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Guillermo Bravo

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Carlos En un barrio de mi pueblo los ancianos jugaban campeonatos de memoria. Se sentaban todos juntos y uno gritaba una fecha muy alejada, a partir de esa fecha se ponían a recordar. Empezaban por los acontecimientos colectivos, que eran más fáciles, el derrocamiento de un general, una copa obtenida por el equipo favorito, Fangio ganando una carrera. Luego venía la parte que más nos gustaba a nosotros, la de los recuerdos particulares. Algunos ni siquiera podían recordar el nombre de su primera novia, pero otros eran capaces de narrar con detalle el primer encuentro, las manos, el color de pelo, los ojos celestes. Solía ir con mis amigos, comprábamos un helado y nos uníamos al grupo de espectadores. Carlos era nuestro favorito. Se acordaba todo mejor que los otros, se le notaba en la emoción que se colaba en su voz, en la profundidad de su mirada. A veces hacia un gesto, movía la mano como tocando cada una de las cosas de su memoria. Una tarde el hermano de un amigo contaba ...

Elena Ortiz Muñiz

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OCASO El atardecer empieza a morir. Al abrir la puerta, advierte las sombras que han comenzado a cubrirlo todo. Avanza con pasos lentos que arrastra al andar, observa su figura encorvada proyectada en la pared. Prende la luz y su imagen desaparece. ¡Qué triste! ¡Qué callada vida la suya! Y pensar que en su juventud fue un hombre de éxito, de empresas, de triunfos. Todos querían estar con él. Gente que salía de todas partes pidiendo favores, suplicando por un empleo, una recomendación, una ayuda. Ayuda...como la que necesitaba él ahora. Y sin embargo, cuando por azares del destino se encontraba en la calle con alguno de esos jóvenes, ahora hombres maduros a quienes había ayudado, a veces sin conocerlos del todo, algunos volteaban el rostro y continuaban su camino disimuladamente. Otros lo saludaban brevemente, con cortesía...y lástima. Si supieran que lo único que necesitaba era platicar con alguien de cualquier cosa, de lo que fuera.  Y qué...

Leonor Pla Manzanares

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EL REGALO*       Érase una vez existía un palacio en el lejano Oriente el cual se encontraba en medio del desierto. Nadie sabía su ubicación exacta y para llegar a él había que seguir a una estrella que sólo se mostraba a los puros de corazón.       En el palacio vivían tres sabios llamados Melchor, Gaspar y Baltasar, que permanecían la mayor parte del año recibiendo peticiones de todos los habitantes del mundo, pues se decía que eran unos poderosos magos. Ellos se dedicaban a recogerlas y entre los tres decidían si esos deseos se concedían o no. Al comienzo del año siguiente partían de su palacio con un pequeño séquito y sus camellos llenos de regalos correspondientes a las peticiones atendidas.       Cierta tarde todos los habitantes del palacio se hallaban muy atareados preparando la marcha de sus señores ya que había llegado la hora del reparto de regalos. Los presentes se amontonaban nerviosos en ...

Victoria Lozano Díaz

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Antillanca* Antillanca significa en mi pueblo, perla del sol. Así me llamó mi abuela el día que mi madre dio a luz en medio de araucarias, junto a un pozón de aguas calientes, cuyo vapor termal me salvó de no morir de frio aquella tarde otoñal. Mi abuela Millaray asistió a mamá en el parto que según los cálculos estaba pronosticado para 20 salidas más del sol. Alejadas de casa e internadas en la profundidad del bosque las dos mujeres avanzaron extasiadas por la senda que el olor de los pinos y la tierra virgen les dictó como natural destino. Cuenta mi abuela que mamá quiso lavar sus pies cansados en la orilla de la poza calurosa y que el relajo fue tal que se recostó y  apoyó la cabeza en la arenilla húmeda que bordeaba las piedras. Sin premonición cerró los ojos, abrió las piernas y comenzó a pujar. Millaray alcanzó a estirar los brazos y sujetarme la cabeza que ahí mismo bendijo lanzando salpicones de agua tibia, mezcla del agua densa y purifi...

Juan Carlos Pérez López

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Salvoconducto  La suerte es un duende que buscamos en los sitios más insospechados. Nos acecha burlón. Quiere que lo atrapemos, pero es escurridizo. A veces, sin pretenderlo, lo dejamos escapar delante de nuestras narices. Mientras huye nos hace una pedorreta; nos sentimos desgraciados. Echamos la culpa de nuestras desdichas a la propia vida; no somos capaces de reconocernos como responsables de nuestro propio infortunio. Erramos destino; llegamos al desastre personal.       Intento agarrarme a la verdad del vino; me ahogo en mis propias mentiras. Como el Titanic, me he hundido al chocar mis cuitas contra los hielos que enfrían los tragos largos o cortos por los que navega mi existencia. Soy un náufrago dentro de la desolación de mi vida, de una vida que se ha ido a pique de manera lenta, pero imparable, de manera silenciosa, pero estrepitosa. Yo di rienda suelta a mi fatalidad. Todo lo demás compone un batiburrillo de excusas baratas que me ha costad...

Noemí Orella Fernández

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ADAGIO* La peluca bien puesta, las pieles recién lustradas, los zapatos a estrenar. Nada diferenciaba a Doña Rosita del resto de ricachonas que colaboraban anualmente en el Rastrillo de Nuevo Futuro. Planeó  hasta el perfume que se pondría aquel día. Las joyas también: las justas. Si bien el evento estaba destinado a recaudar dinero para los pobres, cuando perteneces a cierta clase social no puedes prescindir del oro ni del qué dirán antes de salir de casa. Volvió a su mansión de Conde Rodezno -aún a sabiendas de que llegaría tarde- porque se le había olvidado cepillarse los dientes. Todo en ella debía deslumbrar, y su nueva dentadura, implantada con titanio a sus débiles encías -herencia de una familia pobre-, no debía revelar lo podrida que se sentía por dentro. Mauricio hubo de esmerarse en la conducción para robar unos segundos a chronos y que su señora no llegase tarde al día más especial del año. Una impecable azafata la recogió a pie de calle y la acompañó al pabe...

María Jesús López Martín

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El pájaro, Afrodita y un pastel de chocolate *       Un pájaro ha pasado por mi ventana. Me ha mirado de frente. Ha piado a voz en grito. Se ha girado así sin más, me ha dado la espalda y se ha ido. Me ha graznado con el pico abierto y la mirada de reírse.        ¿Será posible, digo yo mientras escribo, que un pájaro abra el pico y me grazne a la cara mientras ríe? Que yo sé seguro que reía. Si se le veía en los ojos de pilluelo sabio grajo que grazna y rebuzna frente a mi ventana.        Y luego yo, ¿qué hago? Me quedo sola y pensativa, nada más. Me quedo sola contando los pelos que se sueltan de mi cola y cuando caen, me los como despacito después de haberlos utilizado como hilo dental. Luego me agarro el brazo y me lo mezo porque estoy sola y un pájaro cuervo me ha rebuznado desde su pico desmesurado abierto de par en par. Y que sus ojos sigan riéndose en mi recuerdo… Qué lamentable. Qué e...