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María Alicia del Rosario Gómez de Balbuena

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Ranitas Humanas Correteaban por el piso desmayado de mayólicas olvidadas…Eran “ranitas humanas” en un día de lluvia pertinaz que las impulsaba a jugar dándole algo de brillo a ese momento —especialmente gris de sus vidas- ¡Juancito echó el barco en el charco! Y mientras sus piernitas se mojaban y el papel se empapaba haciendo que la nave perdiera equilibrio, el niño…preguntó por su papá: “Un largo tiempo de cárceles” que hoy lo miraba desde la ventanilla enrejada de un móvil policial, en el que se trasladaba a todo “reo peligroso. Juancito lo buscaba desde sus 4 años, con una mirada vacía de ilusiones, pero reclamándolo a viva voz. María…Su hermana y “madrecita” también había venido, con sus apenas cinco años lo cuidaba, pero de a ratos se zambullía en la aventura de ese juego que le proponía la lluvia… En tanto…Los empleados de aquel juzgado procuraban mantenerlos alejados de la cruda realidad no dejándolos entrar en la “Sala de Audiencias”…¡Como si un “no” fuera importante en esa coy...

María Alicia del Rosario Gómez de Balbuena

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Infancia La lluvia calaba pertinaz, y amenazaba seguir -según juguetonas tala lunas que adornaban el patio -unas más saltarinas que otras- cuando Elisa hurgó en sus nostalgias y recordó “aquella siesta”. Había atravesado la galería de la “Casa del Niño” donde vivía –antes de que llegara el padre Antonio—y metió “sus patitas” en el charco… De niña, Elisa gustaba de jugar descalza. Le agradaba ver que el agua "se le trepaba" cuando apoyaba los piececitos en los patios anegados, como buscando ser alzada. ¡Así solía hacer ella cuando pasaba Raquel, la única que por aquel entonces le demostraba cariño! Cuando llovía, en aquella casona se pasaba "chapaleando" al patio general, y las marcas se notaban en cualquier calzado después... Los piececitos de Elisa, desnudos, no las mostraban…Su humanidad entera tenía otras marcas, aunque la mayoría de ellas no se advertían a simple vista. Paja y barro haciendo de ladrillos, aunque desgastados, que se pegaban a una "pared...

Patricia Schaefer Röder

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Rebeca Le debo una visita a Rebeca; se lo merece. Lo haré este jueves; me tomaré el día libre en la oficina. La ocasión lo amerita. Le llevaré un arreglo de claveles rosados y blancos, sus favoritos. Sé que le va a encantar; lo prepararé esa misma mañana para que las flores estén lo más frescas posible. Rebeca y Enrique acaban de anunciar que serán padres por segunda vez. Me parece que fue ayer cuando fui testigo de su matrimonio hace ya ocho años. ¡Cómo pasa el tiempo! Rebeca Fuentes es mi gran amiga desde la niñez. Nos criamos juntos, nos conocemos en detalle. Siempre nos mantuvimos cerca, aún después de haberse casado con Enrique. Prácticamente soy otro miembro de la familia; participo en todos los eventos y reuniones, y me tratan como a un hijo y hermano. Por mi parte, siempre que puedo ser útil me pongo a la disposición del que me necesite. Soy muy afortunado de pertenecer a ese círculo de gente tan especial. A golpe de las cuatro de la tarde toqué a su puerta. Rebeca estaba sola ...

Magda Lago Russo

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Aprender a volar Quedé parado frente a la puerta de mi habitación, sin animarme a entrar, después de varios meses, me parece que todo ha cambiado. Despacio pasé y miré cada lugar como si lo viera por primera vez. Sin embargo, todo está igual, la cama cubierta con la colcha de raso azul, sobre la mesa de luz la foto de la familia y la portátil ocre, en la pared el póster de mi cuadro de fútbol favorito y pegado en un ángulo el recorte del diario con el llamado a concurso para cantantes. Sonrío al ver sobre la mesa escritorio un despliegue de revistas, abiertas en las páginas donde aparezco como ganador, obra de mi madre, casi seguro. Me detengo un momento a mirarlas, en las primeras fotos tengo el cabello largo, mientras en las otras ya está recortado y una barba recién nacida rodea mi mentón. Me acerco al espejo sobre la pared, casi no me reconozco los cambios de los meses pasados fueron rápidos, me parece estar frente a un desconocido, porque mi cuerpo antes agobiado, se alza firme y ...

Diego Fernando Clavijo Gutiérrez

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El chico que corría tras el mirlo “Miráis una estrella por dos motivos: porque es luminosa y por que es impenetrable; Pues a vuestro lado tenéis una radiación más suave y un misterio más grande: La mujer. ” Víctor Hugo (Los miserables) Los fracasos amorosos son más comunes y reedificantes que los triunfos de la amistad. El chico que refiere esta historia, estaba falto de ideas. Agotó todas las posibilidades en su cabeza, la conquista se convertía en un asunto de imposibilidad demostrada. No bastaron flores, ni bombones, ni poesías ni declaraciones mundanas. Su amada quería amistad, todo intento por cambiar su opinión resultaba vano, cualquier iniciativa tomada se transformó en cenizas y las cenizas en frustración. Aquellas extrañas vivencias, demostraban es que los deseos más superficiales pueden cambiarnos la vida, empañándola cuando son imaginación y ennegreciéndola cuando son realidad. El par de amigos concluía un breve paseo de campo, en el cual él, padeció todo el camino ante el a...

Pandora Coelho

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Albañil Marta estaba casada con un fontanero desde hacía quince años. Habían pasado muchas dificultades, pero siempre las han superado por el compañerismo que tenían el uno con el otro. Su hijo mayor, de trece años, ya era casi un hombre. Estaba muy orgullosa del adolescente que se había transformado, tan bello, trabajador y responsable. Ya su hija pequeña, de diez años, era la princesa de la casa, siempre dispuesta a ayudar a quien fuera. Marta trabajaba como administrativo en un grande hipermercado desde hacía diez años. Pero entonces llegaron las crisis y su despido fue inminente. Desesperada por conseguir otro trabajo, Marta se presentó a todo tipo de puesto ligado a su carrera de administrativa, pero con la situación actual del país, siempre ponían impedimentos. Hora era por la edad, hora por la experiencia, hora por su condición de madre y responsable de dos menores. Desesperada, se apuntó a un curso de albañilería, ya que, como administrativa le estaba siendo casi imposible la r...

Juan Carlos Pérez López

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Un destello verde sobre la mar Su existencia ha llegado a tal punto que la mayor cota de igualdad a la que puede aspirar (o la que puede esperar) no es sino el silencio atronador. Ella está convencida de que al atardecer, cuando el sol sanguinolento se sumerge en la última línea del mar para aliviar sus heridas, el astro rey deja sobre el piélago marino, sereno y borroso, un destello remolón impregnado de esperanza, y con el que nos proclama que siempre habrá un nuevo amanecer, un lapso de tiempo renovado para canjear los malos augurios por expectativas resplandecientes. No duda de que si logra descubrir ese rayo solar - cree que es de color verde- su suerte se vestirá con un gabán de buena ventura. Ella está en la playa. Se saca los zapatos. Acaricia con los pies desnudos la arena mojada. Se estremece, pero se descubre reconfortada. Remoja su mirada en la espuma del oleaje, que se acerca remolona hasta ella para robarle, en su retirada mar adentro, los trazos del corazón que ha dibuja...