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Óscar Osorio

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foto: Óscar Osorio Lejos de ella Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. (Borges, El amenazado) Le pido a mi esposa que deje la cámara conectada. Sonríe, bosteza con la boca muy abierta, se envuelve en la sábana azul y se duerme. La observo un rato, concentrado en el ritmo cadencioso de su respiración, ansioso de abrazarla, de sentir la tibieza de su piel y dejarla dormirse en mi regazo. Ese es uno de nuestros ritos de nocturnidad, una de nuestras pequeñas magias inútiles: nos acostamos, la atraigo hacia mí, ella reclina su cabeza en mi pecho y juguetea con sus dedos en mi torso mientras conversamos de cualquier cosa o esperamos en silencio los dulces aleteos de Morfeo. Sé que está dormida cuando su mano se detiene. La muevo hacia su lado y me levanto a leer. Ahora es diferente. Ella se ha quedado dormida a cientos de kilómetros de distancia, con la mano abandonada sobre la sábana fría, y yo me resigno a verla en el rectángulo iluminado de la pantalla. Me sirvo una ...

Magda Lago Russo

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 Sueños sólo sueños… Tendido de espaldas sobre el pasto húmedo, rodeado por la negrura de la noche, veo pasar las etapas de mi vida. La niñez de pies helados por la escarcha tempranera y el cuerpo aterido. Camino varios kilómetros para llegar a la escuela, donde otros como yo, se juntan alrededor de la maestra, que comparte mate cocido y pan, calmándonos así, el hambre y el frío. Con la misma prisa que apuro el jarro, trato de captar todo lo que la maestra nos enseña. Mi instinto me dice que gracias a ello voy a poder recrear mis horas, conocer otros lugares, saber como viven detrás de los cerros. En mi adolescencia, cuando en mi cara la barba despunta, sueño con irme aunque la tierra me aferra con sus invisibles raíces, permanezco atrapado a ella. He nacido en la pradera de un país del norte, en una de las pocas familias que errantes por varios meses, en democrática elección decidieron quedarse, en el lugar. La comarca es apacible, las montañas la separan de la ciudad, los árboles do...

Adán de Maríass

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foto: Miguel Ángel Colán Ramos El jugador Él le dice a todo el mundo que no es un adicto, (a mí la verdad no me ha dicho nada) y que simplemente juega lo necesario. Así con ese énfasis, que cada día que transcurre se va estirando como el chicle, que tiene cautivado dentro de la boca, juega y vuelve a jugar. Sale de trabajar -es empleado bancario- a las cinco de la tarde, y puntualmente llega al casino media hora después. Entre su centro de trabajo y el casino, hay como cuatro kilómetros y medio de distancia. No quiere que ningún conocido o chismoso lo vea entrar al casino, piensa que le trae mala suerte. De lunes a sábado la vida de Alonso Montt es la misma descrita líneas arriba, sin necesidad de añadir algún vicio más. Mayormente pierde pero él insiste que insiste, y siempre se dice lo mismo: para otra vez será. Hasta que un día de esos, por fin la suerte entró sin resistencias en los bolsillos de su destino, ya le tocaba, ganando repetidamente en el juego del tragamonedas, feliz se ...

Víctor Montoya

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Fiebre de salsa en Estocolmo Sábado. Nueve de la noche. Juan puso en el estéreo el disco compacto de boleros que compró la semana pasada. Y, mientras la música ganaba los espacios de su apartamento de soltero, se desvistió y entró en la ducha. Los boleros lo seducían y le despertaban la memoria sentimental, como si los vocalistas cantaran con precisión sus amores y desamores, y recuperaran en un solo instante toda su vida. Dicen que la distancia es el olvido ..., acompañó con voz quebrada y silbosa desde la ducha, consciente de que esa canción siempre le tocó las puertas del corazón y en ocasiones hasta le arrancó lágrimas de nostalgia. Somos un sueño imposible que busca la noche ..., musitó, convencido de que el bolero era la canción más carnal y espiritual que existía, y que los cantantes de esa música ponían su voz al servicio del amor, incluso renunciando al suyo para ir diciendo esas mentiras piadosas o esas palabras que las parejas no llegaban a decirse por pudor mientras bailaba...

Araceli Otamendi

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La babysitter Eduardo y yo pronto vamos a cumplir quince años juntos. Cinco años de novios, cinco de casados sin hijos, casi como novios y cinco años de casados con dos hijos. No me puedo quejar. Eduardo es comprensivo y me ayuda con los chicos. Vivió el embarazo de los dos, como si él mismo hubiera estado embarazado, los mismos dolores, los mismos temores, los mismos sueños. Eduardo cumplía con mis antojos, me mimaba. Estuvo presente en el parto. Me cuidó como una madre, atendió los chicos y a mi. Ahora que ellos van al jardín de infantes, le propongo a Eduardo que quiero sentir que somos nuevamente novios, ir al cine solos, tomar un café, trasnochar un poco. Y por eso he contratado a una babysitter. Es una mujer de unos sesenta y cinco años, me la recomendó una vecina, Alejandra. Ella también quizo hacer lo mismo que yo: salir sola con el marido, recuperar aunque sea por unas horas esa pareja que alguna vez existió. Nos conocimos con Alejandra en el curso de preparto, haciendo los ej...

Araceli Otamendi

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La familia disparate * Las dos mujeres están reunidas en una habitación mientras los dos niños juegan. Mientras una de las mujeres, Diana, anota algo en un papel, la otra, Patricia, ensaya una música en el yamaha y tararea "a mi me vuelve loca tu forma de seeerrrrrr, a mi me vuelve loca tu forma de seerrrrrr" (1). —Pará aquí —dice Diana. —¿Por qué? —Porque ahora tiene que aparecer la tía, la tía gorda. —¿Y quién va a hacer de tía? —No sé, todavía nadie quiso el papel, cualquiera, cualquiera que quiera hacerlo. Hace más de dos horas que ensayan la obra que representarán en la escuela de los niños. Ya han escrito los diálogos, diseñado la escenografía y el vestuario y han elegido la música de Los Decadentes. Patricia está entusiasmada con el yamaha, hace tiempo que aprendió a tocar música ahí pero el hombre con el que estaba casada, un médico, no era justamente un hombre alegre y no le gustaba que su mujer se dedicara a las artes. Patricia también estudia cine, tiene una cámara...

Guillermo Tedio

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Tras el antifaz hay un aroma* Mis relaciones con Susana caían inevitablemente al piso. Era un final sin el alboroto de las recriminaciones gritadas y quizás por eso mismo doloroso, porque un escándalo de maldiciones y golpes como el zafarrancho que a diario vivían nuestros vecinos de piso —el gordo Cepeda y su mujer—, quebrándose platos en la cabeza, arañándose la cara y mandándose al infierno, daba la posibilidad de enmascarar con el ruido los remordimientos y esa molesta y doble percepción de sentirse agresor y agredido pero en cambio, aquel naufragio silencioso —la cobarde fuga de nuestras caras— hacía más duro el porrazo de la caída. Unas veces era el hombre —otras la mujer— quien metía a la carrera varias mudas de ropa en la maleta y salía del apartamento, tirando la puerta y gritando que se largaba para siempre jamás. Y al día siguiente ya estaba el muchacho del Jardín Americano trayendo el proverbial ramo de gladiolos con una tarjeta en la que el gordo arrepentido pedía perdón y...