lunes, 6 de julio de 2020

El Callao* - José Respaldiza Rojas



                                               
MI  PADRE CHALACO*


El recuerdo más antiguo que tengo del Callao se le debo a mi padre a raíz de una pregunta que le hice,  Padre  ¿por qué usted nació en el Callao?  Su respuesta me impresionó mucho al punto de tenerla grabada en mi memoria.
Mi padre nació un 9 de junio de 1906, en los altos de la hoy desaparecida Compañía de Cerveza Pilsen Callao.
Era Presidente del Perú José Pardo y Barreda y Alcalde del Callao John J. Impett.
Ese lugar tan inapropiado para el nacimiento de un bebé se debe a los antojos que manifiesta una dama al estar embarazada, y a que estaban emparentados con los Bentín. Lo cierto es que fue causa de un gran alboroto y correrías, no se encontraba partera a la mano y después de mucho ires y venires se asomó un muchacho. Fue un parto normal, claro que pujó un poco por ser primeriza mí abuela.------¿Qué nombre le ponemos?
-Ya se nos ocurrirá.

¿Antonio? ¿Pedro? ¿Juan?  Decidieron resolver lo del nombre al día siguiente cuando estuvieran más tranquilos, ahora hay que celebrar.
-Felicitaciones fue varón, salud pues Pepe.
-Es la voluntad del Señor.
-No te hagas el humilde, es el hombre quien pone los cromosomas.
-Bueno, salud por eso – terció Raúl, Gerente General de la Empresa.

Es que el nacimiento de una criatura, en un lugar donde todos son hombres, había generado la atención general, era algo insólito, nunca jamás visto.
-Pepe salud contigo.
-Tomo y obligo.
-Con usted mi amor se va.
-Correspondido será.

Y comenzaron  los espontáneos.

 En el fondo del mar                                                                                                              
suspiraba una ballena                                                                                                                      
y en el suspiro decía                                                                                                             
el que la seca, la llena.
-Este está loco, aquí no la vamos a secar nunca.
-Ja, ja, ja, ja.

La tarde se diluyó, la noche hacía lo propio, entonces indicaron que fueran a casa de la Pancha para que mañana trajese un seviche de corvina y un aguadito levanta muertos para combatir la resaca. Al otro día saborearon el exquisito seviche, ellos y todos los trabajadores, pues la gerencia contrató ese plato, para festejar el acontecimiento. Un comentario corría de boca en boca:
-Ha nacido un niño.
-¿Qué cosa?
-Que nació un niño.
-¿Dónde?
-Acá pues
-Oye, no soy tonto, estamos en junio y el Niño Dios nació en diciembre.
-No hombre, es un niño como tu hijo o como el mío.
-Jesús también fue niño.
-Pero esto es otra cosa.
-Estás loco, acá hay puros hombres y los hombres no paren.
-Es que vino una señora.
-Pero si esto es una fábrica, no es una maternidad.
-Para que vea pues, por eso estamos celebrando. 
-Si es así, que vengan más señoras.
-Ja, ja, ja, ja.

La mayoría de los obreros no entendían lo que sucedía, a otros sólo les interesaba que le sirvieran más seviche, aunque para ellos fue hecho con bonito. 

-¿Quién quiere cerveza? La casa invita – habló el Gerente General, que aún seguía alegrón.
Al volver al tema del nombre, por fin le pusieron José Ricardo, a pesar que su padre era José Domingo.  Pesaba cerca de dos kilos, piel cobriza algo clara, ojos negros, abundante cabello negro. Llorón como él solo.
-Mujer, ya nació. Ahora debemos ir a la Clínica, te reservé un cuarto. Además, la ropa del bebé, los pañales, todo está allá – dijo mi abuelo.

Al salir les obsequiaron varias cajas con botellas de cerveza negra, dicen que hace producir harta leche. 
Debemos indicar que mis abuelos vivían en Barranco y más precisamente en la Avenida Bolognesi número 815.
Mi abuelo, José Domingo Respaldiza Coco, bajo, más grueso que delgado, con cejas pobladas y ceño siempre adusto, tenía el apodo de Caifás, vaya usted a saber porque, con modales correctos y de fino vestir,  heredó la fortuna acrecentada por mi bisabuela Josefa Coco, negociante, dueña de grandes piaras de mulas arrieras, quien acumuló sus piezas de oro y plata mediante el comercio de mercadería por provincias. Masón grado 33, militó en las filas del civilismo clásico, me parece que llegó a Comandante de la Compañía de Bomberos Italia número 5, lucía orgulloso un tajo en la ceja izquierda, herida que se produjo cuando combatía un incendio en el muelle del Callao, él se salvó de morir achicharrado al caer en unos toneles de aceite, gracias al oportuno socorro que le brindaron sus compañeros. Poseía una pajarera llena de canarios albinos.
Mi abuela, María Esther Martínez Arias, iqueña, con menor edad que mi abuelo, era lo que se conoce como una señora de su casa, educada a la antigua, es decir para atender los quehaceres hogareños y punto. De altura más bien baja, su contextura se identificaba con el criterio estético imperante que exigía ser barco grande, aunque no ande. Lucía un elegante vestir. Creyente religiosa y practicante asidua, profesó la Regla tercera de la Orden franciscana. Devota de la Virgen del Carmen tuvo una concepción del mundo que antagonizó con la de mi abuelo, sobre todo en lo referente a la educación que debían recibir sus hijos. Militante activa del feminismo peruano, contribuyó decididamente en la conquista de los derechos de la mujer. A más de coser y bordar, se había especializado en la preparación de dulces. Tuvo en el fondo de la huerta de su casa barranquina, una verdadera colección de gallos y gallinas, contándose una gran variedad de razas.
Mi padre todos los años, en víspera de su cumpleaños, acudía a la fábrica para rezar un Padre Nuestro y de paso recoger su regalo. Esto lo hizo hasta hacer su primera comunión.
Cerrando este capítulo diré que mi tío bisabuelo Enrique Martínez Arias Schereiber, trotamundos consumado (se dice que murió en algún lugar de Australia)  jaranero como él solo, miembro honorario de ´´ La Palizada ´´ agrupación creada en 1890, reunía a jóvenes limeños de familia distinguida, formando un grupo bohemio que Alejandro Ayarza de Morales Karamanduca encabezaba.  Volviendo a mi tío bisabuelo era guitarrista y liero de marca mayor. Según decir de mi padre le enseñó a ser un buen chalaco: a hacerse el nudo de la corbata estilo Wilson, a trompearse tirando chalacas y a gustar las comidas del mar. 

(c) José Respaldiza Rojas
Lima
Perú

*Mi padre chalaco forma parte del libro El Callao,  de José Respaldiza Rojas 

José Respaldiza Rojas (Lima, 1940) Decano de la Facultad de Pedagogía de la Universidad Nacional de Educación (1991) catedrático principal, periodista, se ha especializado en literatura infantil. Es Magister en Ciencia de la Educación. Ha publicado La Maestra, Adivinanza, Las Fabulosas fábulas, Fabulario, Imayllanqui jitanllanqui mil adivinanzas quechuas, Las jitanjáforas en el mundo infantil. El Tangrama, Calcular con fantasía y otros más. Es miembro de APLIJ, CEDELIJ
Ganó el Premio Nacional de Promoción a la Lectura, en el nivel universitario. En 1997 la Biblioteca Nacional del Perú lo galardonó por su creatividad.

miércoles, 1 de julio de 2020

La tarde - Araceli Otamendi




La tarde

Le gustaba mirar por la ventanilla las casas chatas, los pastos salvajemente largos, los árboles erguidos como estatuas heladas, los troncos  pintados con cal  para que no se los coman las hormigas. Le gustaba disfrutar del paisaje pobre, de esa ausencia de edificación lujosa, de esa misteriosa desolación de la Provincia de Buenos Aires al sur. Pasaban árboles y más árboles, también las piletas con el agua azul de los clubes de Avellaneda. Faltaba poco para llegar. El sol empezaba a entibiarse. El guarda  pide el boleto. Los ojos como dos alfileres de cabecita miran como inyectándose en las caras de las personas. Y después mirar los afiches en el fondo del vagón, el olor a encierro, el tufo del tren.
Imaginarme el piso de la casa al caminar, la madera crujiendo, las paredes silenciosas, los techos altos. El jardín…
Y entonces apareció sentado el hombre ése, o tal vez se lo había imaginado. Parecía  un fantasma, tenía algo de la desolación del paisaje en su cara. Le resultaba conocido aunque no podía recordar el nombre. Ahora se había adentrado en sus pensamientos, como internándose en el paisaje, en esa llanura interior, cubierta de pastos y de olvido, donde por momentos florecía un jardín con sol, como un retazo de memoria arrancada de quién sabe dónde. El tren se detuvo en una estación, apenas miró el cartel de pizarra negro y letras blancas con el nombre. Subieron algunos chicos que pedían monedas y daban a cambio alguna estampita con la imagen de un santo. También el vendedor de chocolates y una mujer que ofrecía el bhagavad gita y la Biblia por unos pesos, pocos. Durante algunos momentos se veía en su infancia, en el patio de aquel colegio, rodeada por esa luz acongojada que suelen tener los patios. La hora de la siesta vacía de ruidos, todos los chicos se habían ido y quedábamos dos o tres solamente y alguna silueta fantasmal y negra, con olor a jabón neutro rezando oraciones. Y ahora el hombre ése estaba ahí, descubrió en su cara unos ojos que la estaban mirando y que de tanto en tanto se detenían en la lectura de un diario abierto y vertical sobre las piernas. La frenada del tren como un quejido la distrajo. En la cartera tenía una faja recién comprada en un negocio de la calle Florida para su madre recién operada. En los pensamientos, las caras de los hijos, sus voces. Comprame un cuaderno de ochenta hojas cuadriculado. Yo necesito una escuadra. Y más allá la cara de Roberto quejándose por el trabajo, la obra no terminada, la falta de respeto de los obreros, de los clientes, de las personas en general.  Todo mezclado parecía un buen cocktail. Eran cerca de las dos de la tarde y no tardaría en llegar. Faltaba sólo una estación y se preparó para bajar.

Ya en la estación sintió el viento azotándole la cara, se dio vuelta y el hombre del vagón que la miraba estaba ahí, cerca, siguiéndole los pasos. Se apuró. Faltaba poco tiempo para que los chicos salieran del colegio. Iría caminando. El hombre se acercó y caminaba a la par. Entonces no tuvo más remedio que mirarlo a la cara. No puede ser, dijo, ¿vos? Sí, dijo él. Pero vos estabas… muerto. No te creas.
Era la imagen de alguien que había muerto hacía mucho tiempo. Alguien que una vez le había pedido una prueba de amor. Lejano, muy lejano el recuerdo y ahora aparecía ahí, en ese lugar, mientras ella corría para ir a buscar a los hijos a la escuela. Ella cruzó la calle con la esperanza de perderlo entre la gente que circulaba por el lugar. El le gritó desde la otra vereda:¿querés que haga la prueba? ¿cuál? Dijo ella, gritó también, como si estuvieran en medio del campo. Voy a cruzar sin mirar y si un auto me pasa por encima y no me mata es que estoy muerto, entonces vos tendrás razón.
No, dijo ella, y empezó a correr sin mirar hacia atrás.

Ya en la casa, con los hijos mirando la televisión se entretuvo con algunas tareas. Sacó del bolso la faja que le había comprado a la madre y la arrojó sobre un sillón. Poco después se puso a cocinar. Y mientras en la sartén crepitaban las papas recordaba los ojos del hombre, la mirada de pájaro a punto de morir o muerto, vacío, seco y el recuerdo de esa mirada le produjo algo, una cierta oscuridad interior, una cierta congoja, como aquel patio de su infancia, tan desolado. Siguió cocinando mientras las voces de los niños iban llenando la tarde, impregnando la casa y el silencio de ruidos, de risas, de peleas, de gritos, mientras el aceite seguía crepitando y el viento empezaba a soplar fuerte, a levantar tierra  y se caían al suelo algunos frascos, algunos vasos y afuera las hojas secas  de los árboles se iban arremolinando en los rincones del jardín ahora que las primeras sombras de la tarde empezaban a oscurecerlo y el verde los árboles y del pasto se convertía en azul oscuro y después en azul negro y los pájaros cantaban antes de irse a dormir.
(c) Araceli Otamendi

Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Araceli Otamendi (Quilmes, Provincia de Buenos Aires)




martes, 30 de junio de 2020

El misterio del cine*- (fragmento) - Antonio Costa Gómez




Antonio Costa Gómez
En el café Barbieri me preguntó el general Pilniak: “Entonces ¿cuál es el misterio del cine?”. Era un antiguo general del ejército soviético, que colaboraba con Casa Rusia, y tenía mucho interés por el cine. Lo conocí en la Filmoteca un día que miraba como un personaje de Dostoyevski una película de Parajanov. De vez en cuando me llamaba y charlábamos en el café Barbieri en los asientos de terciopelo.
     “El misterio del cine –dije- es que nos recoge, que en él está nuestro aliento”. “¿Es eso lo que usted quiere sintetizar en su vino? – dijo- ¿El aliento de la gente?”  “¿Qué vino? –dije- Yo no estoy sintetizando nada. Solo me gusta mucho ver películas, todos ustedes ven visiones”. “Bueno, es posible –dijo-, pero nosotros sabemos qué poder, digamos diabólico, tiene el cine. Fíjese en El acorazado Potemkin o en Iván el Terrible, o incluso en La tierra, de Dobjenko”. “Se nota que tiene usted nostalgia de la época soviética” – dije-. “Claro que tiengo nostalgia –dijo-, fue mi mejor época. Pero también he apriendido mucho después de eso”. “Nunca dejamos de aprender –dije- Hasta el último segundo, cuando es demasiado tarde”. 
    “Para usted el cine es un baño –dijo Pilniak-, una iniciación. Es como sumergirse en el agua. Y quiere convertir el agua en vino, como en el mito cristiano”. “Convertir el agua en vino –dije- es posible. O sacar miel de la roca, otra frase de la Biblia. El cine es algo milagroso, casi sobrenatural, nos saca de nuestro marasmo, hace que todo parezca valioso. Es la visión pura, es cuando realmente vemos. Cuando vamos por la calle no vemos nada, no nos fijamos en nada. Pero cuando estamos en el cine todo es ver, nos arrebatan las imágenes”. “Y usted – dijo el general Pilniak- quiere embotellar esa visión”.
     “Quizá me gustaría” –dije-. “Parece como lo que dice Robert Bresson en El diablo probablemente –dijo el general- El cine tal vez debería estar prohibido, como decía Tolstoi de la música, porque saca demasiado de nosotros mismos, nos remueve las cosas que están escondidas”. “El cine coge la desolación de las cosas –dije- Capta lo desoladas que están todas las personas y lo extrañas y fascinantes que son”. “Puede que el cine sea más verdad que la vida –dijo Pilniak- Pero hay que saber medir las dosis de verdad”.  “¿Qué sería de la gente si no le contaran cosas? –dije- Todo estaría muerto, no nos daríamos cuenta de nada. El arte en general es la forma de sacudir a la gente, de decirle que está viva. Pero el cine en particular demuestra que tenemos sangre en las venas y que estamos latiendo”. 
     “Entonces –dijo el general sonriendo- usted compara a los cineastas con los brujos de las tribus antiguas, los que contaban mitos a la gente”. “Pues sí –dije-, los cineastas son unos brujos, son los magos que agitan el caldero de la tribu”. “Eso puede inquietar mucho a la tribu” –dijo-. “Sí –dije calentándome-, el cine capta el misterio de las personas, y el que ha visto ese misterio lo intuye todo sobre la gente, puede ser algo monstruoso”.
     “Nosotros –dijo el general- en la época de la Gran Guerra Patria sabíamos que los nazis investigaban los misterios del cine. Durante la ocupación de Alemania incautamos documentos de grupos de investigación sobre el cine, en Weimar y en Dresde. Y además tenían a esa mujer diabólica, Leni Riefensthal”. “Diabólica y arrebatadora” - dije-.  “Oh sí –dijo el general -, ése era el problema”. El general Pilniak fumaba sin parar y hacía dibujos caprichosos con los dedos en la mesa del café Barbieri. Parecía querer indagarlo todo con los dedos. ¿Se imagina- le dije jugando- que yo pueda recoger ese misterio en una botella de vino?  ¿Y saborearlo a cualquier hora con amigos íntimos en mi casa?

(c) Antonio Costa Gómez
Salamanca 
España


Antonio Costa Gómez nació en Barcelona pero creció en Lugo. Es licenciado en Filología Hispánica y en Historia del Arte. Se dedicó a la enseñanza y a otras cosas pero su vocación más profunda siempre fue la de escritor. Publicó novelas como “La calma apasionada” o “Mateo, el maestro de Compostela”, libros de poesía como “Revelación” (con prólogo de Ernesto Sábato),  ensayos como “Las fuentes del delirio” o “El fuego y el sueño”.  El año pasado apareció “El huevo”, novela simbólica y existencial.  Llegó a las votaciones finales del Nadal, del Planeta, del Azorín. Apareció en la antología “Poesía española última” de Selecciones Austral y en “Elogio de la diferencia” de Caja Sur. Actualmente colabora en “El Progreso” de Lugo, “Salamanca al día” y otras publicaciones. 


*El misterio del cine, novela publicada por la editorial Quadrivium, de Gerona, se presentará en Lugo, Salamanca y Madrid 

domingo, 31 de mayo de 2020

Me llamó Boris Pasternak - Antonio Costa Gómez

foto: Consuelo de Arco

     Me llamó Boris Pasternak, me dijo: “Acuérdate de cuando escribí en 1917,  en medio de la guerra mundial “Mi hermana la vida”. Hablaba de la actividad de los trenes,  de como se movía todo el mundo a pesar de todo, de como empezaba  la primavera. Y escribí: “La vida, mi hermana. Aquí la ves que ella explota/ y se desfleca en lluvia, en llantos, en bofetadas de primavera”.  Y sentí la  energía.  Mordí la vida con gracia”.  
    Pasternak  me dijo:  “Los ancianos se agarran más la vida, la abrazan con fuerza, la beben en  cucharadas profundas. Igual que tu abuela de Tortosa poco antes de morir cuando le ponían la sopa de cena decía: “Me sabe a poco”.  Le sabía a poco la vida. Los viejos  saben lo que vale,  han pasado  mil cosas, los han amenazado tantas plagas, han renacido tantas veces. Pórtate como un viejo.  Los jóvenes se portan  con arrogancia, creen que la vida  les va a sobrar siempre, ni le prestan atención,  la miran  con desdén,  les aburre todo.  Pero tú sabes lo que vale. Has  pasado hambre  y sabes lo que vale un pedazo de pan”.   
     Pasternak me dijo:  “Sabes que mucho después, en otra guerra mundial, escribí “Los trenes matutinos”. Hablaba de los trenes de madrugada en que  llegaba  la gente a Moscú desde los alrededores, me asombraba  el encanto  de la vida en los pequeños detalles,  los  álamos se desataban en mitad de la nieve, los astros tronaban sobre el mundo,  los escolares se pegaban  a su infancia, las gentes de los suburbios y los campesinos iban al trabajo. Sentía el latido de Rusia, los viajeros  soportaban aquello como señores, miraba su generosidad y belleza a pesar de todo.  Todos iban leyendo en los trenes como embrujados, con todo el encanto de la vida.  Los niños lanzaban al paisaje olores de jabón fresco y de cerezas salvajes”.  ¿Y yo qué  contesté? 

(c) Antonio Costa Gómez
Madrid
España
Antonio Costa Gómez  es licenciado en Filología Hispánica y en Historia del Arte. Fue finalista de los principales premios españoles, apareció en antologías y colaboró en muchas publicaciones. Ya ha publicado bastantes libros. En “Las campanas” suenan al mismo tiempo todas las campanas de Compostela para despertar a la gente. En “El maestro de Compostela” un escultor del siglo XII busca la vitalidad infinita en los comienzos del gótico. En “La calma apasionado” el emperador Adriano busca algo que no perezca entre recuerdos y obras de arte en su villa fantasiosa de Tívoli.



lunes, 11 de mayo de 2020

Una mujer y una calle - Cecilia Vetti






En su cara llovía la tristeza y luego quedaba detenida en sus mejillas como no queriendo caer.
Toda lluvia luego tiene un resplandor, me dije. Cuando parpadeó, sus ojos fueron un abrazo donde escondí mi propia pena.
Los dos  estábamos solos en una calle que no tenía medida y en la que nunca podríamos transitar totalmente. La pensé así: una calle sin medida, porque al final una oscuridad la hacía parecer tenebrosa.
Nos sentamos en una pared  baja que sabía a humedad y jazmines. ¿Qué se puede decir cuando no se sabe nada del otro? Cuando el otro es un puente para cruzar nuestra soledad.
Las miradas alcanzan un siglo de parpadeos y preguntas. Toda la lluvia de su cara se había guarecido en un charco y desde allí nos miraba con curiosidad. No sabíamos que decir, solo nos quedamos quietos como si todo nuestro interior nos encomendara al silencio. Y el silencio nos unía convocándonos a un plano superior; individuos de una dimensión distinta.
Porque el silencio tenía palabras, voces, lamentos, gritos atormentados y recuerdos, sobre todo recuerdos y todo lo que nuestra imaginación quería darle.
De su cuello colgaba una cadena de plata con una A: (Ana, Analía, Amalia) ¿A qué nombre pertenecerá esa letra? Me gusta Ana porque es tan pequeño y frágil como ella. Señalo su colgante y lo nombro “Ana” Ella responde con un gesto y yo me hago dueño de ese nombre. Los dos nos hacemos pedacitos de nosotros mismos y nos fundimos en un sueño. Nadie se atrevería a despertarnos.
Casi con un murmullo, ella me cuenta un sueño triste y recurrente. Yo le cuento otro grabado en la misma tela. Los dos venimos de una infamia parecida. A ella le faltan dos dientes y yo todavía siento el ardor de la electricidad en mis entrañas de hombre.
¿El horror deja marcas para toda la vida? Decidimos abandonarlas sobre el charco, se irían secando poco a poco con el sol mañanero.
¿Quién se levantará primero de esta fuga de la realidad?
Ella fue más rápida y alcanzó corriendo el final de la calle. Se perdió como esas cosas soñadas en la bruma. Me imaginé que era muy duro compartir los miedos. Un miedo de dos se iría haciendo cada vez más grande, insoportable y único.
Y me quedé allí, esperando un día distinto, llevando su nombre como un trofeo ganado a la tristeza de una mujer: pequeña, frágil, a la que le faltaban dos dientes.
Quise tocarla desde lejos, pero apenas pude besar la orilla de su sombra.

© Cecilia Vetti
Provincia de Buenos Aires

Cecilia Vetti nació en el barrio de Boedo en la ciudad de Buenos Aires pero hace 60 años que vive en Banfield. Su universidad literaria fue estudiar en los talleres de Mirta Arlt y Mempo Giardinelli junto con los que después fueron famosos escritores. Pertenece a la SADE  de Lomas de Zamora. Dicta un taller Literario en el Teatro Ensamble de Banfield desde hace 12 años.
Editó los libros La soga del tiempo (Faja de Honor de la SADE 2002), Corredor de silencios, Sueño de alas azules, Acurrucada en la luz, Disfrazada de sombra, El despojo, Los botones de mi cuerpo y el libro de poesía premiado con la Faja de Honor de la SADE  2017 Entre las hojas. Su próximo libro es Caminando el después.
                                                                

sábado, 25 de abril de 2020

Bodas de oro en cuarentena - José Respaldiza Rojas

Elvira Chávez Mariñas y José Respaldiza Rojas 

De pronto sentí que me tocaban el hombro, al voltear me di con un Cupido peruano.
¿Cuál es la diferencia?
Que no usa arco y flecha, sino una cerbatana.
Se te pasa el tren Pepe - me dijo
Préstame tu cerbatana para enamorar, pues soy algo tímido.
No te preocupes, que de eso me encargo yo, además ya le pedí a Adela que te ayudara.
Gracias - le respondí.
Bueno por la fecha.
¿Te parece 3 de abril?
Sale y vale -.me  dijo.

Es así que en 1972, con mis 30 años a cuestas, partimos con Elvira, desde mi casa en San Miguel, a pie, rumbo a la Municipalidad, donde un hermano del Dr. Gallesi nos ayudó con los trámites. La cita era para las doce del día y el propio Alcalde don Bartolomé Dextre atendería la ceremonia.
Elvira Chávez Mariñas, Magna Mariñas vda. de Chávez, María
Teresa Rojas Zorrilla y José Respaldiza Rojas 

Al pasar por la Comisaria, situada en diagonal a la casa, todo el personal salió a la puerta y al paso de la caravana, se pusieron en posición de firmes y a la voz de Saludo al frente,  elevaron su brazo derecho, con la palma elevada hacia la sien, en posición de saludo.
Encabezaba la marcha, Pepe,  un recio cholo, nacido en los Barrios Altos, en la Buena Muerte N° 809, entre Paruro y Ancash, catedrático chaymanta (1) y a su lado Elvira, nacida chilica (2), joven chaymanta (1), del piel blanca, lindos ojos, tierno rostro, peinado bucles,  luciendo un vestido de tela lamé crema claro, zapatos blancos de taco.
A continuación seguían doña Magna Mariñas Zelada vda. de Chávez  y a su lado María Teresa Rojas Zorrilla. Tras ellas los familiares de ambas familias. Mi padre José Respaldiaza Martínez se excusa en acompañarnos, pues no hemos contratado una movilidad, pero padre son apenas seis cuadras, nada, no escucha. Siguen Carmen Aranda Chávez, Lola Chávez, Magna Zegarra, María Rojas, Víctor Meza, Ofelia Zegarra, Lidia Bustamante.

Mi hermano de pura emoción grita:

                
Tres hurras por los novios
                
Hip hip
              
Hurra.
              
                                
Hip hip
                                              
Hurra
                                              
Hip hip
                                               
Hurra
               
De regreso, en la sala, el flaco Daly, nuestro profesor de literatura hacía de Maestro de Ceremonia. Llega Juan José Vega, Rector de la UNE. Elvira está contenta con la presencia de Chela, Eddy, Felícita, Aureolina.
El lugar del tradicional Danubio Azul, le emprendimos con un vals jaranero de la Guardia vieja: La contrabandista, un disco Sono Radio, canta Esther Granados:

Yo soy la contrabandista                                                                                                                                          
y ando haciendo mucho ruido,                                                                                                              
que habiendo nacido libre                                                                                                                                      
que habiendo nacido libre                                                                                                                                      
yo soy la contrabandista                                                                                                                                          
la justicia me persigue

En la casa de Juana la loca                                                                                                                                        
trilalalalá pimpón                                                                                                                                                         
todos los pollitos chiriquititos                                                                                                                 
salen a bailar, pimpón

Pio pio pollo                                                                                                                                                                  
salgan todos a bailar,                                                                                                                                                 
salgan todos a bailar.

Al término muchos gritan:
Que se besen, que se besen.
Bravo.

Sigue otro vals de la Guardia vieja, La Comarca, autor Braulio Sancho Dávila, canta Teresita Velásquez

A recorrer medio mundo                                                                                                                                         
mañana me voy,                                                                                                          
a gozar de tus caricias, mamacita                                                                                                                          
todo tuyo, tuyo soy
                                              
Uva zambita, también olladita,                                                                                                              
plátanos de seda, también de la isla,                                                                                                                  
la guayaba verde, para la terciana                                                                                                                        
la de a mil, para mañana.

Se van de luna de miel.
En pomo.
Ja, ja, ja – se ríe Adela – nadie sospecha que me adelanté.

Viene una polca de antaño Cirilo Morochuca en disco RCA Víctor

Ha llegado pues a Lima                                                                                                                              
procedente de Honk Kon                                                                                                                                        
don Cirilo Morochuca                                                                                                                                
primo hermano de Pepe Garucha                                                                                                                       
machuca la yuca                                                                                                                                                          
Ministro enviado Plenipotenciario                                                                                                                       
de las Aduanas gubernativas                                                                                                                                 
de los Imperios Extraordinarios de Cantón                        
Este pobre chino,                                                                                                                                                        
es un música sin par,                                                                                                                                                 
pues toca la mar de instrumentos                                                                                                                       
de cuerda y de viento                                                                                                                                               
todos sin igual
                                               
Toca con la mano izquierda                                                                                                                                     
la guitarra y el cajón                                                                                                                                                   
y con la mano derecha                                                                                                                              
ocarina y saxofón
Hay chuni manijaitai longo                                                                                                                                      
mongolaya y faitaichú                                                                                                                               
mongolaya con mongoñote                                                                                                                                   
chunimani chamlipó

Eso se lo escuché a los Caporales chilenos.- dijo Juan.
Ellos cambiaron la primera estrofa.
¿Qué cosa?
Sí, pusieron ´´Ha llegado a Santiago´´
¿Cómo sabes que no es chilena?

Mi padre me contó que era una sátira oral, pícara y jaranera, contra el Contralmirante Aurelio García y García, político, diplomático, firmante de los Tratados de amistad con China y Japón.  
Por poner  un disco de la Sonora Matancera y zasss ponen el disco del famoso cantor cubano Bola de Nieve, con su voz singular. Composición de Eliseo Granet Sánchez.

Aquí están todos los negros                                                                                                                                   
para que nos concedan permiso                                                                                                                          
para cantar y bailar
Ay mama Iné,                                                                                                                                                               
ay mama Iné,                                                                                                                                                                
todos los negros tomamos café

Pero Belén, Belén                                                                                                                                                       
en dónde está tú metida                                                                                                                                         
en todo Jesús María                                                                                                                                                  
que te he buscado y no te encontré
                                              
Ay mama Iné,                                                                                                                                
ay mama Iné,                                                                                                                                
todos los negros tomamos café
                                              
Ay chico sí                                                                                                                                       
Estaba en casa é madrina                                                                                                         
que me mandó a buscar                                                                                                           
en el solar de la esquina                                                                                                           
que ella vive en el manglar
                                              
Ay mama Iné                                                                                                                                                                
Ay mana Iné                                                                                                                                                                  
todos los negros tomamos café
                                              
Nos vamos pa´ la selena                                                                                                           
donde van todos los negritos                                                                                                 
para bailar el cangrejito                                                                                                             
que te pica en el manglar

La tía Isabel, alegre y carismática, se lanza al ruedo y saca a mi padre a bailar, creo que con ritmo de rumba. Ay mama Inés inicialmente fue una zarzuela y una pequeña porción pegó en el público y se convirtió en canción. La tía Esperanza Soto, sentada en un sillón sonríe, mientras que la prima Consuelo Rojas bate palmas al igual que mi prima María Esperanza.
Sale una marinera norteña, muy antigua, que oí de labios de mi abuela materna, Rosa Amelia, nacida en Ayabaca y criada en Chiclayo, No hay disco, es mi hermano Luis quien se sitúa en el centro de la sala y empieza a cantar, el resto de los oyentes lo acompañan con las palmas

                                               
A la una me  parieron,                                                                                                                               
a los dos me bautizaron,                                                                                                                                          
a las tres ya pude hablar,                                                                                                                                         
a las cuatro jugué pis pis

Hay sí, hay no,                                                                                                                                              
Viva la madre                                                                                                                                                                
que me parió

                                              
A las cinco supe guisar,                                                                                                                             
a las seis me enamoré.                                                                                                                             
a las siete yo me casé,                                                                                                                               
a las ocho tuve un hijo

                                              
Hay sí, hay no                                                                                                                                                              
Viva  la vida                                                                                                                                                                    
que vivo yo

A las nueve lo amamanté,                                                                                                                                       
a las diez mi esposo enfermó,                                                                                                                               
a las once viuda quedé                                                                                                                             
y a las doce me enterraron.      

Al terminar, un sonoro aplauso premió la espontánea intervención.

Y ahora, en honor a la nueva esposa va El cilulo, canta el indio Mayta (Miguel Ángel Silva Rubio)

Que tarde que has venido, ciluló                                                                                                                          
por la cuesta del zapote, huayluló.
Ya llegó el carnavalito, ciluló                                                                                                                    
diz que decía el abuelo, huayluló
En mi tierra Cajamarca, cilulo                                                                                                                  
y en todito Celendín, huayluló
Se baila con la cara pintada, ciluló                                                                                                                         
y la cabeza en el hombro, huayluló
Arriba caballo blanco, ciluló                                                                                                                                     
sácame de este arenal, huayluló
                                              
Que tengo un desafío, ciluló                                                                                                                                  
la noche de carnaval, huyluló
                                              
A la una, y a las dos y a las tres                                                                                                               
machete que te tumbara                                                                                                                                        
y el año que viene te reponerá.

Toda la familia de Elvira salió a bailar, el resto era la primera vez que escucha tal melodía, el piso de madera tiembla debido a la cantidad de gentes bailando.
                                              
                                               ¡¡Qué vivan los esposos!!

Todo iba muy bien hasta que llegó el almuerzo, mamita los chilenos, el arroz con machas tenía arena, no las lavaron bien, los invitados se miraban unos a otros, nadie deseaba estropear la fiesta, como había harte chicha de jora, luego de cada bocado lo arreglaban con un trago y como terminaron medio enchichados la jarana subió de tono.
Mi suegra Magna, pidió a sus familiares que no se movieran de su sitio y conservaran sus cubiertos. Esperaron largo rato y luego con mi cuñada Dora y demás familiares de Elvira se retiraron molestos. Nadie sabía el por qué.
 A los tres días después la historia se completaría, sabiendo lo que pasó en la cocina. La tía Amelia, metete como ella sola, procedió ayudando como solía hacer, sacó las machas sin lavar y las metió en el arroz, además, el delicioso escabeche con el que contribuyó mi suegra, ella determinó que era mucho y lo metió en la refrigeradora.A pesar de estos pequeños sinsabores iniciales que traigo como recuerdo, en los 50 años siempre nos llevamos bien y considero un lujo tener unas Bodas de Oro Matrimoniales en cuarentena.

San Miguel 3 de abril de 1970    - el Callao 3 de abril del 2020

© José Respadiza Rojas
Perú

1 Chaymanta es una expresión quechua que usan con cariño y amistad los egresados de la Escuela Normal Superior, hoy Universidad Nacional de Educación.
2 Chilica / chilico es natural de Celendín

José Respaldiza Rojas (Lima, 1940) Decano de la Facultad de Pedagogía de la Universidad Nacional de Educación (1991) catedrático principal, periodista, se ha especializado en literatura infantil. Es Magister en Ciencia de la Educación. Ha publicado La Maestra, Adivinanza, Las Fabulosas fábulas, Fabulario, Imayllanqui jitanllanqui mil adivinanzas quechuas, Las jitanjáforas en el mundo infantil. El Tangrama, Calcular con fantasía y otros más. Es miembro de APLIJ, CEDELIJ
Ganó el Premio Nacional de Promoción a la Lectura, en el nivel universitario. En 1997 la Biblioteca Nacional del Perú lo galardonó por su creatividad.