero no me la quiso ofrecer. La miré por la ventana, y ella corrió las cortinas.

Era obvio que no quería nada de nada; y si las sábanas estuviesen frías, pediría que se abra la calefacción, porque deseaba estar cómoda. Solo alcancé a ver sobre el sofá de cuero negro, su vestido azul de terciopelo, el que usó hoy en la tarde, como madrina de graduación de uno de sus jóvenes alumnos de la Universidad del Pacífico de Lima. La Molina ya no era la misma de antes, y creo que sólo es bella cuando Úrsula sonríe y precisamente éste no era el caso. Quería zambullirme en ésa su mirada, pero su tristeza me agobiaba, me vestía de pigmeo, no debía ser misántropo; por eso la dejé en su espacio preferido; su habitación. Aquella que devoramos extasiados de placer.

El laptop y la vieja computadora, su fieles compañeras de batallas; como ella misma lo dijera –for ever and ever- (las que la escondían no sólo sus ardores de mujer apasionada, sino también sus oscuras noches con sus días en penitencia), permanecerían en un extraño silencio. Ningún sonido del teclear, se oiría en el espacio, como cuando en sus noches de insomnio se incorporaba de la cama y escribía sin tregua, hasta el arribo de los primeros rayos del alba, y casi al aborde del agotamiento; y al amanecer la sentía aposentarse junto a mí. Ya no acudió a ella para dejar impreso sus sentimientos, porque dijo descansar…Al parecer algo terrible debió ocurrirle en aquella ceremonia, porque regresó más temprano que de costumbre.

Y como cuando cansada de sus penurias se asomaba a mí, lo hizo esta tarde, para hacerme saber que deseaba hallar resignación en mi pecho y con ella, la respuesta a su desazón, igual que aquel día en que Sigmund Freud, decidiera abandonarla para casarse con Martha.

Esa tarde en que me hizo llamar a Marlitt, la joven muchacha que conoció en el ínterin de un teatro en Hamburgo, a la que fuimos cuando se presentó la más grande ópera china. Esa joven que ahora estaba también casada como ella con un maestro de la universidad en donde ambas dictan la cátedra de Literatura Latinoamericana.

Recuerdo con suma claridad los detalles de aquella tarde en que Úrsula Margarita Kerr, cuando supo la verdad sobre Sigmund, respecto a la existencia de Martha; aquélla en la que se descubrió a sí misma como un pájaro de mal agüero, se había repelado el cabello y calzado unas botas y jeans holgados, porque deseaba no ser más una fémina. Corrió tras la compañía de varias copas de vino, con la pretensión de ahogar sus angustias. Nunca había libado con tanta fiereza desde que nos casamos, obviamente no era alcohólica, pero había preferido perderse entre esos laberintos hasta no tener más conciencia y olvidarse de ella misma. Me dijo que pensaba llamarlo por teléfono y dejarle entrever que aunque él estuviese casándose con Martha, ella lo seguiría amando hasta el hartazgo, y creo que yo la entendí porque la amo profundamente. Y no era precisamente su interés hacérmelo saber, pero era tan evidente, ésa su tristeza infinita, que me lancé a hurgar entre los renglones de su diario, y sólo allí supe el por qué de su tribulación. Al lograr un espacio entre la mampara y las cortinas logré verla, estaba de pie, frente a la pared; y en silencio recorría con sus manos la fotografía que se hallaba sobre su recámara, ocupando el lugar preferencial, en donde Sigmund Freud tendría alrededor de veinticinco años, una año después de haberse cambiado el nombre de Sigismund a Sigmund. La silla, en donde había depositado sus ansias de ser su esposa, y contarle al mundo entero que era desde entonces la compañera de Sigmund aunque la gente no diera crédito alguno a sus aseveraciones, hoy pretendía poseerla por completo, al parecer eso haría; y no me equivoqué. Ahora estaba sentaba sobre ella mirando fijamente el rostro de Sigmund. Yo sentía ahogarme en mis celos ¿celos de Sigmund Freud…? –Me decía-¿Y pensar que me pidió que yo la escoltara en sus rigores de mujer enamorada de Sigmund Freud?, claro, era obvio, recientemente nos habíamos conocido y solo éramos amigos, pero su alma depositaria de esos sus amores extremos, me los hacía saber día a día. De seguro que yo le regaría consuelo a granel, por eso se acercaba a mí a contarme sin recelo. ¿Nunca más se la vería bella? Me decía al mirarla casi desfigurada después de quitarse la cabellera de ébano que tantos años esperó crecer. Después de unos días en que ella decidiera repelarse el cabello, hablamos, tanto, que decidió visitar a un psicoanalista, para que sintiera que la vida no se había consumado aún y que sería mejor retomar el pincel y continuar su faena de pintora de mis días. Allí y después de casi tres semanas de asistir a la terapia, logró sonreír nuevamente, y con ella, mis ansias hallaron un nuevo escondite mayor. La vería más acompañada por ella misma como nunca antes, y hasta pensé que se había curado totalmente, y es que el hecho de haber visto el asesinato de su padre, no era fácil, por eso yo la entendía, claro que sí y ella sabe que esto es así. Se lo dije siempre, aunque tardaría uno o diez meses, en aceptarlo como cierto. Su padre había sido un potentado y hasta el primer Alcalde de su ciudad natal y al parecer tuvo más de un enemigo, y fueron quienes tramaron su muerte; aquella en la que Úrsula había perdido no sólo las ganas de vivir, sino las fuerzas para continuar viviendo y a pesar de todo, la convencí de que no fuera así ¿y para qué…? Aquella tarde, después del entierro de su padre, ella se encerró en su habitación como ahora, no deseaba hablar con nadie, ni siquiera conmigo que soy su esposo. Me quedé aguardando como si todo el tiempo del mundo fuera mío, por si algo necesitara, no sabría cuanto la debiera esperar, pero había decidido que ella debía feliz y nada más, por eso no abundé en detalles para hacerlo. Después de casi 23 horas de encierro, me llamó y así terminó su encierro, pero ahora ¿cuánto duraría? –me decía casi mortificado- Quizás hasta el chaleco de cuero marrón repleto de polvo, continuaría colgando del perchero por siglos, así como los recuerdos, ésos que me asaltaban al recordar a Sigmund Freud en la vida de Úrsula Margarita, pero yo estaba decidido que mi amor y dedicación no dejaría que una sombra más lúgubre volviera a pintar su rostro. Habíamos hablamos de aquel chaleco, aquél que ella lo había enviado a confeccionar cuando supo que Sigmund los usaba así, pero como seguía empecinada en amarlo, no podría pedirle que se deshiciera de él. ¿Y si el anillo de plata, el que lleva puesto en el dedo índice de la mano izquierda, estuviese dispuesto de la capacidad de proferir palabras alguna?, sin lugar a dudas diría que, ella seguía amando a Sigmund, a ocultas de mi que soy su esposo, de su familia; y de su madre. ¿Aquélla lo sabría alguna vez? Sé que al descubrirse abandonada por los amores de Freud, se entregó en amores con un joven muchacho que traía las cartas de regreso, allá en Filadelfia, porque no hallaban, ni a la persona; ni a la dirección, porque aquella era inexistente. ¿Lo había inventado para hacer realidad sus fantasías? Ya no cabía la menor duda de que esos años los hubiera gastado rompiendo sus minutos, sentaba frente a él en una taberna en Baltimore, como lo había hecho al terminar sus estudios de especialización en la Universidad de Oxford, en los ochenta. En fin, sólo puedo añadir que arrastraba su memoria a la suya, como la noche al día, como los árboles a la savia; y para no morir, gritando con exasperación, como cuando en une chemisse de forcé la dejamos en la Clínica de reposo.

Sé que al salir de aquel sanatorio, había decidido no pintar ni escribir más y alejarse por completo del mundo fantástico de artes y la literatura, y de sus viajes. Y después de varios años de esa triste historia, estoy yo, ahora, sentado y leyendo un fragmento de su nuevo libro -la que escribía con afinidad extrema, unos días antes de pedirme que la dejara sola en su habitación, aquella que compartimos diariamente, porque es nuestro lecho nupcial: “…en una o dos horas llegará mi madre y si ella me descubriera…de seguro que se vengaría de mí, quizás hasta me rompa el alma… ¿acaso ella no amó a otro además de mi padre…?” Hurgo entre mis recuerdos y hallo cientos de imágenes de cada uno de los eventos a los que ella asistió, la primera es una foto de Playa Girón, precisamente en donde y como siempre, expone su majestuosa belleza, un título me indica que fue en el marco del 9º Encuentro de poetas y escritores aBrace. Allí ambas, Úrsula y Sara, posan para el postrer, es el Hotel de Playa Girón, Cuba, a donde sé que fueron el verano pasado, febrero del 2008. Ya no quepa la menor sospecha que amó el haber permanecido en ese país, porque las playas han sido siempre su predilección. Recuerdo haber visto una foto de cuando Úrsula fuera una pequeña párvula… Una foto en la que la ví la playa, y a ella como dos gotas de agua inseparables, ella con su paleta y balde en ambas manos, posando junto a un hermoso castillo de arena, el que había construido con la ayuda de Wellington, su hermano mayor; y sin importarle que las olas del mar pudieran derruirlo en un santiamén. Hay también en la pared, otra imagen de metal la que pende en la parte superior de su recámara, señalando que aquella habría sido devota de la virgen de Guadalupe. Pero eso es un error. Pues, rara vez iba a misa y en incontables ocasiones la vi renegar de los preceptos de la iglesia católica. Había conocido a los mormones, los yoghis; y luego a los Testigos de Jehová, claro está que después de que sus padres se divorciaron. Nada de aquello contaría con su vida, pero aquella imagen de la Virgen de Guadalupe, estaba intacta, no la había movido de lugar desde el día en que la dispuso allí, porque fue un regalo de su madre al cumplir los dieciséis. Hoy es 11 de febrero, son exactamente las diez y cincuenta de la mañana, me desperté sobresaltado por una pesadilla, corro a la recámara en donde Úrsula reposa, giro la perilla de la puerta y ella cede libremente., como si ella deseara que yo la encuentre. Allí está su cuerpo, tendido sobre la cama cubierta sólo la parte media, se observa límpida sus pies del color de ébano y su larga cabellera, bien acicalada, la toco y…Noooooooooooooooooooo. Úrsula, mi pequeña gacela, estaba fría, la animo, le grito y no me oye más, está muerta. Jamás había imaginado que ella deseara morir. Llamé a los médicos y forenses, porque debía saber si estaba viva o muerta, con mi desesperación ya no distinguía que eso fuese así, y a la llegada de aquellos solo certificaron su deceso. Preguntaron cómo fue, yo no supe contestar. El médico legista hizo lo suyo y las a otras autoridades practicaron el levantamiento del cadáver. ¿Acaso Úrsula se iría deseándolo, y sin antes dejar una nota? Yo continué hurgando entre sus pertenencias hasta el hartazgo y casi al final cuando mis ímpetus de seguir hurgando y hurgando hallé una pequeña jeringa con restos de un líquido amarillento que sé fue el causante de su partida. Una anotación “muerte súbita”. Aquella, la que seguramente no lo hallaron los forenses, igual que la nota, porque no hurgaron como yo, a pesar de que sólo estaban dentro de un libro antiguo de número telefónicos; y con ella una nota visiblemente acicalada y perfumada, en la que literalmente expresaba su último deseo: “George: no sabes cuanto me entristece partir sin ti, pero no hay otra solución, lo mío era ya insostenible…tú sabes que te amé, pero ya no puedo continuar luchando con este monstruo que como una enorme ola me arrastra, y llega a convertirme en polvo y solo polvo, ese algo que cercena mi alma y me duele tanto hasta el sopor y solo sopor de que mis días no son más bellos. Tú sabes también que amé a Sigmund Freud, antes de ti y desde el primer día que supe de su existencia, y aunque prefiriera casarse con otra mujer, no he hecho sino pensar en él, todos y cada uno de mis días con sus noches, minutos y segundos…Si algo hay que hacer es precisamente simular que nunca nos conocimos y que jamás nos casamos. No quiero herirte, por eso te pido mil perdones. No sé si me lo concederás…Mi vida sitiada de rotos espejos y mis venas surcando con sus ríos, caminos a ella, la que ni el averno la quiere ya. He deseado que sepas que escribí un poemario en La Habana, que titulé “Máscara tras un espejo” y es mi deseo es que la publiques en alguna revista de esas que tú conoces y precisamente –expongo- debes ir acompañado de un epígrafe… A: J. Martí por sus días y sus noches en aras de la libertad de su pueblo…También te pido que, no llores mi ausencia, porque sé que solo un tiempo dejarás de verme.” Cuando el roble crezca, sabrás que yo habré vuelto a la vida…” Yo añadí a aquello, lo que concebí que fuera justo; dedicar uno a Sigmund.

MÁSCARA TRAS UN ESPEJO,
A: José Martí por sus días y
sus noches en aras de la
libertad de su pueblo.

A: Sigmund Freud por sus
blancos Heraldos.

Calzadas en rumbo
voces en umbrales
una bandera agitada
y el eco de tu voz se oye
en América y el mundo
no hay juicio mayor
el camino se abrió
al cantar de una melodía en árbol
el calor es suma errática
nunca he visto tanta rabia junta
tanta que no sé de mi más nada
a veces se ven los ojos de mis cenizas al viento- pincel
a veces no hay más dado que rodar
mi piel canta a tu son y es sonrisa melliza
que pellizca mi llanto en su liar eternizado
eco de la leche en sal y bandeja
no hay coral que resuma pendones
sólo un giro al norte que veo a lo lejos.

Abismos en luto, soñar en ciernes
Porque la vida tarda en traerme
los pasos últimos de mis pies andados.
soy escotilla a hombros
palabras al viento
rojas esperanzas
un canto en libertad
que susurra a mis oídos.

Es hora nona
en luto de abismos
en ciernes mil soñares
la vida tarda en llevarse
mis últimos pies desandados
y en Cienfuegos
se ven en pinceles ocres en maromas
cuando mi piel canta en su ventana un son cubano.

Ese es un cantar de melodías de un árbol
al calor del fuego en suma ciempiés
nunca he visto tanta rabia junta
tanta que no sé de mi, más nada


La Habana, 17 de febrero de 2008


Y bien, amado George hoy sabes que no he dejado de pensar en ti ni un solo instante.

Úrsula Margarita


Esta nota al igual que sus poemas y escritos permanecían revueltos en mi memoria. ¿Yo era su marido?, y precisamente no soy George…La habitación muestra sobre la mesita de centro, un bello jarrón cuyas orquídeas amarillas, pretenden sonreírle a sol, a pesar que aquél no se asomará más. Yo sé que ellas esperan ansiosas, como Úrsula Margarita al escribir esta nota y no precisamente a mí, que fui su adorador, el que caminaba en sus sandalias, el que sabía de sus sinsabores y abatimientos, cuando al llegar a casa después de su larga faena de artista, me dijera que hubiese preferido ser un varón para no sufrir los embates de la vida. Aquélla que se había olvidado de dejarle una alforja repleta de panes. Con la que ella debía saciar su hambre. Estaba seguro que su vida era bella. ¿Lo sabría?... Ser una afamada artista plástica y escritora, que tiene a casi todo el mundo a sus pies y entonces ¿por qué se enamoraba de Sigmund Freud, si aquel hacía más de un siglo que no estaba aquí? ¿Acaso no podría hacerlo de un común mortal de su época? Y allí en medio de ese laberinto estaba yo, junto a viejas prendas de vestir que cuelgan del ropero, cuya puerta igual que su alma estaba abierta para ser usada, como las hojas blancas de un cuaderno, las que seguramente serían testigos de su adiós, me partía el alma saberlo. ¿Qué puedo hacer ahora que ella no es más mi pequeño Zahorí?

Organicé el sepelio, unos pocos amigos vinieron, casi todos se habían ido de vacaciones -y es que febrero es mes de viajes y…- sin embargo, Marlitt estaría para decirle que ella sería por recordada siempre como “la pintora, poetisa y escritora de los pies ligeros y polvos del viento”.

(c)Gloria Dávila Espinoza
Perú - Alemania

imagen: Eduardo Moscoso (artista ecuatoriano)

Silvia Loustau


El huésped

No recuerdo el día exacto en que llegó a casa. La casa grande, cerca del río, en San Isidro. Con mi hermana lo empezamos a presentir. Suponíamos que lo había traído papá. A veces creíamos que lo habían dejado abandonado en el jardín. Pero depuse se impuso, como un huésped más , de tantos que venían a casa . Se impuso cuando cerraron la puerta del cuarto de servicio, donde había un amplio placard dentro del que mi hermana y yo jugábamos a la cueva secreta. Ese cuarto en el que Sofía, de apenas cuatro años, pintaba con crayones, mientras yo leía historietas.
Al principio no supimos qué era. Imaginábamos un duende silencioso, acechando; acechando tras alguna puerta. Nuestra vida parecía normal. Lo único que nos diferenciaba de otros chicos era la cantidad de tías y tíos que solían pasar algunos días en casa. Cuando ellos estaban algo caminaba por la garganta de los mayores. Susurraban en vez de hablar. Se encerraban a conversar, y si de pronto mi hermana o yo entrábamos se hacía un silencio súbito. Si estaba papá levantaba una ceja y dejaba el mate o el pocillo de café en suspenso. En esos momentos se oía su aleteo .


Algo había en la casa que se podía palpar .Lo sentíamos Sofia y yo, mamá y también Papa. Vivir de esa manera era como vestir una túnica helada y nadie puede entender como es si no se la ha probado. Y aún después de probarla es difícil de contar. Todos habían cambiado. Mamá estaba más nerviosa, de pronto nos retaba y de inmediato nos abrazaba hasta cortarnos el aliento. O lloraba por cualquier cosa, al escuchar alguna noticia, porque papá volvía del hospital mas tarde de lo acostumbrado. Papá también

cambió y él que siempre nos explicaba todo comenzó a decir : no preguntes más o ya lo vas a entender Sofía empezó a llorar por las noches y a mojar la cama. O se enfurecía, porque mamá cerraba la puerta del baño para ducharse, entonces Sofía lloraba y golpeaba la puerta gritando : abrime , mami, abrime. No te vayas, mami. Y entre el llanto y los mocos aparecía el pis. Mamá la abrazaba, murmurando: no te asustes, mi chiquita, no te asustes. Recuerdo que Sofia me daba mucha pena. Porque desde mis siete años su temor parecía mucho más grande que el mío.

Y algunas noches la imaginaba durmiendo con eso, o que quizá la espiaría desde detrás del sillón o aparecería debajo de su cama y con una mano muy fría le apretaría el cuello hasta ahogarla o hasta que mojara nuevamente la cama.




A menudo nos enviaban a jugar con Manuel- el hijo de nuestro vecino. Teníamos la misma edad. Una tarde mientras jugábamos le pregunté si él tenía miedo. Contestó que sí. Que por las noches. Que él creía que el miedo salía a dar vueltas por las noches. Que a veces te podía esperar con ojos refulgentes en medio de la oscuridad o dentro de un placard. Esa misma noche , cuando todos dormían , fui a la habitación de Sofía y me acosté a su lado. Juntos. Como cuando erramos chiquitos y nos ponían en la cama grande de los abuelos .Pero no siempre podía ir hasta el cuarto de mi hermana, porque a veces sentía eso parado cerca de la puerta. Su sombra enorme, enorme. No me dejaba pasar. O sentía su respiración , pegajosa, resoplándome en la nuca. Entonces era yo quien se despertaba llorando. Ahogado. Mamá entraba en mi cuarto y mientras me calmaba le decía a papá : son pesadillas , son malos sueños. Pero papá contestaba: no, es el asma.






Nos gustaba ir a jugar a lo de Manuel. No sólo por las hamacas que había en el jardín, sino porque su papá , que era aviador, poseía una colección de aviones en miniatura. Los días lluviosos nos permitían jugar con ellos. Recuerdo en especial una tarde en la que el papá de Manuel estuvo un largo rato con nosotros. Nos explicó las diferencias entre los modelos y nos preguntó, a Sofía y a mi , si nos gustaba volar. Sonriendo cargó a mi hermana sobre sus hombros y nos prometió que un día nos llevaría en un vuelo. Cuando el cielo estuviese claro. Sin nubes. Y qué pequeñita veríamos la ciudad de Buenos Aires y que ancho, ancho era el Río de La Plata visto desde lo alto. Y que si el cielo estaba muy, muy claro- agregó- se nota donde el río se une con el mar. Y recuerdo a Sofia. Riendo sobre los hombros del papá de Manuel y pensé que ella debería creer que si volábamos muy alto dejaríamos abajo las pesadillas y los aleteos extraños.




Una mañana mamá nos despertó muy temprano. Agitada. Mientras peinaba a Sofía nos dijo que nos íbamos por unos días al campo, a casa de los abuelos ..Que no me preocupase por las clases. Que me vistiera rápido. Que no , no podía despedirme de Manuel. ¿ Y papá? ¿Y papá?. Se había quedado a dormir en el hospital porque el tío José había tenido un accidente. Que luego iría para el campo. En unos días. Cuando nos sentamos a la mesa algo punzante y helado se sentía en cada sorbo de café con leche. Estaba también en las manos de mamá, que temblaban levemente, cuando le alcanzaba galletitas a Sofía. Yo miré los bolsos, ya listos, y supe que aquello innombrable estaba guardado, como un frío pañuelo blanco, entre cada una de nuestras prendas.
Cuando la casa fue quedando atrás tomé la mano de Sofía y pensé que quizá ahora no iba a mojarse más la cama. No. En la casa de los abuelos no. Todo volvería a ser como antes. Como antes de la llegada de aquel huésped de quien no sabíamos el nombre.






Y esta noche mientras mi hija recién nacida duerme junto al pecho tibio de mi mujer, veo aparecer en la pantalla del televisor al papá de Manuel. El papá de Manuel que llora. Casi babea. Mientras relata que el manejó aviones sobre el Río de La Plata y se disculpa diciendo que él solo manejó los aviones. Yo no tiré nunca un cuerpo- agrega- nunca un cuerpo. Y lo repite una y otra vez.

Entonces pienso en mamá, a la que algunos creían loca, como la Ofelia de Shakespeare, arrojando claveles rojos al río, para los cumpleaños de papá. Y pienso en Sofía, que nunca quiso volver a Buenos Aires. Y siento otra vez , en mi nuca ,la respiración del miedo. El miedo. El llanto y las manitos moradas de mi hermana. El asma. Y vuelvo a observar el rostro tenso, los ojos vidriosos del padre de Manuel. Y comprendo que el miedo está allí. Sentado con ese hombre que llora. Casi babea-

(c)Silvia Loustau

Mar del Plata
Provincia de Buenos Aires


Este cuento obtuvo en octubre del año 2007 -el 1º Premio Nacional Narrativa auspiciado por la Univ. de Córdoba

El 25 de abril del 2009 se estrenó en La Plata, un corto basado en este cuento, titulado Oscuro Huésped.

syllous@yahoo.com.ar

imagen: fotografía, crédito: Eduardo Moscoso (artista ecuatoriano)

lunes, 20 de julio de 2009

Juan Sebastián Ferrón


La carta

Cada mañana me levanto pensando que quizás encuentre una carta en el buzón. Pero no una carta cualquiera, sino "la carta". La misma que esperé toda mi vida, por la cuál soñé cada noche, imaginándola tibia, recién elaborada, con el roce de esas manos de la seda. Puede que tal vez, llegara con algún resto de colonia, de esas que hacen lagrimear, o con alguna que otra huella implantada a raíz de una lágrima en fuga.

Lo cierto es que aún espero, y pienso en el mañana, porque cada día me levantaré pensando que ayer pensé, que quizás encontraría la carta.
Ni el cartero, ni el olvido, ni la cantidad de sobres que desbordan el buzón para dejar sitio alguno para la carta, absolutamente nada, pero nada, me hará perder de vista el deseo que rompe en mí, esperando ese fino papel, amarillento tal vez por el pasar del tiempo; pues si a mi puerta llegara el mar, una botella con la carta sería más factible de encontrarse con mis manos y satisfacer mi deseo, pero pienso en la inmensa avenida y en el pasaje de los relojeros, que seguramente, o sólo quizás, fuesen obstáculos para su llegada. Mientras espero, me tomo el trabajo de prepararme una vez más para recibirla, pues debo estar impecable para el maravilloso encuentro… y siento el olor del café que se va tostando en una tentativa por desviarme el pensamiento y acudir en su ayuda, pero no, ni siquiera el café que se quema, o el ladrido del pichicho de la vecina, que apenas escucha mis pasos cansados por detrás de la puerta, chumba incansablemente aturdiendo a los vecinos de la planta, logra desconcentrarme.
Y pienso, luego siento y más tarde me propongo fantasear con la idea de que tal vez esté por París, o por Milán. No lo sé, solo sé que la espero, y a medida que pasa el tiempo, la desesperación se va asomando y colgado de la cuerda como un pantalón viejo, agujereado, quemándose al sol y soportando los avatares del viento, así me siento yo, porque espero pero también me vuelo, como vuelan los años de mi vida esperándola a ella. Pero miro por la ventana y el portero me saluda, me oculto entre la cortina porque sospecho que intenta distraerme de mi insoportable deseo, y pobre Jacinto, tan suspicaz con su idea, creyendo que puede lograrlo, ¿cómo si eso fuese posible?
Increíblemente tocan el timbre, pero no me animo, voy al baño y cierro la puerta, cuando nuevamente suena el timbre y cada vez, es más largo el sonido, prolongándose en el espacio, como yo me prolongaría si fuese sonido, y por cierto creo prolongarme pues sólo pienso en la carta que a través del tiempo seguramente debe haber recorrido un extenso viaje, tan sólo para llegar a mi destino. Y el maldito ruido que no deja de sonar y debo levantarme, pasar llave a la puerta, asomar mi nariz por la rendija y encontrarme con doña Maruca y sus ruleros; con esa verruga intimidatoria saltando de la punta de su nariz, como el campeón olímpico en Atenas. Ladrando, me corrijo, platicando sobre la pérdida de agua que proviene del piso tercero "A", y que deberíamos reunirnos para una maldita asamblea, que jamás llega a buen puerto. Cierro la puerta en su cara en una tentativa por querer extirpar esa verruga obscena y me tiro en el sillón, sintiendo como los nervios me taladran el estómago, sospechando que quizás en la Aduana, la carta fue abierta, o quien dice que la estupidez humana llegue a limites impensados y puede que ella se haya zafado de las manos de algún empleado idiota ,que sólo pensaba en la cantidad de películas pornográficas que esperaban por él en su casa, y así truncar mi deseo, mi pequeño y tenaz deseo de tener ese dulce papel, esas palabras tan tiernas, tan abrasadoras. Miro la hora y una vez más se pierde el día, se escapa, es domingo y no encuentro el sentido a toda esta locura que me mantiene atado a mi deseo, y sin embargo no puedo parar, porque compulsivamente necesito recibir la carta. Pero realmente cada vez me resulta más insoportable y nuevamente me acerco a la ventana, pero antes voy corriendo una vez más hacia el buzón de entrada, y encuentro la boleta del gas que está vencida anunciándome que próximamente me cortarán el servicio, si no pago como Dios manda. Y ahí lo veo a Jacinto, que seguramente está terminando su jornada, levanta su mirada y me ve, yo lo miro, nos quedamos unos segundos, que parecen horas, tal vez días y por qué no, años perdidos, entonces viene hacia mí, y veo que trae algo consigo, pero lo oculta, esconde sus manos detrás de su espalda, y lentamente se acerca y yo me voy sintiendo el pichicho de la vecina a punto de recibir un premio, una galletita con gusto a pollo. Entonces me arrodillo ante Jacinto y me dice que si, que respire, que sienta la frescura de la libertad, que ya todo pasó, y que no hay de que preocuparse. Y sinceramente me parece absurdo demorar tanto la entrega, pues esa es la carta, estoy seguro que es, no puede ser otra cosa.; y resulta que veo un cañito, algo diminuto, sin sentido para mi, pero tan lleno de sentido para él, y no puedo creer que me muestre el silbato para caninos, el silbato que logrará que el pichicho de la vecina pare de ladrar cuando yo pase por la puerta. Lo miro nuevamente sin poder ocultar mi odio, y le expreso, mirándolo a los ojos y con la vos entrecortada por los nervios, que me parece un maldito idiota, que seguramente él fue el causante de la desaparición de la carta, la que tanto esperé y espero aún, ésa que me hará feliz, que me liberará para siempre. Razón por la cual no me queda más remedio que acostarme temprano, porque estoy seguro que mañana, tal vez, con un golpe de suerte, la carta me encuentre desprevenido. Pero cuando abrí mis ojos ,al día siguiente, me di cuenta que llovía, fuerte, furiosamente diría, y así como la calle y el afuera se veían completamente mojados, yo también me vi nadando en un charco; porque el piso de mi casa se había inundado pero, más allá de esa desgracia, ahora el estupor me dominaba y no podía creer como el agua sucia, que venia del pasillo se filtraba por debajo de mi puerta y con ella, una cantidad infinita de cartas, todas ellas mojadas, estropeadas, borrosas, con estampillas desfiguradas y no solo la cólera me vino en un santiamén, sino que la desesperación y la agonía y los gritos de Maruca, y el pichicho olfateando debajo de la puerta, con Jacinto aguantando la marea de inquilinos y toda la desesperación junta, que me vino de golpe, porque quizás, sólo quizás, la carta estaría allí como una isla desbordada, como un oasis en medio del desierto, como un pedazo de madera flotando en el océano, como un verdadero naufragio, hundiendo mi sentir, gobernando mi infinita angustia, mi maldita desesperación, o por el contrario... por ese milagro bendito, posiblemente aún, estaría en camino, sana y salva, despojada de todo peligro, de toda tentativa de amenaza, intacta, llena de ti, pura e inmaculadamente, llena de ti….


(c)Juan Sebastián Ferrón

Wilde
Provincia de Buenos Aires
Argentina

imagen: Mario Pucciarelli, pintura, muestra Antonio Berni y sus contemporáneos, Malba, ver galería de imágenes de la revista Archivos del Sur

domingo, 19 de julio de 2009

Lidio Mosca Bustamante


Alcamor - Cartas de Viena 6 (fragmento de novela)

Nota del autor:



Aclaración: Los sucesos históricos están a veces cubiertos por el manto de la inexactitud. Se precisa que el tiempo pase para que la revisión de los hechos permita acercarnos a la verdad. Esto sucedió con la corona del Imperio Austro-Húngaro y la historia de la famosa familia del Kaiser Francisco José, la emperatriz Sissi y su hijo Rodolfo. Recién alrededor de 1980 se hizo luz en la vida de estos personajes históricos que vivieron, bien o mal, en un tiempo de grandes cambios y verdaderos maremotos que afectaron sus destinos. Esta novela se trata de una familia argentina exiliada en Viena, que trata de adaptarse en un país que se debate entre la herencia monárquica y los deseos de permitir el desarrollo histórico y cuida con celo el equilibrio entre el pasado, el presente y el futuro. La caída de la monarquía austriaca y su final trágico son el telón de fondo para la historia de la familia Moroni. El final de la historia es, según la opinión del propio autor –si es que está permitida-, espectacular.



Cap. 6

Primera carta de Serafina a Gabriela: Año 1901 Viena, marzo de 1901.


Querida hermana Gabriela:
¡Cómo pasa el tiempo! Como me lo pedías en tus anteriores, continúo enviando mis cartas a la Compañía de Ferrocarriles Argentinos.
¡Hace ya más de un año que te fuiste! Normalmente, la distancia y el tiempo logran que las personas se olviden unos a otros, pero, entre hermanos, no pasa así. Ellos siguen siendo, en las buenas o las malas relaciones eso; hermanos. De todas nosotras sos la que más se asemeja a mí. Me refiero a nuestras almas. Físicamente, es Elfriede la más parecida a vos.
Poco a poco te contaré algunas cosas. No me gusta escribir cartas, porque en ellas se refleja mi espíritu un poco desorganizado. No así cuando redacto textos referentes a mi trabajo. Siempre temo que al leerlas entiendas muy poco de esta heteróclita ensalada de palabras.
Ante todo, deseo que se encuentren todos muy bien y sanos. Te pido que me informés detalladamente cómo viven.
Siempre digo que vos y yo nos parecemos espiritualmente, porque te lanzaste con veintiún años de edad, a cruzar el océano, para vivir en ese país tan lejano. Yo he tenido el coraje (la osadía) de inscribirme en la Universidad de Viena. No hay mucha diferencia, si se trata de emprender aventuras. Vos sabés muy bien que para ello tuve que luchar contra muchos prejuicios. No es fácil ser una de las primerísimas mujeres que estudian en la Universidad de Austria. Sabés que tuve y tengo que luchar mucho en medio de muchos hombres. Los compañeros y algunos profesores pusieron durante dos años mi alma y mis nervios bajo una dura prueba; hubo momentos de llanto y otros de verdadero odio. ¡Para qué quiere ser una mujer doctora en filosofía!, decían. Pero, como lo decís en tu última; mi dedicación al estudio borró poco a poco las miradas despectivas y las sonrisitas irónicas e hizo callar también los chistes maliciosos de los compañeros de estudio. Desde hace un tiempo me tratan bien, lo gané demostrando que una mujer también puede estudiar. Lo hago con discreción ya que, de otra forma, hubiera herido los “sentimientos masculinos” inculcados por una sociedad que no confía en las mujeres. Oí comentarios de ciertos autores alemanes de Medicina y científicos de otras materias que aseguran que nuestro cerebro y el cráneo son distintos de los del hombre, en el sentido de que el de las mujeres es inferior. ¿Podés creerlo? Volviendo a mis compañeros; A propósito: Bien sabés que acá se cree que los hombres en Sudamérica son muy machistas, pero los nuestros no son mejores, simplemente tienen otro estilo.
Cambio de tema.
Me impresiona saber que marzo llega ya a su fin (ya se ven muy pequeños brotes en las plantas del Stadtpark) y vos recibirás ésta en junio o julio. ¡Todo lo que puede suceder durante tres meses!
Pienso con frecuencia en lo importante que es el trabajo de tu marido: ¡Colocar vías para los trenes es acortar el tiempo para la comunicación y el transporte! El correo no depende ya de los carros tirados por caballos cuando va por tierra. Otra historia es cuando va por mar; la velocidad de los barcos no puede modificarse fácilmente. Una nave demora un poco más de dos semanas en arribar a puerto. ¿Por qué una carta precisa entonces más de tres meses en llegar a tus manos?
Siempre hago mis paseos por el Graben, porque, aunque no estés aquí, es como si lo hiciéramos juntas, así siento que te llevo en el corazón. Ese era tu paseo preferido de los sábados por la tarde en cualquier época del año. Cuando volvíamos a casa nos quitábamos los zapatos y, recostadas sobre la cama, se nos salía el corazón por la boca hablando de los jóvenes conocidos y apuestos que observábamos con el rabo del ojo en esos paseos, mientras que nos reíamos desfachatadamente de aquellos que la naturaleza se había descuidado al formarlos. Éramos jóvenes, Gabriela. Éramos tontas, casi unas niñas. ¿Te acordás de “Bell Petit”? ¿De cómo nos desvelábamos pensando en él? ¿Quién podía comparársele con esa nariz hecha de una sola línea perfecta, y con esos ojos negros y profundos? ¡Y su piel! ¡Esa piel de bebé y el porte recto y elegante de hombre. Cuando pasaba a distancia discreta nos echaba una mirada tímida y rápida y eso era todo, pero el corazón nos golpeaba en el pecho llamando a la puerta del primer amor. Nos peleábamos entre nosotras sin saber siquiera si él te quería a vos o me quería a mí, a otra, o a ninguna. ¿Te acordás, Gabriela? Pues bien, hace diez días lo he visto pasar con una dama, un cochecito y un bebé. ¡Nuestro “Bell Petit” se nos casó! Su mirada es distinta, el tiempo ha pasado y ahora derrocha seguridad y hombría.
Hace un mes te mandé un cenicero con una reproducción de la Catedral de San Esteban de Viena tallada en madera que recibirás pronto. Cuando llegue a tus manos te ruego que me lo hagas saber. También deseo que me digás si te ha gustado..
En cuanto a la situación del país, qué puedo decirte. Tal vez tenías razón en irte. Recuerdo que elevabas la nariz y la fruncías para luego afirmar que olía a guerra. Pese a que no estamos tocando fondo, se nota un mayor deterioro de la economía y del clima político comparado con los tiempos de tu partida. Sabés que hay mucha gente que desea terminar con la monarquía. Aseguran que Austria no puede quedarse anclada en el tiempo y el descontento de los checoslovacos como miembros o ciudadanos imperiales parece ser grande. Recuerdo de entonces un artículo en el diario “Neuer Wiener Tagesblatt”, que recordaba que la revolución francesa cumplió ya cien años y que la monarquía sigue aquí en pie, como si nada hubiese pasado. El autor lo había escrito con sumo tino; era evidente que intentaba evitar la reacción de la policía de la K.u.K1. Opinaba éste que no se puede gobernar con métodos rígidos que entorpecen el comercio y las relaciones humanas. Sabés que los enemigos de la monarquía le reprochan al emperador falta de flexibilidad y de adaptación a los nuevos tiempos.
A pesar de los años pasados el suicidio del príncipe heredero Rodolfo en Mayerling todavía da que hablar. Esto sucede contradiciendo la versión oficial que la mayoría del pueblo cree, es decir, que no fue suicidio. Algunos culpan directamente al emperador. Es sabido que Francisco José, repudiaba las ideas modernas de su hijo. Rodolfo se quejaba de su familia cuando hablaba con su prima María Larisch. Se comenta que su suicidio estaba decidido cuando le dijo a ella más o menos así: “Vos sabés que mi padre es inaguantable y no necesito recordarte lo poco que me quieren él y mi madre, en resumen, esto me da asco”. Y María contaba: “Rodolfo dejó mi mano y caminó en la habitación de acá para allá. El movimiento de su cuerpo delataba su irritación, !Ay!”, dijo,” estoy harto de esta vida”…
Creo que Rodolfo era el único que estaba en condiciones de renovar el estilo de gobierno. Es más, algunos monarquitas opinaban que si esto no sucedía se resquebrajaría el imperio. Hay que aclarar que en el bando de los progresistas había quienes le temían, afirmando que le faltaba madurez. Decían que su idealismo era desmedido y que esto lo convertía en un peligro no sólo para la monarquía sino también para la paz interna. La ruptura entre padre e hijo es un símbolo de dos tiempos históricos. No tenían puntos de coincidencia. Richard, nuestro hermano, repite de seguido que las ideas del emperador son más anacrónicas que nunca. Se afirma que Rodolfo, escribía bajo seudónimo artículos antimonárquicos justamente en el periódico “WienerTagesblatt”, y hasta se dice que para despistar a la policía llegó a publicar un artículo sobre sí mismo. Sin embargo, la gente sospechaba de quién era la pluma… Fuera como fuese ellos se veían ya en muy pocas ocasiones y siempre a distancia alejada, incluso en los actos públicos. Según el protocolo, Rodolfo debía hallarse cerca del padre como heredero legítimo de la corona. Sin embargo, no era así. En el protocolo no hay casualidades y cada gesto tienen su significado. Yo sé, por referencia de conocidos míos de gran confianza, que la emperatriz no sólo se alejó de la corte de Schönbrunn sino que abandonó a Rodolfo en la más absoluta soledad. Parece que su encono hacia la corte fue superior a sus sentimientos maternos. Me dirás que estoy loca y me preguntarás de dónde obtengo estas afirmaciones, que más parecen ser chismes o comentarios mordaces. Pero éstos tienen peso a la hora de determinar los roles de la familia real y el destino del imperio. La fuente es más que segura. Un amigo de Richard estaba y está cerca del emperador. Es un lacayo de doble personalidad que sabe callar secretos, pero que, no obstante, confía en nuestro hermano. No sabemos por qué, pero supongo que él se siente inmensamente importante depositando en los oídos de nuestro hermano estos “secretos” que ninguno de los que viven dentro del Schönbrunn ignora. Afirma él que la peluquera de Sisi, Franziska Angerer, apodada Fanny, es una de las personas que más saben de esos hechos. Dicen que ésta, de elemental educación, ocupa un lugar principalísimo en el entorno de la esposa del emperador. Es sabido que desde hace un tiempo no atiende otra cosa que la hermosa y copiosa cabellera de Sisi y que su presencia en la corte es imprescindible. El lacayo afirma que ésta se convirtió en una verdadera compinche de la emperatriz.
El ambiente político europeo está enrarecido, hay desplazamientos de fuerzas antimonárquicas de una región a otra y una actividad diplomática intensa y nerviosa. Sabemos que el patriarcado ideológico y cultural de Francia sigue siendo gigantesco y que mueve todavía a revoluciones. Francisco José no sabe maniobrar en ese vórtice de sucesos.
Cambio de tema: hace ya casi un año que me escribiste sobre la yerba mate. Te dije que me interesaba, sobretodo porque allá dicen que esa infusión aumenta la actividad corporal y la atención mental, sin alterar el ritmo del corazón como lo hace el café. Si me enviaste un paquete ya llegará. ¿Podrías mandarme otra vez las instrucciones para beberlo con dibujos más claros? Vos sabés que si no es malo para el organismo y si lo beben los gauchos y sus mujeres…, por qué entonces no probarlo. ¿Sabés que en Viena hay una casa especial para fumadores? Allí se reúnen los hombres y se pasan el tiempo conversando sobre negocios, sobre política… y fumando. A las mujeres no les está permitida la entrada al local, desde luego. Parece que los hombres fuesen dioses y nosotras, sus ángeles caídos.
Un abrazo para vos y saludos para Arístides. Cuidá tu salud.
Serafína

(c)Lidio Mosca

estebanmosca@hotmail.com

Austria


imagen: Hans Hartung,muestra en la Fundación Proa, Arte del Siglo XX, colección Museo Rufino Tamayon

sábado, 18 de julio de 2009

Jon Gallego Osorio


Antonio Azul


Era un día muy soleado y hermoso,
lleno de verdes olores y alegres mariposas.
La tierra se expandía generosa ante los ojos de Antonio azul
un niño de corta edad que salió una tarde de su casa a caminar.
Al cabo de un rato de vagar por ahí se topó al alfarero, un sabio,
que según contaban, bajaba de la cima del mundo de cuando en vez; A enseñar sus secretos
a quien los supiera encontrar.
Antonio al verlo, supo de inmediato que esa era su oportunidad y al momento empezó a preguntar.
Alfarero ¿qué debo hacer para vivir a plenitud?
El alfarero mirando fijamente al muchacho y descubriendo con su perspicacia que no existía maldad en él, de este modo le respondió sin vacilar.
Debes tomar lo que se te ha dado y disfrutar del conocimiento. Dijo serenamente el alfarero.
¡Pero cómo! Exclamó Antonio.
Sigue tu instinto y encontrarás la huella.
Y si no la encuentro. Dijo Antonio.
Entonces… toparás la puerta del laberinto eterno. Replicó seriamente el alfarero.
Y todas las fragancias de las flores se esfumaron presurosas, madre tierra sacudió fuertemente su casa, y se escuchó el murmullo del viento cuando velozmente se marchaba.
¿Es tan terrible? preguntó Antonio.
¡Sí! Contestó de forma tajante el alfarero. Tu vida estará perdida en la ignorancia y tu existencia será un fracaso.
Entonces… ¿Qué debo hacer? Preguntó Antonio.
Siembra en tu alma la virtud, dijo el alfarero.
Y ¿qué es virtud?
El sabio dijo así:
La virtud es la esperanza de tus padres, de tus hermanos, de tu prójimo, del mundo mismo.
La virtud es belleza, la virtud es imagen e identidad,
La virtud es conciencia de ti mismo, de tu mundo, de cambio.
La virtud es… inmortalidad.
Y ¿Cómo he de llegar a la virtud? Le preguntó Antonio al alfarero.
Primero busca en tu interior un don, “tu don”.
Luego llena de esperanza todos los bolsillos, el corazón y el horizonte.
Después abre bien los ojos y la mente para que puedas diferenciar tu mundo, y el camino del laberinto eterno. Nunca desfallezcas en tu lucha por conseguir la virtud.
En tu camino hallarás… amigos, libros, hombres que la han encontrado ya.
En el camino hacia la virtud, ponte zapatos de alegría para que saltes de felicidad cada momento de tu vida. Luce ropa hecha con tesón y ternura para que ese valor se te transfiera.
Rompe un nuevo camino y trata siempre de ir más adelante que la adversidad.
Perfuma tus palabras con la verdad, para que muchos que están perdidos te sigan.
Alimenta cada día con perseverancia, amor por ti, por el mundo, y por la vida.
No escuches nunca el susurro del desaliento.
Mira cada mañana el cielo para que tus ojos se iluminen y no pierdas tu camino.
Extiende tus manos al creador, para que él, ponga en ellas su sabiduría.
Cuando la noche nazca: descansa, descansa, para que tengas fuerzas de seguir luchando.
Y cuando un nuevo día te ilumine, ora con ilusión, dando gracias por el gusto de hacer siempre lo que quieres.
Entonces un día sin saber cómo, te darás cuenta que la virtud estuvo siempre contigo.
Porque quien mira en su interior y se llena de esperanza, fecunda la virtud en su vida.
Y si conoce la alegría, el tesón, la ternura, la adversidad, la perseverancia, la verdad, el amor por sí mismo, por los demás y el por el mundo; si además de eso vence el desaliento, y si sus ojos y sus manos llevan la luz del cielo… ha encontrado la virtud.
Que es el camino directo del conocimiento.
Porque el conocimiento es conciencia, y la conciencia es la musa más bella de la vida; porque la conciencia no se marchita con el tiempo, la conciencia embellece por siempre tu identidad y hace que seas imagen y ejemplo.
No hay belleza sobre la tierra que no marchite, que no sea un estado pasajero.
No hay estado que embellezca más el ser humano como la conciencia, que es silencio, escucha, dialogo interior, comunión con el mundo.
Entonces el alfarero tomó a Antonio de la mano y le dijo:
Mira las plantas, los pájaros, los ríos, las mariposas, el lago, la montaña, el viento,
Las especies animales. Todos conjugados en un solo mundo, de respeto, de amor, de armonía.
Antonio maravillado con las palabras del alfarero, sonrió de alegría, alegría de vivir.
El alfarero también sonrió al ver la alegría que se erguía ante sus ojos.
Entonces dijo Antonio: debo encontrar la virtud para vivir con plenitud y luego puedo enseñar a encontrar la virtud
Si, contestó apacible el sabio.
Sí en tu interior germina la virtud, entonces tendrás el poder de polinizar tu prójimo con la virtud.
Antonio sonrió otra vez y el sabio también sonrió.
El alfarero al sentirse complacido con la sabiduría de Antonio dijo así: Sé feliz Antonio azul y se marchó de nuevo a la cima del mundo.
Antonio se fue a casa alegre y envuelto ya en luz de luna.
Extasiado por su suerte al haberse topado al mítico alfarero, no se daba cuenta, que a cada paso que daba…Germinaba una gran esperanza.
El sabio alfarero supo entonces que allí, ese día, había nacido… UN MAESTRO.

(c)Jon Gallego Osorio

Colombia

imagen: Joan Miró, pintura, muestra en la Fundación Proa, Arte del siglo XX, colección museo Rufino Tamayo

Nora Tamagno



Desentrañándome



No soy intrépida ni aventurera, aunque suelo volar e incursionar por el espacio como un genuino recurso de mi mente. Tal vez es una contradicción ese doble sentimiento de evadirme por el cosmos y a la vez, saberme contenida en un sitio invulnerable y conocido. Necesito de certezas más que de incertidumbres, aunque las certezas sean ficciones. Me espanta la inmensidad, el mar abierto, prefiero naufragar en tierra firme, anclar en puertos seguros, recluirme en una torre o estar a salvo en mi propia habitación.

Necesito proyectar, aunque el futuro sea incógnito, pero de todos modos, quiero imaginarlo tal como lo ansío. Me resisto a que me confisquen la ilusión y la alegría. Necesito saber adónde voy, aunque desconozca el camino, porque es fácil perder el Norte a la vera de los sueños.

Me gusta irme, pero saber que regreso, porque amo a mi ciudad, aún vacía de gente, silenciosa y apagada. Amo mi ciudad porque es mi historia y no concibo vivir en otra parte. Me gustan los suburbios, las calles de tierra, las estaciones de trenes más que los aeropuertos. Atesoro mis referentes, los perfumes del pasado, las pequeñas historias, las fotos antiguas. Necesito aferrarme a los recuerdos de la infancia y a los otros, a las melodías que evocan situaciones, a las canciones de cuna con que mecí a mis hijos, a los amigos de antes y a los que he ido sumando en el recorrido de mi vida, y sobre todo, necesito aferrarme a una mano. Sí, sobre todo eso, necesito una mano que me sostenga, pero no me sujete, besos que me cubran la boca, pero que no me callen, me gusta cerrar los ojos para ver lo que sólo yo puedo ver hacia adentro, me gusta la memoria de lo bueno. Me contentan los secretos chiquitos y los amores enormes. Necesito que me quieran más que sentirme comprendida. No soy un enigma para que me descifren, quiero ser como soy sin que nadie me conceda entidad.

Necesito del contacto con la piel, compartir el sueño y las sábanas, contar con alguien aunque pueda sobrevivir sola. Amo sentirme protegida, porque la verdad, es que le temo a tantas cosas, más a lo que imagino que a lo que en realidad me amenaza. Aborrezco la violencia, la cobardía, la arrogancia. Me espanta el dolor que no puedo mitigar y del que yo pueda sentirme responsable.

Me gusta la noche, pero no la colectiva y tumultuosa, sino la íntima y recoleta; en verano, con los grillos y las ranas, el perfume de las flores, y la disfruto también en invierno, arropada en mi refugio, con estufa y bolsa de agua caliente, libros y pijama.

Necesito del amor, querer y sentirme querida, me gusta estar sola, pero no sentirme sola, necesito saber que alguien vuelve, a cualquier hora, pero que en algún momento, regresará a mi lado. Necesito de la nostalgia y de la alegría, necesito llorar cuando sufro y reírme cuando estoy feliz, pero jamás ser indiferente.

Necesito del amor tranquilo, que me de sosiego. Me desgastan las explicaciones, me humillan las desconfianzas.

Me gusta viajar, pero me reconforta volver a mi cama y a mi almohada, a mi geografía doméstica, a mi cocina, a mis costumbres, al café con leche de cada mañana.

Agradezco las palabras que alientan, admiro a los que a fuerza de tesón, desbaratan las derrotas, a los que viven de quimeras, a los soñadores, a los esperanzados.

Me gustan los sitios tibios, los pechos generosos que cobijan, la gente franca, las palabras que aquietan. Me gustan las curvas más que las aristas, las concavidades, las redondeces, lo que puede adaptarse a la forma próxima, a lo que suma y no a lo que resta. Me gustan los recodos, los regazos, las tibiezas, lo entrañable, lo añorable, los crepúsculos, las confidencias y las coincidencias, lo predecible y lo impredecible que me depare gratas sorpresas. Me gustan los susurros y no las estridencias, los besos en la comisura de los labios, las caricias en la palma de la mano. Me ufano de la libertad, de no negociar, de negarme a las intrusas presencias que contaminan. Quiero ser auténtica, cabal, honesta, permanecer fiel a mis principios y no una impostora, no quiero sucumbir a tentaciones, quiero ser lo que soy y no lo que tengo. Me gusta dar más que recibir, me gusta acariciar, amparar, proteger, cocinar no para comer, sino para compartir, que compartir es partir el pan, y yo quiero vivir con alegría y con paz y pan de vida.

(c) Nora Tamagno

Rosario - Argentina

imagen: s/t Martín di Girolamo, Sola 3, muestra en la Fundación Proa, De rosas, capullos y otras fábulas