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Anali Ubalde Enriquez - Supay Creador

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Anali Ubalde Enriquez     Supay creador cuento de Anali Ubalde Enriquez ha sido seleccionado como cuento ganador en el Segundo Concurso de cuento de tema libre Revista Archivos del Sur.   SUPAY CREADOR Caminaba entre los pasadizos iluminados a media luz, a Sandino se le había ocurrido colocar este tipo de focos, de luz amarilla, como estrellas apagándose. Desde la puerta principal, hecha de madera, aunque ya desgastada por la humedad y el tiempo hasta el rectángulo que servía de recibidor, todo tenía ese gesto esplendoroso que Sandino creaba. Cada casa tenía ese soplo azul de un tiempo paralelo, hechas por igual, con el zaguán iluminado a medias por la noche y el patio con huertas de papas brillando al sol de ese diciembre intenso cuando los pobladores comenzaron a vivir en la ciudad de Sandino. Tan parecidas eran en todo que en algunas ocasiones confundida con la estandarización había llegado a la misma casa para entrevistar a los habitantes, quienes...

Matías Bragagnolo - El asesino de Luisiana

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 Matías Bragagnolo  El cuento El asesino de Luisiana , de Matías Bragagnolo resultó finalista en el Segundo concurso de cuentos de tema libre Revista Archivos del Sur. El asesino de Luisiana Pobre Jerry Lee. Seguramente vivió maldiciendo, como yo. Quizás todavía lo haga con más frecuencia, ahora que es un viejo zorro. El Asesino fue un incomprendido. Como yo. Somos iguales. Somos uno. Desde el primer día que lo escuché. Oí por primera vez "Great Balls of Fire" a los nueve años, por la radio. Ya vivíamos en el departamento de la calle Venezuela, y a partir de ahí la canción sonó una docena de veces más en la radio de casa. Dejaba la radio encendida las veinticuatro horas del día y cada vez que la ponían (una o dos veces al mes) no podía sino vibrar al compás de la música. Pero ni siquiera sabía el nombre de la canción ni quien la tocaba. Creo también haber escuchado "What I’d Say" en algún programa de T.V., pero no estoy seguro. Hasta que en un...

Margarita Wanceulen Rivas - La enfermedad

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 Margarita Wanceulen Rivas En la sala pequeña donde él esperaba los resultados de la última prueba, se podía oír apenas un hilillo de música ambiental, que salía por los pequeños altavoces instalados al efecto para amenizar aquellas largas horas. No estaba del todo mal aquella idea, sobre todo teniendo en cuenta que a veces los resultados se hacían de rogar bastante y los pacientes, así entre medio aterrorizados y medio aturdidos por una conciencia suspendida, presuponían amargamente como sería así, de golpe, transitar de repente por el lado oscuro de la vida donde nadie desea habitar, en el de la enfermedad. Él lo sabía bien. No era la primera vez que acudía a aquella sala. Todo comenzó cinco años atrás aproximadamente, cuando en una revisión de rutina, le diagnosticaron aquella enfermedad innombrable. Recordaba cuando acudió con su esposa. Fue entonces la primera vez que transitó por el lado cenagoso, en esa espera oscura donde el cuerpo no tiembla, no grita, no llora, sino...

Facundo Melchionda - Bajar la guardia y otros relatos breves

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Bajar la guardia     What a sight for my eyes | to see you in sleep Ian Anderson Me desperté compartiendo la única plaza con una onírica faltante. Tuve sus cabellos, olvidando los míos. Tuve su cuerpo, abrazando simple aire. Tuve toda fortaleza, advenida sin esfuerzo alguno. Abrí mis ojos convencido de que estaba, pero no. Y la extrañé, como si la hubiera tenido. Me inquietó la idea de la existencia de testigos de semejante sueño, de escuchas de las voces en vigilia; me avergoncé de bajar la guardia. Comprendí el mensaje de mí mismo, y me acobardó hacerme caso.        microrrelato Seguía intentando endulzarla desde el desconocimiento de su acidez más ácida, y falto de humedad y locura olvidó sus distintivos, dejando visible sólo carne. Ella podía perdonarle  casi   todas  esas cosas. Por eso no llegó a revolucionarla más que con amistosa ternura infantil. tercer riel     Las mira...

La rutina de Henry Patrick - Claudio Corvalán

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La rutina de Henry Patrick El 29 de marzo de 1964 era un día gris y lluvioso, la gente caminaba apurada escapando de la lluvia, aunque ésta siempre los alcanzaba; en el montón de gente, pasando desapercibido iba Henry Patrick, un señor alto y corpulento con buenos modales, que siempre se vestía con trajes de color negro que solía comprar en las temporadas de ofertas. Caminaba por largas y angostas veredas de la gran ciudad, camino a su departamento. Este recorrido lo hacía casi todos los días, tardaba prácticamente lo mismo desde su departamento al trabajo por las mañanas y del trabajo a su departamento por las tardes. Los fines de semana no tenía la obligación de hacer este camino, por lo tanto, elegía otro trayecto que lo llevaba a la casa de su padre, que vivía solo desde la muerte de la madre de Henry en 1942, cuando este último tenía 27 años de edad. Su rutina se repetía sin cesar días tras día, semana tras semana, año tras año. Ahí se encontraba, con sus 49 años de edad ...

Sergio Manganelli - Naif

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Naif                                                                                                          A cierta desmesura de verbos clandestinos                                                                                           que va y viene de Valencia a Buenos Aires                                                             ...

Reinaldo Edmundo Marchant - La mesa del escritor

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La mesa del escritor           La mesa del escritor es de madera rústica. Está ubicada hacia un rincón del cuarto. En la cubierta hay manchas de café, anotaciones crepusculares, un par de pensamientos, esa caja de cartón con manuscritos, y lápices, abundantes  lápices de distintos colores. El entorno se halla rodeado de libros, enciclopedias, Biblia de distintos credos, y una fotografía pegada al marco, imagen del creador junto a dos hermanitos, en demostración  de una niñez pobre, en aquel campamento de ranchas y banderas chilenas, donde sobresalía  un letrero instalado con decisión sobre la tierra, pregonando un mensaje henchido de coraje: "Los de aquí no se rinden". Al centro de ese universo, cual sol esplendente asomando en medio de  la bruma, luce la máquina manual de pulsar. Es de color incoloro. De  cinta minúscula y teclado cuyas letras están gastadas por los dos dedos que diariamente la acarician. Nadie como esa máquin...