viernes, 7 de diciembre de 2012

Luis Rafael Colqui



Los tres actos*


El primer acto se dio cuando Heraldo Lowell disputaba un ajedrez en un recinto oscuro; reverberaba una luz insomne del alba, y en la mesa un reloj marcaba los movimientos de cada una de las piezas todavía secretas del juego. Medía el pulso de su contrincante y la mirada sagaz.
Luego de quince minutos, el segundo acto transcurrió cuando con una torre el otro lo puso en aprietos y se vio impedido de mover pieza alguna. El reloj resonaba en su mente, las agujas eran incesantes.
En el tercer acto su contrincante lo remató con un caballo.

(c) Luis Rafael Colqui

San Salvador de Jujuy
Provincia de Jujuy

*cuento finalista en el Primer concurso de microrrelatos Revista Archivos del Sur - 10 años (categoría menores de 30 años)




lunes, 19 de noviembre de 2012

Juan Manuel Uribe Santacruz



La última nota de un ser*


Alguna vez entre las espadas de Napoleón, veinte hombres podían hacerse llamar los “invencibles”, veinte espadas bañadas con la sangre del emperador, juraron protegerlo con sus vidas, la Legión de Honor, los llamo el señor de los galos. Los más virtuosos con la espada de toda Francia, que en alguna época en toda Europa fueron temidos. Pero algunos enemigos son inevitables y el tiempo es el encargo de presentarlos, la vejez y la muerte siempre acechan hasta los más grandes campeones de todas las épocas, y el resto no es más que historia.

(c)Juan Manuel Uribe Santacruz

Villavicencio
Meta
Colombia

*El cuento La última nota de un ser resultó finalista en el Primer concurso de microrrelatos Revista Archivos del Sur (categoría menores de 30 años).

James Barbosa Arias



Denuncia*


Verá señor juez: desde que los ancianos García abandonaron la casa del callejón del silencio y la ocupó esa pareja de jóvenes estudiantes, en las noches suelo escuchar gritos tan extraños como éste:

Siiiiiii… noooo… máaaass… hayyy… ahiiii.. uffff… ahhhh.

(c)James Barbosa Arias

Cali
Colombia

*El cuento Denuncia resultó finalista en el Primer concurso de microrrelatos Revista Archivos del Sur -10 años (categoría mayores de 30 años)



Silvia Arz



Amanda*




-¿Te gustaron los bocadillos?-preguntó Amanda.

-No, están hechos con los sesos de mi abuela.-contestó la mujer.

-Es lo malo de vivir entre locos-pensó Amanda -al final no sabes si sigues cuerda.

Caminó con su guardapolvo blanco deslizándose entre los pacientes escuchándolos:

-Soy Napoleón, salúdame Josefina.

-Me buscan de Marte…

- ¡Pobres desquiciados enfermos!-concluyó.

El hombre al final del pasillo la detuvo:

-Amanda, ve y habla con los caballeros.

-Enseguida doctor.

El la miró alejarse y comentó a la enfermera:

- ¡Se la ve tan normal!¡Quién diría que está acá por descuartizar a su marido en un ataque de locura!

(c) Silvia Arz (seudónimo)

*El cuento Amanda resultó finalista en el Primer concurso de microrrelatos Revista Archivos del Sur ( categoría mayores de 30 años)

Córdoba
Argentina

martes, 13 de noviembre de 2012

Javier Claure C.



Aisha y sus nalgas*

Caminaba por las calles de Dakar con un pantalón apretado y meneando las nalgas. Aisha era sensual, cautivadora y divertida. La piel de ébano y un cuerpo escultural. Una silueta semejante a la botella más fina de perfume. Daba la impresión que poseía el don de embrujar. A pesar de esos rasgos físicos , aún no comprendía por qué los hombres fijaban la mirada en sus posaderas. Un día caluroso decidió hacer una pequeña investigación. Llegó, a la conclusión que los hombres pasaban un buen tiempo de su vida, descubriendo figuritas y tesoros entre dos montañas.

(c)Javier Claure C.
Estocolmo

escritor boliviano radicado en Suecia

*cuento finalista en el Primer concurso de microrrelatos Revista Archivos del Sur - Diez años

imagen: fotografía de moda (fragmento) (c) Araceli Otamendi

domingo, 28 de octubre de 2012

Andrea Paula Garfunkel




Cámara… ¡Acción!*

Un callejón entubado entre muros de ladrillos raídos. Una atmósfera cenicienta precariamente oxigenada. A esto le sumaste el infaltable y maloliente basural: un tacho de hojalata a medio abrir, una rata, una escalera oxidada que lleva a ningún lado sobre la pared. A la mujer la imaginaste rolliza y la vestiste absurdamente de varieté. En el elástico del portaligas la proveíste de un arma. Inventaste una venganza, le dibujaste una expresión mordaz y le impusiste coraje para gatillar. Un disparo sórdido curvó de espanto a un gato. Anticipaste al cuerpo desplomado un impacto bermellón ineluctable: la revancha satisfecha.



(c) Andrea Paula Garfunkel
Ciudad Autónoma de Buenos Aires

*cuento ganador en el Primer concurso de microrrelatos Revista Archivos del Sur - 10 años - categoría más de 30 años-

nota de la editora: el cuento y datos de la autora se publican con la autorización de Andrea Paula Garfunkel.







De un tiempo a esta parte comenzó a perseguirme la idea de que alguna vez me pedirían una reseña biográfica. Eso me perturbaba; me perturba hoy porque llegó el día. Comencé a bocetear, pero resultaron tantos prefijos “ex” y tanto verbo conjugado al pasado, que más que una bio parece una necro. Me voy a centrar en este nuevo presente ya que ni mi formación anterior, ni mi profesión, rozan a la Literatura ni por un ápice. Ésto, a veces, es bueno para correrse de los estándares aunque no pueda afirmar que sea mi caso. Ser escritor -escribir, refiriéndose a mí- no es algo que haya decidido, sino algo que simplemente pasó. Descubrí a muy corta edad que era capaz de sublevarme a los imperativos, al “eso no se hace”, a fuerza de inventar historias para encubrir travesuras de infancia y evitar así penitencias. Construí un mundo en donde todo era posible gracias al relato. Este ejercicio de inventar más una naturaleza inquieta por investigar creo que sirvieron de base para el comienzo de la escritura. Y ya no pude evitarlo. Decidí entonces rodearme de buenos maestros: fui alumna, en Casa de Letras, de Aníbal Jarkowski, Jorge Consiglio, Leopoldo Brizuela, Martín Kohan, Damián Ríos, José María Brindisi, y de Leila Guerriero, en Periodismo narrativo. De ellos aprendí, fundamentalmente a leer. Así, provocada por la conmoción de buena y mala Literatura, surgieron cantidad de textos que andan sueltos por ahí, que ya no me pertenecen. Transitan por medios digitales, reposan en otros tantos de papel. Me libré de ellos. Se libraron de mí.

Post Sriptum :Ah, ¿También hay que decir la edad? Estoy a la altura del almanaque en que se engrosan tus caderas y la putas hormonas juegan al sube y baja con tu estado de ánimo. Ya.APG

Carlos Ariel Vega





Carlos Ariel Vega- fotografía: gentileza del autor

Zhangtara y Sahir*




Cuando promediaba la mañana Zhangtara se acercó sigilosamente a Sahir y le dijo: “No veas lo que niegas de tu vida en los ojos del ciego, una sana costumbre en el decorado de los millonarios es tener cabezas de ciervos, otra es vivir de los beneficios dados por la impunidad. Yo soy el rey y tengo el espíritu de comando, pero sacié mi apetito y el reino está en paz. Dime hermano ¿crees que he equivocado el camino?”. Sahir respondió: “La única realidad es la verdad”.

El león siguió su camino, y la cebra continuó pastando.



(c) Carlos Ariel Vega

Ciudad Autónoma de Buenos Aires

*cuento ganador - categoría hasta 30 años - en el Primer concurso de microrrelatos Revista Archivos del Sur - 10 años



Carlos Ariel Vega


"Escritor y guionista argentino. Nací en el barrio porteño de Parque Patricios el 16 de febrero del año 1984. Terminé el secundario en el Instituto Inmaculada Concepción en el año 2001.
A partir del año 2002 realicé un camino académico que me llevó por las sedes de la UBA en las que fui estudiando Diseño Gráfico, Psicología, Sociología; además de cursar el primer año del Profesorado de Lengua y Literatura en el Instituto Joaquín V. González. Realicé el curso de guión cinematográfico con Sabrina Farji, talleres literarios en centros culturales y un seminario de actuación en el Actor Studio de Carlos Gandolfo".

nota de la editora: el cuento, datos y fotografía del autor se publican con la autorización de Carlos Ariel Vega.











sábado, 8 de septiembre de 2012

Dinamara García

Dinamara García


Un dandy en Río Preto

novela (fragmento)


¡Glenn! De ojos grises casi rojos, pelo gris y un poco amarillo también. Amarillo que algunas veces crece y cubre el ceniza en todo lo que es rizado.Nada de nuevo en este muchacho de botas color marrón rojizo. Nada, absolutamente nada, de nuevo. ¿Pero alguien sabía de su existencia? Si se va a saber algo es por mí, es conmigo. Soy el único que conoce a Glenn, a menos que un día...

Entro en su calle. Él es tan grande, es el color más importante de la calle. El verde de los árboles, la helada en los árboles, están a su servicio. El asfalto y los coches, el sábado a la mañana es de él, para él. Todo es menos que él, Glenn, Glenn pero no es tan bonito sin todas estas cosas y sus colores.
Un bombón en la boquita redonda, todo el sábado es dulce y parece infinito, será más sabroso cuando sólo quede chocolate disuelto en el fondo de la boca, como un almíbar. Glenn va sintiendo el último gusto del chocolate. el papel era tan bonito, rosa y transparente, violines, bailarines, ... voló entre las pequeñas hojas verdes y los árboles escarchados transeúntes. El viento sopla más fuerte, el cielo está lleno de nubes, está siendo una mañana oscura.
Sigo siendo invisible, siguiendo, perdido, a un joven alto de capa de lana negra. Un Lord anacrónico, policrómico, con botas lustradas, camisa blanca con puntillas. Sus orejas pequeñas deben estar frías, son frías - pequeñas y ligeramente rosadas. Siento la tentación de tocarlas con la punta de los dedos, con la punta de la lengua, conocerlas bien ... Bueno. Calles, calles, no va a terminar nunca, lleno de árboles y frías y nubladas. Glenn no se detiene en ningún lugar, su vida entera, su destino es caminar mezclando ciudades, países, universos. Un águila no pasó por el cielo, yo no la ví, Glenn no la vio. Pero hoy él decidió a ir a esa tienda, con el bastón negro y mango dorado en las manos blancas. Glenn enferma de ser tan perfecto, bonito. Tanto más bonito cuanto más pasado de moda.

- Joven, ¿qué quiere? Está mirando hace horas...

-No, nada. Apenas quiero mirar

Y, francamente, sigue mirando un portarretratos antiguo de madera oscura y marrón oscuro casi negro, retrato blanco y negro, no -es una pintura. - ¿Cuánto cuesta?

-¿El retrato? No está en venta.

- Quiero comprarlo.

- No se vende. Está como decoración.

- Póngale un precio ... Es importante.

Es importante dice, y pasa sus dedos sobre la cara detrás de un vidrio, en la madera centenaria. El pelo es probablemente castaño claro, con raya al medio, un tanto largo. La boca es de ésas que a la gente le gustaría besar, incluso si no lo conociera. Desconocido es el hombre en el retrato, que atrevidamente mira hacia Glenn, una audacia que es apenas espanto y desconocimiento - mira hacia Glenn, nunca vio a Glenn.

- No, no lo puedo vender.

- ¿Por qué?

- Lo compré en Londres, en un anticuario.

- ¿Tanto le gustaba?

- No, pero lo compré en Londres.

- Es importante para mí. Necesito ese retrato, ahora, hoy, desesperadamente.

- ¿Conoce al hombre del retrato?

- Sí. .. no ... Quiero decir ... Creo que sí. -

Entonces, ¿cómo? ¿Va a comprarlo por comprarlo? Dice que es importante y no lo conoce. Sabía que ...

- ¡Lo conozco, sí! Soñé con él...

- ¿Con el hombre?

- Es .. no ... con el retrato. No sé - dice, ya nervioso - No sé por qué lo quiero pero, yo, lo quiero, lo preciso. Esos ojos que me miran me dan miedo...

- ¿Y quiere, miedo?

- Necesito el miedo. Necesito sentir miedo. Quiero el miedo. ¿Cuánto?

- No lo vendo .

- ¿Por qué?

- Porque no quiero. ¿El señor soñó?

- No

- Pero dice que soñó.

- ¿Dije? dije, pero no.

- ¿Es una mentira? - No, no es que me gustaría haberlo soñado. Soñar con un retrato y encontrarlo al día siguiente... Es una coincidencia agradable. Yo inventé eso. Inventar es como soñar, es más.

- Está loco.

- No, pero me gustaría. ¿Puedo llevarlo?

- ¿Yo no he dicho que no?

- ¿O qué va a hacer con él la señora?

- Salga de ahí. Le contaré a la gente que ..

- Eso no es importante.

- ¿No es?

- Doña, Doña, por favor, quiero llevarlo, es importante para mí, no puedo estar sin él. Si no me deja llevarlo me mataré.

- Nadie se mata por un retrato.

- Yo sí.. .

- ¿Usted? - Así es.

- ¿Se mataría?

- Me mataría .

- Dígalo así, así no... no ...

- No tiene importancia.

- ¿Vivir?

- Vivir, morir, todo.

- ¡Está loco!

- Yo soy loco. ¿No quiere ahora?

- Yo, yo ¡eh!

- Déjelo para después. Hay alguien afuera espiando. Voy a volver y ...



El toma el retrato del escritorio, la imagen con anteojos. Sale corriendo por las calles llenas de niebla. Lleva el retrato adentro de la camisa. El vidrio tocando el pecho. El vidrio está frío, el pecho descontrolado, caliente. Glenn.

La fuga, después el silencio. La mujer boba, el tipo mismo se robó el cuadro. Olvidáte, era sólo un objeto decorativo. Glenn. Pasa la noche entera, cuando la noche llega, mirando la foto del muchacho. En cuanto a la vida que él tuvo un día en la Aduana en Nueva York ... La vida del chico en blanco y negro era colorida.

(c) Dinamara García
San José de Río Preto
Brasil


traducción al español (c) Araceli Otamendi -
versión y traducción autorizada para su publicación en Archivos del Sur  por Dinamara García

Acerca de la autora:

Dinamara García es escritora y Doctora en Teoría Literaria por la Unesp. SJ.Río Preto, Brasil. Es coordinadora de Óbvio, Revista electrónica de comunicación, cultura y artes de Unirp SJ de Río Preto. Es coordinadora del Grupo de Estudios e Investigación Académica de Moda de Unirp S.J. Río Preto. Profesora de Semiótica de la moda contemporánea, medios y Discursos del Cuerpo, Moda Contemporánea, Medios, Análisis de Medios, Publicidad y  Periodismo on line y Análisis de los medios de comunicación. Es autora del libro Cosplay - Un dandy en Río Preto - (Club de autores) y el blog novela Teoría de vampiros en internet, una fábula para niños índigo.
http://www.clubedeautores.com.br/book/24621--COSPLAY), http://www.vampirosnainternet.blogspot.com/






















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sábado, 18 de agosto de 2012

Carlos Meneses




Flor de amor



En enero le brotaron claveles rojos mientras leía la carta que él le había escrito. Toda la familia, estupefacta primero, alborozada después, la rodeó cariñosamente. La madre, tras besarla emocionada, fue la primera en arrancarle las flores y comprobar que eran tan naturales como las de cualquier jardín. Luego, pidió a sus otros hijos que salieran a venderlas aunque, como es lógico, se reservó unas cuantas para ella. Al día siguiente fue el padre el que quedó absorto cuando vio a su hija nuevamente cubierta de claveles, los que con presteza la fueron arrancados y vendidos en la ciudad. Así se sucedieron los días hasta la llegada de febrero y, en medio de los suspiros y cándidas miradas a lontananza producidas por una nueva carta, nacieron hermosas margaritas que la familia en pleno se encargó de recortar. En ese mismo mes llegaron dos cartas más, coincidiendo con la frondosidad del florecimiento. El padre, muy satisfecho con la novedad, decidió abandonar su trabajo en la fábrica y montar una floristería. Al mes siguiente brotaron magnolias. La madre estuvo muy contenta porque era su flor favorita. Poco a poco todos los hermanos dejaron sus respectivos trabajos y comenzaron a cumplir tareas en el flamante negocio del padre. Cuando llegó el mes de abril hubo alegres apuestas entre los familiares. Unos aseguraban que nacerían crisantemos, otros creían que serían azucenas. Pero pasaron los primeros días sin que brotara una sola flor, lo que causó cierto pánico en el hogar, hasta que alguien recordó que habían transcurrido semanas sin que el cartero llamase a la puerta. En esos días de escasez epistolar, ella salía de su casa y mirando hacia el horizonte suspiraba candorosa, como si estuviese orando en silencio hacia las lejanías. Fue justamente en esos momentos de dulce clamor esperanzado en que se solía sumergir, cuando unos pálidos pero bellos y enormes gladiolos la empezaron a cubrir desde la cabeza hasta los pies. La familia, convencida de haber superado el mal momento, respiró tranquila y miró con optimismo hacia el futuro. En los días subsiguientes, no obstante no llegar carta, siguieron brotando gladiolos sin cesar hasta la entrada del mes de mayo. Una noche, mientras padres y hermanos discutían en la sobremesa, y no sin algún temor, qué flor les daría ese mes, tuvieron la oportuna visita del cartero. La madre descubrió una letra extraña en el sobre. El padre, muy previsor, sugirió leer la carta antes de entregársela. El tema fue motivo de discusión durante algunos días, pero las diferencias cesaron cuando vieron que la dulce enamorada empezaba a cubrirse de orquídeas. La familia, sumamente regocijada, aunque no totalmente alejada del miedo, se reunió una noche mientras ella dormía. El cambio de opiniones entre padre e hijos estuvo a punto de ser agrio pero, finalmente, reinó la cor-dura. Al final, todos estuvieron de acuerdo en no decirle una sola palabra acerca de la decisión que habían tomado. La hermana mayor quiso saber qué harían en el caso de que la enfermedad avanzase y les llegara una triste noticia. Un gesto de terror se apoderó de todos los familiares que debieron sentir, por un momento, la amarga sensación de enfrentarse nuevamente con la imagen de la pobreza. No obstante, de inmediato se dieron ánimos unos a otros, diciéndose que no sería un mal grave, y que tratándose de un hombre joven, tampoco sería de larga duración. Terminado el mes de mayo y ante la ausencia de noticias, a alguno de los hermanos se le ocurrió la falsificación de una carta y a otro la fabulación de un mensaje oral que les traía un amigo. Pero debieron desistir de tales remedios porque a los pocos días comenzaron a florecer camelias. Transcurrida otra semana, una mañana la madre, acostumbrada a acercarse muy de madrugada a la cama de su hija, con el fin de ser la que le arrancase las primeras flores, tuvo momentos de horrible angustia al encontrarla desprovista del más leve rastro de florecimiento. No se atrevieron a preguntarle qué le estaba pasando, pero sí trataron el caso entre ellos. Aterrorizados la escuchaban llorar en las noches y, a veces, hasta la veían hablar y gesticular en su oscura soledad, con una delicadeza y una abnegación que les parecía que él se hallaba frente a ella. Ante el imponente temor de que el jardín se marchitase totalmente y para siempre, decidieron urdir una treta. Decirle, casi indirectamente, como si hablasen de estrellas o de países inefables, que sabían de su propia llegada. Sin embargo, ella no parecía escucharles, y no hacía más que suspirar entrecerrando los ojos. La madre, en esas mañanas frías en que llegaba con paso cansino hasta su cama, repetía quedo pero junto a sus oídos, el nombre del muchacho. La hermana mayor tenía a su cargo el espíritu de la farsa, y aseguraba que un amigo de él la había llamado para anunciar que él vendría en días muy próximos. Cuando ocurría todo esto ella sólo atinaba a sonreír débilmente y era en esos precisos instantes cuando, tímidamente, brotaba alguna camelia, y toda la familia miraba con ansiedad la cara, el pelo, las piernas, en espera de que nacieran otras flores más. Tras una noche de horribles presentimientos y forzadas cavilaciones, pues había concluido el mes de junio sin contar con la presencia del cartero, la madre acudió como siempre, casi a la alborada, a la cama de la inocente enamorada y, al verla, no pudo contener un grito de estentóreo jubilo. La cama estaba cubierta de flores que se desbordaban y caían al suelo. Claveles, lilas, magnolias, rosas, azucenas, crisantemos. Una deliciosa fragancia y una hermosa variedad de colores. Llamó a voces a todos los hermanos, quienes aun soñolientos llegaron junto a ella y se asombraron ante el prodigio. La tarea de recoger flores del suelo, de sobre los muebles, de la cama, se inició de inmediato. Unos agachados, otros a gatas, iban recolectando las rosas, los claveles, los crisantemos. Los depositaban en canastas, trasladando estas, cuando llenas, a las otras habitaciones. Trabajaban febrilmente, con la satisfacción pintada no solo en los ojos, sino en cada movimiento. Tenían la seguridad de que la crisis estaba superada, de que el miedo debía quedar atrás. Alguno no podía evitar una risa nerviosa de alegría. Otros indicaban que se terminara de recoger todas las flores del suelo para luego continuar con las de la cama. Ninguno, ni la madre que solía hacerlo casi siempre, se preocupó por arrancarle las flores que le cubrían la cara y besarla en la frente. Sólo cuando el suelo quedó limpio, se decidió a acometer esa tarea. Fue en ese preciso instante cuando se escuchó la voz del cartero que traía una nueva carta. Todos quedaron quietos una fracción de segundo, pero luego continuaron en lo suyo. El padre descubrió una letra desconocida en el sobre, nervioso lo desgarró y leyó en voz baja, enrojeciendo tras cada palabra. La madre buscó con ahínco el rostro de su hija bajo las gardenias, bajo las violetas y los claveles. Los hermanos quisieron descubrirle los pies y siguieron llenando canastas con flores. Mientras el padre se dirigía a ellos para comunicarles el contenido de la carta, los hermanos y la madre seguían luchando, con más rabia que pena, por encontrarla debajo de las últimas flores.

(c) Carlos Meneses

Carlos Meneses es un escritor y periodista de origen peruano, reside en España desde hace muchos años.









miércoles, 1 de agosto de 2012

Noemí Brown

Noemí Brown








Engaño


Querido Coco:



Te extrañará recibir una carta mía. Sabés que soy medio vago para escribir. Prefiero el teléfono. Pero qué sé yo. Lo que tengo que contarte es largo. Cómo me gustaría que estuvieras acá. Esto es demasiado grave y no me lo puedo bancar sólo.
Vos sabés que con Julia, queríamos tener un hijo, pero nunca se nos dio. ¿Te acordás que después de algunos años, cansados de esperar, recurrimos a un médico? Ella se hizo ver varias veces, y como no le encontraban nada malo, decidí consultar yo. Siempre le rajo a los hospitales, pero era muy importante para mí.
Recuerdo el día que apareció en casa con los análisis. Pasó antes por el consultorio del doctor para que viera los resultados. Se hizo cargo de todo, porque sabía que para mí era un asunto muy pesado. Con lágrimas en los ojos dijo que yo era estéril, que nunca iba a poder embarazarla. Al ver como reaccionaba con la noticia, me abrazó y lloramos juntos. Me sentí tan impotente, tan culpable de no poder darle un hijo, que le ofrecí el divorcio. Pero ella se portó de diez, y le restó importancia. Dijo que las cosas entre nosotros no iban a cambiar, y hasta ahora, fue realmente así. Verla bien a ella era lo único que necesitaba para resignarme. Y lo aceptamos, no más.
Y el saber que no había nada que esperar, nos daba cierta tranquilidad. Ya no vivíamos pendientes del mes, que el período de Julia, que la temperatura, que el atraso, que desilusionarse todos los meses. Todo eso pasó a la historia.
A veces, al ver los chicos de algún amigo, me volvía la culpa. Pero ella, siempre radiante. Se dedicó con todo a su carrera. Y a mí. No parecía que le faltara nada. Sabés lo fanática que es con su profesión. Y yo disfrutaba la vida que llevábamos, porque seguíamos tan enamorados como siempre y a veces, hasta nos envidiaban. Podíamos salir cuando se nos daba la gana, viajar, dormir a gusto, hacer todo lo que las parejas con hijos no pueden. Y ella, tenés que ver, estaba cada día más linda, parecía mucho más joven. Yo veía cómo la miraban los hombres.
Pero desde hace unos días estoy como loco. Todo se me vino abajo.
Buscando en la cartera de Julia, no sé qué, encontré medicamentos. Era un frasco de píldoras con nombre raro y me asusté pensando que estaba enferma y no me lo había dicho.
Decidido a enterarme, leí el prospecto. Una y otra vez. No había dudas. Eran anticonceptivos.
Para qué querría Julia eso, si yo soy estéril. Temblando, volví a dejarlos donde los había encontrado. Vos debés estar pensando lo mismo que pensé yo. Otro hombre. La idea me dejaba sin fuerzas. La seguí durante días, tratando de disimular. Haciendo como si nada. Esquivando su mirada, sin atreverme a preguntar.
Pero no hizo ningún movimiento sospechoso. Venía derecho a casa, desde el trabajo; estaba tan cariñosa como siempre. Nada. Nada. A lo mejor creés que debí preguntarle directamente a ella. Y seguro que tenés razón. Pero soy tan cobarde. No me animé. Algo me decía que no había otro. Revisé sus cosas día tras día, y contaba las píldoras como un loco. Ella las tomaba siempre, y yo, muriendo. Pero no me atreví a encararla.
Ayer tomé una decisión. Pedí cita al médico que había mandado los estudios, porque cría que ella lo consultaba de vez en cuando. Mientras juntaba coraje le pregunté por la salud de mi esposa, pero el doctor estaba más desconcertado que yo. Tardó en ubicar a Julia. Hacía mucho que no la veía. Y consultando la historia clínica me precisó: hace diez años le llevó unos exámenes y después no volvió.
Entonces me preguntó cuántos hijos teníamos. Extrañado de que él no tuviera mi diagnóstico registrado, quise recordarle que yo era estéril. Me miró confundido y leyó en voz alta: “Los estudios sobre esterilidad no arrojan ninguna particularidad”. Subrayó con la lapicera lo que leía, mientras me miraba con lástima. Salí sin contestar. Caminé perdido, indefenso, atontado. A la hora en que Julia vuelve a casa, la estaba esperando, al fin, con un pedido de explicaciones.
Fue como si la conociera en ese momento. Cuando terminé de contarle, parecía diez años más vieja. ¿Por qué me había mentido?
Que quería recibirse, trabajar, dedicarse a mí. ¿No había valido la pena?
Que tenía que entenderla, con chicos todo hubiera sido distinto, se hubiera convertido en una amargada. O ¿No veía cómo están todas las mujeres? ¿No me daba cuenta de que sólo hablan de pañales?
Yo la miraba sin decir nada. Y ella seguía explicando, no paraba de hablar.
Que fue por los dos, que valió la pena. O ¿Me hubiera gustado verla gorda y resignada. Perder la libertad que teníamos, que dejara su carrera, que...
No le pude contestar. Cuando cerré la puerta de calle oí que repetía: “¿No valió la pena?”
Coco, pensarás que me acuerdo de vos sólo cuando te necesito. Tenés razón. Pero te necesito mucho. Por favor, contestame. Un abrazo.

Beto

(c)Noemí Brown

Adrogué

Provincia de Buenos Aires

acerca de la autora:

Noemí Brown es Licenciada en Ciencias de la Educación.
Breve curriculum literario


Hasta el año 2000: Ensayos relacionados con la profesión.

A partir del año 2000: Obras de ficción, como cuentista.


Algunos de los reconocimientos obtenidos

Mención X Concurso Interamericano de cuentos Fund. Avon -C.A.B.A. 2003

Primer Premio en el Concurso Miguel Briante -Gral. Belgrano -Bs. As.-2005

Primer Premio en el Concurso R. Tejada V. de Theaux -V. María-Cba. -2005

Finalista del Certamen A. M. Matute –Ed. Torremozas -Madrid -2006 y 2011

Primer Premio Carlos Casado -Casilda -Santa Fe -2007

Mención Única en Cuento Grupo Malos Ayres -Bs. As. -2009

Segundo Premio Carmen Martín Gaite -Madrid -2009

Finalista en el XI Concurso Juan Martín Sauras -Andorra -Teruel -2010

Finalista en el XXXIX Concurso Internacional de Guardo -Palencia -2010

Premio L. Marechal de Plata- Tres de Febrero -Bs. As. -2011



Algunas Antologías en las que participó:



Librería Mediática de Radio Nacional Venezuela- Caracas -2006

Colección Ellas también cuentan- Torremozas- Madrid -2006- 2011

Cuentos en el Aire- Editorial Planeta-C.A.B.A. -2006

Antología I y II de Relato Breve Contextos (cuatro cuentos) -C.A.B.A..-2003 y 2006

Dejando Rastros (seis cuentos)-Dunken- Bs. As. -2006

Antología Premio Nacional Tres de Febrero - Pcia. de Bs. As. -2006 y 2011

Antología Certamen Gonzalo Delfino -Gaiman-Chubut -2007---

Primer libro unitario:

“…basta un botón” -Ed. Blue Eagle Group -C.A.B.A. -2011


miércoles, 25 de julio de 2012

Araceli Otamendi


Historia del emperador Chin-chan-fu y la rata que fue confundida con un perro*



*de la serie Cuentos chinos apócrifos



En la máquina del tiempo todo se puede confundir: recortes de diarios, noticias del día, informes de laboratorios, viejos manuales de historia, tal es el caso del detective Ronald Britten que una vez más se había introducido en la máquina del tiempo para investigar acerca del caso del emperador Chin-chan-fu y la rata que fue confundida con un perro. En la enciclopedia británica del año 2022 decía que ciertos hurones fueron modificados genéticamente para ser parecidos a los perros caniche y así poder venderlos como mascotas en el mercado. Una mujer, que decía haber servido en la corte del emperador Chin-chan-fu había dado su testimonio y era éste:

"...iba oscureciendo en el palacio del emperador Chin-chan-fu, yo estaba repasando las molduras de oro de las ventanas para que estuvieran bien brillantes y veo pasar al hurón, tenía pelos como los de los perros y una mirada vivaz y corría cerca de una pared. Yo misma corro hacia él con la intención de matarlo, al menos de golpearlo. Y en eso el hurón se esconde, no sé dónde y el palacio queda a oscuras ya que todavía no se habían prendido las velas que debían alumbrar el salón...".




A Ronald Britten, el detective, no le bastaba con seguir leyendo el testimonio de esta mujer en los recortes de los diarios viejos y amarillentos y decidió tomar una copa de licor de mandarinas chinas y seguir buscando. Fue así que se sentó a la sombra de un árbol, curiosamente un mandarino, y se puso a pensar por dónde seguir la investigación. Uno de los frutos del árbol, de cáscara naranja brillante cayó sobre la frente del detective y le despertó la imaginación: iría al mercado, un viejo mercado de su barrio adonde tal vez consiguiera uno de esos hurones transgénicos. Ronald Britten se quitó el vistoso kimono - no sabía de dónde había salido porque en la máquina del tiempo ocurren muchas cosas inexplicables - y ya vestido con el jean y la camisa de siempre y con el revólver en la cintura se dirigió al mercado.
En una jaula había varios hurones muy divertidos que se parecían a perros caniches. Al detective le gustó uno particularmente parecido a un perro y decidió llevarlo para seguir investigando. El vendedor le dijo que se estaba llevando un precioso perro caniche toy y el detective le preguntó de dónde provenían estos animales tan lindos pero obtuvo sólo silencio como respuesta. ¿Tenía algún asidero relacionar el caso de los hurones que eran vendidos como perros con el emperador Chin-chan-fu? se preguntó Ronald Britten. Tal vez no, se dijo mientras miraba al hurón, cómo trepaba a uno de los armarios de la cocina de su casa.
Y no, parecía que no, que tal vez siempre estos hurones hayan estado en todos los países del mundo, eso pensó Britten, al mismo tiempo que se rascaba la cabeza y pensaba qué es lo que haría ahora con el hurón que parecía un caniche. Pero el hurón parecía sonreirle, le mostraba los dientes desde el armario más alto de la cocina y Britten empezó a pensar cómo destruir a la máquina del tiempo y al hurón incluido. Y fue así como el detective Ronald Britten tuvo uno de sus muchos traspiés en la investigación ya que el hurón escapó corriendo a muchos kilómetros por hora y nadie sabe hasta ahora por dónde puede estar.

(c) Araceli Otamendi







domingo, 15 de julio de 2012

José Respaldiza Rojas





LA TÍA TELÉSFORA





Conocí a la tía Telésfora cuando ella ya era mayor, mas no por eso perdía su impulso juvenil; de baja estatura, pelo negro, se había dejado engordar mucho sin que eso le restara agilidad. Escuchaba un rato antes de intervenir con mucha coherencia. Pocas veces la vi quieta o sentada, siempre estaba en movimiento, entraba, salía, visitaba, volvía a salir. Ella misma se generaba su puesto de trabajo ya que elaboraba panes, rosquitas, semitas, biscochos y procedía a venderlos, pero por increíble que parezca, como no tenía RUC – Registro Único del Contribuyente - ni licencia municipal, en las estadísticas figuraba como desempleada, carente de trabajo, en vano se podrían mostrar, con pruebas fehacientes, que la tía Telésfora sudaba cada sol que ganaba, pero la ley es la ley, y para la ley ella no trabajaba y punto.



Vivía en los famosos Barrios Altos, otrora zona residencial y hoy muy venido a menos, su casa era muy modesta, limpia y algo grande pues vivía sólo con su esposo, no tenía hijos, algo sucedió que ella quedó estéril, pero ni por eso se deprimió. Ella amaba la vida y gozaba de ella cada momento. Muy temprano procedía a limpiar la vereda de su casa, por allí empezaba el aseo de su vivienda, al término del cual tomaba un desayuno frugal. A continuación iba al mercado donde compraba lo indispensable para el almuerzo y luego amasar sus panes, harina, manteca, levadura, etc.
A eso de las tres p.m. llevaba todo lo elaborado a una panadería donde hacía uso del horno por una módica suma. Conforme iba sacando cada hornada lo ponía en una cesta de regular capacidad, al acabar procedía a subir a un micro que la llevaba al Mercado Central y en una esquina, se colocaba a vender su mercadería. Los paisanos ya la conocían y sabían de su horario de venta, por eso ella abastecía a cuanto shilico (natural de Celendín, Cajamarca) goloso pasara por su frente.
Un buen día un paisano llegó donde ella, pero no a comprarle nada sino a desahogar sus penas y contarle de sus apremios económicos, la tía Telésfora lo escuchó con gran paciencia, pero todo tiene un límite, entonces ella le dijo:

- Paisano ¿por qué no hace un préstamo al banco?

- Es que yo sólo necesito cien soles.

- Digasté ¿Qué da en prenda?

- Mi sortija de oro.

- ¿Por cuánto tiempo?

- Por un mes paisanita.



La tía Telésfora le facilitó esos cien soles y recibió la sortija. Desde esa fecha añadió un negocio más a los que ya efectuaba. Desde niña aprendió que juntando oro se prevenía para su vejez. Eran famosos los artesanos de Huacapampa, en José Gálvez, con sus joyas en filigrana de oro, hoy dicha actividad se perdió. Muy pronto la vecindad supo que ella te salvaba de un apuro económico.
Algunos lograban rescatar sus joyas, otros no podían hacerlo y se le presentó la imperiosa necesidad de encontrar algún lugar donde esconder dichas pertenencias, no podía darse el lujo de guardarlas en un banco, pues eso le generaría algún gasto.
Así se le fueron acumulando aretes, sortijas, aros, medallitas, pulseras, etc. todas ellas de oro puro. Como el barrio donde ella vivía también alojaba a personas del mal vivir se corrió el rumor que poseía harto dinero y como tal, era pasible de una visita.
Y eso sucedió un día en que ella y su esposo salieron y al regresar notaron que la puerta de su casa estaba junta ¿qué cosa? Entraron con cierto temor y lo que encontraron le dio rabia a su esposo, pero a ella le reforzó su habilidad preventiva. Alguien ingresó y rebuscó todos los cajones, los colchones, bajo las camas, el ropero, todo fue revisado.

- ¿Qué buscarían? – preguntó su esposo.

- ¿Cómo quieres que lo sepa? – le respondió, sin soltar mas información.



Ella sí sabía lo que buscaban: las joyas que estaban en prenda, pero se rió para sus adentros, su escondite estaba muy bien situado y sobre todo muy bien pensado, así que no le dio importancia y continuó con sus faenas cotidianas.

- No puede ser, en algún lado debe guardar lo que recibe.

- Sí, jefe, revisamos todo como lo acordamos.

- Entonces ustedes se han quedado con las cosas.

- Eso nunca, tenemos un pacto de sangre y eso se respeta.

- Bueno, vigilen a la tía y cuando haga otro negocio, entren.



Era el cabecilla de la zona quien regañaba a sus huestes por ese fracaso. En cambio a la tía ese hecho le dio seguridad y así se lo decía a quienes recurrían en busca de un salvataje, pero jamás se le ocurrió revelar su secreto. Pronto su lema fue prontitud y seguridad.
Un buen día, un paisano dedicado a las malas artes le fue encomendado en ir a solicitarle un préstamo, dando su aro matrimonial. Recibió la suma pedida y salió con la certeza que recibió un objeto en prenda, ahora pondrían guardia para ingresar cuando la casa estuviera vacía y así revisar todo hasta dar con ese aro.
Su esposo se fue a laborar y ella salió camino al mercado. El vigilante emitió un agudo silbido y con gran rapidez llegaron dos individuos que abrieron la puerta con una ganzúa, dejaron un campana para que les pasara la voz en caso de tener que salir de improviso. Esta vez hasta cortaron la cobertura de los colchones, rompieron una alcancía que contenía apenas unas cuantas monedas, las plantas fueron sacadas de sus macetas, que minuciosidad para buscar dónde guardó el aro que dejó en prenda su compinche, mas todo fue en vano.
Al volver la tía Telésfora tuvo que demorarse casi seis horas en poner en orden todos los objetos desparramados, embutir la lana de los colchones y parchar las rotura y si eso no la molestó fue porque su escondrijo no fue hallado, continuaba virgen, intacto.
Pasó el tiempo y ya la cantidad de joyas acumuladas era algo respetable. Decidió tener dos escondrijos, uno permanente donde guardar las cosas de mayor antigüedad y otro, temporal, para los recientes empeños. Ya era conocida por dicha actividad en muchos barrios y se había convertido en dueña de una casa de empeños informal.
Sufrió pequeños robos, pero su caja fuerte continuaba presta a esconder el secreto mejor guardado de todos los tiempos.
Como los años no pasan en vano un buen día enfermó y sus hermanas la llevaron a donde un médico paisano. Fue internada en un hospital donde la revisaron, le efectuaron muchos análisis, le tomaron ecografías, radiografías y ella, al cabo de dos semanas, preguntó:

- ¿Es que tengo algún mal?

- Paisana – dijo el médico – nunca he visto una persona absolutamente sana.

- Entonces ya puede irme.

- ¿Es que la hemos tratado mal? – le dijo el médico.

- No, no puede quejarme.

- ¿Le disgustó la comida que le damos?

- Tampoco.

- Entonces ¿qué apuro tiene?

- Es que me aburro sin ver mis novelas.

- Mire paisana, aún faltan dos exámenes mas, le pondremos un televisor para que se distraiga.


Al término de la conversación el médico estuvo atento para ver en el momento en que se retiraban las hermanas y cuando eso sucedió las llamó para conversar en su consultorio. Resulta que le habían encontrado un quiste canceroso en el cuello del útero que era maligno y le pronosticaba poco tiempo de vida. Las hermanas lloraron al saber la noticia.
Iniciaron las sesiones de quimioterapia, una alimentación adecuada al impacto de ese tratamiento, aún así su salud se deterioraba a ojos vista. Para amortiguar el dolor le ponían inyecciones de morfina. La tía Telésfora que había pasado por circunstancias peores nunca perdió la confianza en sanar, ella bajaba de peso, pero como era obesa esa pérdida de kilos demás lo tomaba como un signo positivo así que no se incomodaba.
Luego de varios meses notó un claro deterioro, entonces ella inició unas seguidillas de oraciones, pero perdió fuerza y casi no podía moverse, ahora su salud empeoraba con mucha rapidez, de pronto no pudo hablar y en ese instante se dio cuenta que ya no mejoraría. La enfermera de turno, al amanecer la encontró en el piso, y con su mano temblorosa tocaba en forma reiterada el suelo, llamó a otra compañera y la subieron a su cama. Al día siguiente volvieron a encontrarla en el piso, y nuevamente golpeaba el piso con su mano, de nuevo la subieron a su cama.
Como no tenían barandillas, al médico de turno se le ocurrió poner el colchón en el suelo y bajarla a dormir, pero para sorpresa de él, la enfermera la encontró en el piso, fuera de su colchón, golpea y golpea el suelo, nadie entendía esa conducta.
A la semana siguiente la tía Telésfora cerró sus ojos en forma definitiva, sus familiares procedieron al entierro de ella en medio de la congoja por su muerte. Al mes, se reunieron en la casa de ella, y en medio de recuerdos se habló del extraño hecho de arrojarse al suelo para golpear el piso, cosa que sucedió en sus últimos días, alguien manifestó que tal vez, como no podía hablar, estaría queriendo decir algo, pero ¿qué? que deseaba decir. No lograban hallar una respuesta coherente. Siguió la conversación familiar y al preguntar qué hacía ella, la recordaron como una buena ama de casa, que fabricaba sus panes y los vendía, que aseaba toda la casa.
De pronto un sobrino recordó que ella facilitaba dinero a cambio de joyas y le preguntó a su esposo por esas joyas y la respuesta de él, sorprendió a los asistentes:

- No, no dejó nada. Tampoco me habló de ese tipo de negocio.

El sobrino insistió porque su padre alguna vez recurrió a ella y le dejó su aro matrimonial. La conversación se hizo más interesante. Nadie sabía de ese negocio, tampoco sabían dónde guardaba las joyas que le dejaban. Qué tales incógnitas.
Ya casi terminando la tarde se volvió al tema de sus caídas de la cama del hospital y se la ligó con el asunto de dónde escondía las joyas. Su esposo dijo que en su cuarto no halló nada. Varios familiares pidieron permiso para ver el cuarto. Su esposo se puso rojo de vergüenza y trató de cambiar el rumbo del pedido, al final confesó que su cuarto tenía piso de tierra, que habían logrado mejorar el resto de la casa, pero dejaron para el final ponerle cemento al piso.
Los familiares lo sosegaron y uno de ellos se deslizó a hurtadillas al cuarto, miró por todas partes y al salir dio como consejo que cavaran la tierra y que en algún lugar debería estar el huarique.
Al día siguiente ese sobrino fue a la casa del tío con un pico. Primero hizo un hueco al lado de la cama, donde ponía los pies al bajarse, pero no había nada. Movió la cama y cavó por el lado de la cabecera, nada. El turno fue por el lado opuesto, en vano. El sobrino sudaba la gota gorda ya que tenía que abrir y cerrar los hoyos que hacía. Al medio día pararon para almorzar, pero antes se bañó pues estaba lleno de sudor y polvo.
Por la tarde volvió a su faena, horas de horas de abrir y cerrar agujero en la tierra. Ya casi al borde de tirar la toalla dio un vistazo al cuarto y notó que la maceta disonaba con los adornos de un cuarto. Avanzó los cuatro pasos que lo separaba de aquella planta de geranio, la puso en otro lugar y como esa zona tenía la tierra algo húmeda le fue fácil remover la tierra, al poco rato el pico se enredó con algo, era una bolsa plástica que fue retirada inmediatamente. El tío y el sobrino llenos de curiosidad la abrieron sacando una gran cantidad de joyas.
Al revisarlas el sobrino se dio cuenta que no estaba el anillo matrimonial de su padre, entonces el tío recordó que días atrás retiró otra maceta. El sobrino procedió a cavar donde le indicó el tío, como la tierra estaba seca demoró un poco más hacer el hueco, pero finalmente dieron con otra bolsa que contenía mas joyas, allí estaba el aro de su padre.
En la mesa del comedor fueron acomodando diez pares de aretes, cinco anillos de promoción, ocho pulseras, once collares con cruces, dos gemelos algo antiguos, cuatro aros matrimoniales, catorce sortijas. Dos medallones, un reloj con correa de oro y muchas otras joyas más.
Llenos de alegría citaron al resto de los familiares para comunicarles el hallazgo imprevisto. El precio del oro siempre está en alza y al pesar todo lo encontrado, que no fue poco, dio como resultado 3 kilos tres cuartos. Como la onza se cotizaba en 600 soles ese hallazgo significó una fortuna
Por consejo de un familiar el tío vendió una parte de las joyas y compró vaquillonas, las envió a Celendín para que se las criaran. Al cabo de unos años, esa vaquillonas tuvieron sus terneros y poco a poco el tío se convirtió en un próspero ganadero. A sus noventaitantos años recuerda sus lindos años con su Telésfora y recuerda aún más lo que le dejó pues todavía conserva parte de esas joyas.

Increíble pero cierto.

(c) José Respaldiza Rojas

Lima
Perú





sábado, 23 de junio de 2012

Gabriela Aguilera Valdivia



Qué sabor tiene la carne


En memoria de Lizzie Borden

La bandeja de aislapol está sobre la mesa de la cocina, aún cubierta por el plástico que le ponen en los supermercados. Se ve roja, enrojecida más bien. Le echan colorantes para que los compradores se tienten y no vean el blanco de la grasa. Algo de sangre acuosa se ha escurrido hacia abajo y gotea de la mesa al suelo de cerámicas grises.

Escucho. No hay más que el sonido de los pájaros y lejano, el motor de algún auto que pasa por la calle. El vecino más próximo vive a cuatro mil metros de aquí pero cerré el portón con candado y apagué la luz de la entrada, por si a alguien se le ocurriera pasar a saludarme e interrumpir mi labor. Desde una de las ventanas distingo el contorno borroso de la cordillera y desde la otra, la luminosidad de Santiago, muy abajo.

Me saqué la ropa para facilitar mis movimientos. El sudor me baña por el esfuerzo que ha significado arrastrar al animal y colgarlo del gancho. Un animal muerto pesa demasiado. Estoy envuelta en mi olor y en el que emana la presa dispuesta para el faenamiento.

Tomo la bandeja de carne molida cuatro por ciento de materia grasa. Tártaro le llaman, como si fuera diferente a la molida especial o la molida corriente. Entierro los dedos y el plástico se rompe. Huelo su contenido. No se parece a nada. Es olor a carne, diría alguien que no sabe. Pero yo sé que la carne no huele así. La carne que venden no huele igual a la otra, a la natural, la que está fresca, la que una misma puede desprender de una bestia recién sacrificada, colgando de las patas en un gancho. Esa tiene un aroma diferente. Y otro sabor.

Me acerco al animal que hasta hace un rato mantenía una postura confiada, al que elegí entre muchos y atraje sin darle tiempo a sentir temor. El miedo provoca el derrame de adrenalina, lo que endurece la carne.

Lo muevo con suavidad, observando cómo se balancea, en un vaivén circular que se va deteniendo en pausas. Tomo el cuchillo cocinero y compruebo que la hoja esté afilada, antes de hundirla con destreza en su cuello. Emite un sonido ahogado y se estremece. Esto es lo más sucio. Crecí en un lugar donde los hombres sacrificaban reses y yo misma lo hice en muchas oportunidades. Sé que aunque haga esta operación con cuidado, terminaré ensangrentada y pegajosa.

La sangre se escurre densa hasta el suelo de cerámicas grises. Pongo una palangana para recibirla y la aliño antes de que coagule para beber un poco aunque me escuezan los labios. La sangre se pega en el mango rojo del cuchillo cocinero, en mis manos, en mis pechos, en mi pelo largo. Más tarde me daré una ducha caliente.

Abro el abdomen, tajeándolo desde la punta del esternón hasta el bajo vientre. Es una maniobra que exige práctica. Extraigo los interiores, el estómago, los pulmones, el corazón que tiene el tamaño de un puño cerrado. Todo sangra, sangra, y si no tengo cuidado, pueden desbordarse otros fluidos. Orina, por ejemplo, aunque cuido de no rozar la vejiga con la punta del cuchillo. Las heces podrían ser otro problema, si es que actúo con torpeza en el acto de extraer el intestino grueso.

Si esto llegara a pasar el intenso olor tan intenso cubrirá al de la sangre fresca que ensucia el piso y moja mi cuerpo, cayendo en hilos, marcándome, formando charcos espesos en los que chapotean mis pies. Tengo que proceder rápido y usar baldes de los que venden para mezclar las pinturas. Contienen hasta diez litros y se necesitan dos para sacar los interiores al patio. Los perros darán cuenta de ellos.

La labor más delicada consiste en deslizar la hoja para separar el pellejo. Esto deja al aire la capa de grasa y el brillo seroso de la envoltura que cubre el cuerpo. Termino de arrancar la piel, teniendo cuidado con hacer cortes limpios para no dañarla, para que salga íntegra, sin orificios provocados por la prisa, impecable en su desprendimiento, cayendo ante mí, haciendo el sonido exacto de un vestido de seda que resbala de un cuerpo hasta el suelo.

El animal colgado de los pies queda desnudo, realmente desnudo, más que yo, con su interioridad expuesta a la luz, entregado de verdad, aún balanceándose en movimientos lentos de batir de campanas.

Hundo la punta del cuchillo para abrir la capa serosa que se rasga con un sonido áspero. Entonces, todo es un ir desgajando tendones, rebanando cartílagos y nervios con cortes precisos, sin dejar fibras colgando, tan poco estéticas, tan degradantes para la obra de arte que es destazar al animal que cuelga desde el gancho de la viga de la cocina. Separo limpiamente el músculo que corre de ingle a rodilla, completo, perfecto en su dimensión y lo deposito sobre la mesa, sano y hermoso. Parece temblar en las últimas señales de vida. Lo acaricio con los dedos, serpenteando mi mano de arriba a abajo.

Hago un corte en el centro y la carne queda ante mis ojos, dejando escurrir el líquido carmesí, aguado. Acerco el trozo a mi nariz con las dos manos, degustando el aroma fresco de la sangre, tocando la textura de la carne, gozando de ese color que tiene la musculatura de un animal recién faenado. Llevo el pedazo hasta mi boca, que se hace agua, que duele con el ejercicio involuntario de las glándulas salivales y mis dientes crujen uno contra otro, preparándose para masticar, los colmillos dispuestos a desgarrar las fibras rojas y blancas, la lengua tapizada por la naturalidad salvaje del sabor animal, las dentelladas de la depredadora que soy en la cocina de una casa clavada en lo más alto de Peñalolén.

Muerdo, desgajo, saboreo el gusto de la carne del animal que se balancea sin hablar, sin tocarme, sin esperar nada, colgando inerme desde el gancho. Un animal que hasta hace unas horas estaba sentado en el sofá de mi sala, bebiendo una copa de vino preparada especialmente para él, sin que me importara su identidad ni su historia, sólo los músculos que se movían bajo su piel, que ahora formarán parte de mi cuerpo, que llenan mi boca con el sabor salado de la carne de verdad, la carne fresca de un animal recién despostado.

(c) Gabriela Aguilera Valdivia
 
Santiago de Chile

Gabriela Aguilera Valdivia




Ecuación Lógica


Al Zorro, cuyo tremendismo barroco enlaza tan bien con el mío



Si

un grupo de hombres estuviera en un bar una noche de viernes, después del trabajo, bebiendo cerveza, jugando unas partidas de cacho, mirando el televisor que está suspendido en la pared, levantándose por turnos para ir al baño y el garzón hubiera retirado vasos y ceniceros vacíos en mas de tres oportunidades.

Si

cerca de la medianoche entrara una mujer sola y se instalara en una mesa próxima a la del grupo de hombres. Ellos mirarían sus piernas largas, el vestido blanco ceñido, los pechos grandes y enmudecerían volteando la cabeza hasta constatar que pide algo al garzón y saca sus cigarrillos. “Puta”, dictaminaría uno y los otros asentirían, sopesando con los ojos a la mujer, que movería la cabeza para sacudirse el deseo que la agrede.

Si

esta mujer oliera el aroma bestial que emanan los hombres de la mesa y fingiera que no le importa, actuando como si estuviera acostumbrada a provocar esas reacciones cuando entra a un lugar como ése, escuchando sin oír lo que los hombres gritan, fumando y bebiendo la cerveza que ha pedido, en compañía de su propia imagen en el espejo de la pared.

Si

los hombres apostaran acerca de cuál de ellos podrá levantarse a la chica de blanco, garantizado el silencio del grupo para proteger al ganador y que durante una semana lo elevará por sobre sus compañeros. Ejercitarían sus dotes de seductores, haciendo propuestas a la mujer, alabando su cuerpo, destazándola en medio del bar lleno de humo.

Si

se abriera la puerta del boliche y entrara alguien que viste pantalón oscuro y chaqueta de cuero, alguien que los hombres confunden a primera vista con un congénere, que pasa junto a ellos y se sienta en la mesa de atrás, de espalda a la suya y luego cayeran en la cuenta de que es una mujer. “Tortillera”, dictaminaría uno de los hombres y los otros se reirían. La recién llegada repararía en la otra, mirándola como los hombres, que no dejan de hacerle proposiciones y bromas de doble sentido, provocándola sin que ella haga ni un solo gesto que delate siquiera si los oye.

Si

la mujer de la chaqueta de cuero mirara a los hombres con una sonrisa burlona, echándose hacia atrás en el asiento rojo plastificado, sorprendiéndolos al decir “Apuesto. Soy más macho que ustedes. La mina es mía”. Uno de los hombres se levantaría amenazador y los otros lo calmarían, obligándolo a sentarse. Concluirían que la del vestido blanco se ve muy hembra y con toda seguridad no los ha considerado porque está tomando un descanso entre cliente y cliente. Que jamás una mujer así iba a irse con una marimacho por algo que no fuera plata.

Si

los hombres vieran que la recién llegada sonríe a la otra, le hace gestos con la boca, invitándola sin hablar, pensarían que es divertido verla comportándose igual que ellos, tratando de asemejarse a ellos. “Le falta uno de éstos”, diría uno de los hombres, tocándose la entrepierna y los otros reirían a carcajadas. Y dejarían de jugar al cacho, porque sentirían que están en un juego diferente ahora, en el que los contrincantes son ellos y la otra. Macho, machito, machote, quién se levantará a la mina del vestido blanco ceñido.

Si

la del vestido blanco ceñido reparara en la otra, que no deja de insinuársele y modular palabras que los hombres no logran captar en su totalidad. Las dos mujeres se mirarían a través del humo que las envuelve, el reflejo de ambas sonriendo en el espejo de la pared. Los hombres enmudecerían al contemplar ese ir y venir de miradas y sonrisas y verían a la mujer de chaqueta de cuero levantarse para ir hasta la blanco, pidiendo dos schop al garzón.

Si

los hombres las vieran, la del vestido blanco echándose el pelo hacia atrás y la de chaqueta de cuero aproximándose a ella como para besarla pero no lo hace. Ninguno diría nada y volverían a concentrarse en tirar los dados sobre la mesa. Diez minutos más tarde verían pasar a las dos mujeres, escucharían sus risas y la de la chaqueta de cuero abriría la puerta del bar para dejar pasar a la del vestido blanco. La puerta se cerrará tras ellas, con lentitud.

Si

ya fuera imposible mantener la pantomima del juego de dados y los clientes de las otras mesas se rieran y bromearan con lo que acaba de ocurrir. El garzón les preguntaría si quieren algo más porque van a cerrar en un rato y ellos percibirían la burla, el cosquilleo de la alegría que le causa al tipo el fracaso del grupo de perdedores que ya no jugarán más al cacho, sino que pagarán la cuenta y se dirigirán hacia la puerta con rapidez, viendo desde la vereda a las mujeres que atraviesan hacia el parque de Los Reyes, abrazadas.

Entonces

correrán hasta donde están ellas, las agarrarán de los brazos, las golpearán en la cara y el estómago y la del vestido blanco huirá entre gritos, buscando refugio en la oscuridad del parque. Los hombres le darán duro a la mujer de chaqueta de cuero, que se encogerá en el suelo, gritando, con el rostro hecho pedazos por las patadas, la mujer que será sangre y huesos rotos, con las puntas de los zapatos de esos hombres clavadas en el cuerpo como hojas de cuchillos que han esperado toda la noche para sacrificarla.

(c) Gabriela Aguilera Valdivia

Santiago de Chile
































Gabriela Aguilera Valdivia




Vine a cobrar lo que me debes


Te he seguido y sé con quién sales, a qué hora vuelves. Escuché cuando detuviste el auto, el sonido de la puerta al abrirse, las llaves que dejaste caer en el pocillo rojo que está sobre el arrimo de la entrada. Después, tarareando, te metiste a la ducha.
Creíste que firmando los papeles del divorcio todo se había acabado. Tienes que saber que no es así. Hay cuentas pendientes. Tú me debes demasiado. Estás obligada a pagarme y yo vine a cobrar esa deuda. Con ayuda de la pistola que descansa en el bolsillo de mi chaqueta.
A pesar de que cambiaste las cerraduras, pude entrar. Yo entro a donde quiera. No me creíste cuando te dije que no importaba dónde te escondieras, que no importaba cuántas denuncias pusieras, cuántas órdenes de restricción llevaran mi nombre. Yo te iba a encontrar, te iba a tener frente a mí. Porque así quiero que sea.
Abrí el mueble bar, me serví un trago y me senté a esperarte en el sofá blanco, recostado en los cojines. Tengo derecho. Esta es mi casa aunque me hayas sacado de aquí. Te quedaste con los hijos, con los amigos, con parte del dinero y con este sofá, que compramos juntos.
Fueron buenos tiempos… Te dedicabas a cuidar de la casa y a criar a los hijos y yo pensaba que eras feliz. La vida era simple y fácil entonces. Pero te dio por volver a aficiones que tenías antes de que nos conociéramos, incluso retomaste amistades que eran sólo tuyas. Me dejaste fuera. Volviste a hablar de temas que yo no entendía, dejando en evidencia que intelectualmente, yo era inferior a ti. Te reías de lo que hablaba, descalificabas cualquier cosa que yo hiciera. Te alejaste, tomaste aires de reina, me abandonaste.
Me sacaba de quicio que protagonizaras las películas, dejándome eternamente los roles secundarios. Recuerdo las veces que monopolizaste las conversaciones con tus ocurrencias y tu risa.
Nunca entendí de qué te quejabas. Te lo di todo, incluso adelantándome a tus deseos, porque era capaz de adivinar lo que pensabas, lo que querías. Estuve a tus órdenes durante treinta años, dispuesto a hacer cualquier cosa, cualquier sacrificio para que estuvieras contenta y me amaras, a veces pidiéndote que me lo dijeras, aunque no fuera cierto. Te mostré el mundo. Fuimos a lugares que los perdedores que te rodean ahora no conocerán nunca. Pero para las mujeres nada es suficiente, siempre quieren más.
Y una noche de septiembre me comunicaste que ibas a separarte y hablaste de la libertad, de tu necesidad de crear, una sarta de tonterías que no tenían sentido para mí. Te abofeteé, claro que sí. Estúpida. Creíste que era fácil terminar conmigo. Por formulismo te pregunté si había alguien más y contestaste que no. >Supe que decías la verdad y entonces traté de convencerte para que reconstruyéramos el matrimonio, apelando a eso de que lo más importante es la familia. Estaba dispuesto a aceptar las migajas de cariño que quisieras darme, con tal de seguir a tus pies, admirándote, igual que un perro, conformándome con unas cuantas caricias que me entregabas de limosna.
Qué te has imaginado, imbécil. La gente me felicitaba por estar casado con una mujer como tú. Muchos de mis amigos te deseaban, podía verlo en la manera en que te observaban y sé que algunos de ellos se acercaron a ti después de que nos separamos. Te perseguí durante meses, manteniendo amantes, claro, qué te crees, desgraciada... No iba a dejar que nadie me viera en el suelo, derrotado, vaciando botella tras botella. Cuestión de dignidad. Sin embargo, tú sabes que eres la primera y la única. Siempre lo serás. Mi mujer. Mi esposa.
Me sirvo otro whisky y me digo que no vas a tener la última palabra, no te vas a salir con la tuya, no te quedarás riéndote de mí. Piensas que me has vencido, que porque estamos divorciados y pusiste distancia entre los dos, ganaste la guerra.
Te oigo cantar bajo el agua y tarareo contigo. Cierras la ducha y preguntas quién anda ahí. Esa es una de tus preguntas clásicas. “Quién anda ahí”, decías, pesquisándome en mi propia casa. Debo reconocerlo…tienes buen oído.
Sales del baño y entras al living con cautela, envuelta en una toalla. Me ves y das la vuelta, gritando. Te agarro del brazo y te obligo a sentarte en el sofá blanco. “Vas a escucharme, maldita infeliz”, te digo, “ ahora vas a escucharme.
Tienes miedo, lo veo en tus ojos, en la forma en que tiembla tu mano sujetando la toalla que te cubre. “¡Tú eres la culpable!”, te grito, “Me provocaste, me acorralaste, me robaste lo que es mío, asesorada por esa abogadilla, otra perra igual a ti”. Lloras, murmurando, “Por favor, por favor”. No me conmueves con tus lágrimas. Arruinaste mi vida. No quisiste obedecerme, no me hiciste caso. Y yo te lo advertí más de una vez.
Tratas de huir de nuevo, aprovechando el momento en que estoy tomando el último trago de whisky. Te alcanzo, te tomo del cuello, apretando tu garganta con mis manos, inmovilizándote contra la pared. Cómo te cuesta respirar, maldita. Quiero que sientas lo que es que le falte el aire a uno. Intentas rasguñarme y entonces te suelto y te golpeo en el estómago. Caes sobre la alfombra, la misma alfombra sobre la que me arrastré hace unos meses, suplicándote que me dejaras volver. Estás doblada en dos, afirmándote en el sofá blanco. Me enfurece verte llorar así, debilitada en tu desnudez, hecha un ovillo en el suelo. Te golpeo en la cara con el puño cerrado y te sangra la boca y la nariz. “¡No tienes derecho a jugar a la víctima!”, grito, “¡El único perjudicado aquí soy yo!”.
Estás a mis pies ahora, en el lugar que he deseado tenerte desde que empezó todo esto. Levantas la mano y te agarras de mi pantalón. Acabas de ensuciarme con tu sangre. Saco la pistola, la levanto, la acerco a tu cabeza y aprieto el gatillo. La bala estalla en sangre que mancha el tapiz blanco del sofá.

Ahora sí estamos a mano. Las cuentas están saldadas.

(c) Gabriela Aguilera Valdivia

Santiago de Chile

Acerca de la autora:

Gabriela Aguilera Valdivia


Es escritora, narradora y antropóloga, formada en estudios mexicanos por la Universidad Nacional Autónoma de México.
Es profesora suplente en los cursos de la escritora Pía Barros, miembro del comité editorial de Asterión Ediciones y actual Presidente de la Corporación de Letras de Chile. Publicó tres libros de cuentos y tres de microcuentos, y también en antologías de Cuba, Argentina, Estados Unidos, Venezuela y España. Su publicación más reciente es la novela Saint Michel.












jueves, 17 de mayo de 2012

Pablo Paredes




















Escobas de otoño

Debajo de los árboles, a los escobazos sobre las agonizantes hojas, para que se desprendan, apurando un otoño sucio y molesto. No importa por qué el otoño, no importa por qué caen las hojas, ¡sólo importa que termine y termine ya!
El hombre intentando a los escobazos apurar a la naturaleza. ¡Apuráte maldita, que tengo otras cosas que hacer! ¡Estoy ocupado como para estar encima tuyo!
El entorno del hombre ya no es lo natural, el entorno ahora es lo social.
¿Quién le ha robado el hombre al hombre? Un duelo, un periodo de crecimiento, un momento de desafío, son procesos naturales que molestan, estorban a nuestros ingenuos proyectos sociales. No reconocemos aquello que es natural, propio de nuestra existencia, que guarda un verdadero sentir y vivir, que hoy no podemos descubrir.


(c) Pablo Paredes


Buenos Aires






Acerca del autor:






Pablo Paredes (Campana, Provincia de Buenos Aires) actualmente media los estudios de medicina, en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.
A partir de una búsqueda personal, escribió el libro "Apolo pide ayuda"de tipo contemplativo con cuentos y reflexiones, todavía inédito. Sigue escribiendo cuentos cortos, poesías y reflexiones.
"Todo lo que escribo responde al tedioso camino de conocer cómo es nuestra humanidad, es decir, el verdadero ser. Mi escritura tiene un fuerte peso espiritual (de tipo Católico), pero me siento a veces obligado a moldearla, debido a que no hay muchos espacios en donde uno pueda expresarse".



viernes, 4 de mayo de 2012

Cecilia Vetti






Un tío viejo



Alguien se había pegado al timbre y estaba dispuesto a no soltarlo. A la hora de
la siesta no acostumbraban a pedir limosna, aparte de que ahora había pocos
pordioseros recorriendo las calles, y mucho menos un domingo. Tampoco esperaba
visitas. Nora dormía la siesta como si nunca fuera a despertar. Se levantó con desgano
y se calzó las chinelas. Observó por la mirilla de quien se trataba. Era el tío Eugenio,
por más  que hacía años que no lo veía, lo hubiera reconocido en cualquier lugar.
- ¡La puta que te parió!... ¡De que cajón resucitaste!
Estaba más viejo, más flaco, más vencido. Tenía el mismo gesto de capitán de barco.
Siempre discutía con el viejo, podía recordar los gestos y las palabras. Para ellos,
la tierra y el campo era lo principal.

Dio vuelta la llave y abrió. El tío se quedó mirándolo como si lo hubiera visto ayer.
Hacía más de diez años que él no aparecía por el pueblo. Un pueblo chato y sin
ambiciones.

– ¿Tío Eugenio, cómo llegó hasta aquí? ¿Lo trajeron o vino solo? ¿Lo acompañó
mi vieja?– le preguntó sin franquearle la entrada.

–Me trajeron los pies, uno delante del otro. – murmuró con su típica tonada pueblerina.
Últimamente los pies me llevan a cualquier parte. – dijo recostándose en el muro.

–Pero mi vieja sabe que usted se fue del pueblo. Sabe que se tomó el tren del espiante.
 ¿No lo estarán buscando?

–Tu vieja hace meses que no me viene a ver, y desde que no frecuento el boliche
 no veo a nadie. ¿Quién puede querer hablar con un viejo?, además todos mis amigos
han muerto o se fueron del pueblo. Qué puedo decirte. Tu vieja anda enredada
con un fulano, cuando más vieja más loca. Seguro que le está sacando la plata. –afirmó

– Bueno tío, tampoco es cosa de ofender. Usted nunca la tragó a mi vieja. Siempre les
 tuvo bronca a las mujeres. ¡Qué joder!... Tampoco hay que ser tan rencoroso porque
una mina lo dejó cuando noviaban.

–No me importa, ella es la viuda de mi hermano, vos sos lo único de mi sangre que me queda.
 – suspiró el viejo casi como si lo lamentara.

Andrés observó la valija atada con una soga. Olía casi tan mal como el viejo. Su
tío Eugenio tenía toda su humanidad, incluso la ropa, marcada por el tiempo.

–Pero tío, aparecerse así, de improviso. Usted no sabe como es Nora, un poco
fastidiosa. Ni siquiera aguanta a la madre. No le va gustar nada su llegada, además
está en una edad difícil. – dijo impacientándose.

–Sé por tu madre que tu mujer es menos humana que mi perra. Una vez ella me
 lo dijo, pero no me importa, igual me vine.

–Bueno, entre tío. No se va a quedar toda la tarde parado a la puerta. Ella está
durmiendo, los días de semana trabaja. Justo un domingo se aparece sin avisar.
Tenga cuidado, no me manche la alfombra porque la otra es capaz de hacer un
escándalo. Pase a la cocina que le voy a cebar unos mates, también tengo unos
 bizcochos dulces. ¿A qué hora tiene el tren de vuelta?

El otro lo miró con una mirada larga e hizo una mueca.

–Pase tío, no haga mucho ruido, ella es capaz de dormir toda la tarde. Creo que
ni siquiera se va a enterar que usted estuvo aquí. ¿Tiene hambre?

– Los viejos no tenemos hambre, lo perdemos en el camino, pero me duelen tanto
 las piernas. Tengo la osamenta como gastada, sabés. ¿Puedo sentarme?– preguntó
queriéndose agachar.

– Siéntese en esa silla baja, las otras están recién tapizadas. Al menor roce se arruinan
– casi le rogó.

El tío dejó caer su flaca humanidad en la silla baja como si en ello le fuera la vida.
 Suspiró, teniendo cuidado de tener cerca su pequeña valija, al alcance de sus ganas.


Viejo desconfiado, pensó Andrés. Todos los de la familia son iguales, amarretes y desconfiados. No les sacás una moneda ni apuntándolo con la escopeta. Y más éste, un solterón amargado, y por si fuera poco con olor a roña. ¿Cuánto hace que no se bañará el viejo este?–se dijo mientras buscaba la yerba.

Por suerte el mate le salió espumoso, le sirvió unos bizcochos, pero el tío solo aceptó el mate.

Como un viento tempestuoso se abrió la puerta de la cocina y apareció Nora, con el pelo alborotado y el vestido arriba de las rodillas. Supo por su gesto que no debió dejarlo entrar.

– Tu familia es un castigo, che. ¿Me querés decir de dónde salió este viejo roñoso?

– dijo por lo bajo.

El tío sorbía el mate con ganas, ni siquiera levantó la cabeza para mirarla. El líquido
verdoso bajaba por su garganta seca. Al levantar la cabeza, se encontró con la mujer.

– ¿Y a usted quién lo trajo?, seguro lo mandó mi suegra para molestarme.

–Ya le dije a mi sobrino que me trajeron los pies, son muy caprichosos, les gusta
hacer travesuras. Para jorobar, nomás. – rió por lo bajo.

–No se da cuenta que le pudo pasar algo. Un viejo solo en la ciudad. ¡Lo que hay que
ver! –gritó con los labios fruncidos.

– No se preocupe, si me pasara algo nadie se daría cuenta. –le aclaró

–Sacátelo de encima pronto porque no lo aguanto. –gritó Nora. Tu familia es pura
roña.

Me parece que me va a dar un ataque. –murmuró casi llorando. Dentro de un rato va a
venir el nene con los amigos… ¡No quiero que lo encuentren aquí!

–Voy a tener que quedarme unos días, tengo que arreglar unos papeles. Hay cosas
 que no se pueden hacer en el pueblo. No quiero que se entere tu madre, de la
 bronca es capaz de matarme a la perra.

–No te dije, este viejo está enfermo y quiere que lo cuidemos. –dijo Nora guardando
los bizcochos.

El tío se inclinó, estiró el brazo y desató la soga que cerraba la valija. Al momento
salieron disparados un pantalón descolorido y una camisa a cuadros.

– No te dije, hasta se trajo la ropa. Te doy unos minutos para que lo rajes de aquí.

–Tío, se le abrió la valija, va a perder la ropa, por qué no la cierra.

–La ropa es para ocultar la plata, dijo mostrando diversos fajos de billetes p
erfectamente alineados.

–Los dos se acercaron para mirar esa fortuna que se asomaba de la vieja valija.
¡Eran dólares!... Pero tío, esto es mucha plata… ¿Acaso usted asaltó el banco y
 se está escapando? Una vez vi una película en la que unos viejos robaban un banco.
 No me asuste, tío. ¡Son dólares! ¿Me entiende, viejo? ¡Dólares…!

–No tuve necesidad de robar un Banco, los Almeida no hacemos esas cosas.
Solo tuve que plantar soja. Esa hierba que corre tan rápido como una liebre y crece
en cualquier parte. Mis campos están cubiertos de soja. En todos estos años gané mucha
plata, sobrino– respondió suspirando.

–Tío, siéntese en el sillón tapizado, va a estar más cómodo. –le ofreció Nora
alcanzándole un almohadón.

– Así estoy bien, no me gusta estar más alto que los demás. No es de buena gente. Dame otro mate, Adrián.

Su nombre en la boca del viejo sonó distinto. Las manos le temblaban y el agua
cayó de los costados del mate como una cascada verde. Nora se apuró en limpiarlo.
 ¿Tío, usted no se estará por casar? –le preguntó intrigado. ¿Lo va a depositar en
un banco de la ciudad?

–Sabés Adrián, últimamente me estuvo doliendo mucho el pecho. No quiero que
tu madre le regale a un extraño mi plata.

– ¡Tiene mucha razón!–opinó Nora.

– Vos sos muy parecido a mi hermano y tenés los mismos ojos de mi madre. Cuando
 eras chico me gustaba que me miraras. Me hacía la ilusión que ella me estaba mirando.
Son cosas mías. Toda esta plata es tuya…–dijo sorbiendo el mate con placer. Yo ya
 tengo para mis males. No necesito nada más que un buen cajón y un poco de paz.
¡Todo es tuyo!... ¡Tuyo!...

– Está seguro, tío. Mire que yo no le exijo nada. Hace tanto que no nos veíamos.
Ni siquiera conoce a mi pibe. Debe estar por llegar. Le va a dar mucho gusto conocerlo.
 ¿No es verdad, Nora?

Ella se calla, está como hipnotizada mirando los billetes. –Tío, mire que son dólares,
después no diga que se lo robamos. – murmuró temblando.

–Solo es moneda extranjera, no entiendo el idioma. Todo me lo administró el gerente
del Banco. El viejo ríe, desparrama los billetes y ríe con una risa ronca. ¡La soja!...
 ¡Qué cosa!...Casi todos en el pueblo son ricos. Justo ahora que nos queda poco
tiempo. Yo nunca quise nada más que mi casa, mis plantas y mi perra. Mañana mismo
quiero que vayamos al notario para poner a tu nombre la casa y el campo. Tengo
una dirección que me dio el gerente. Es un buen hombre, se ocupa de todo. Después
tenemos que hablarle para que no se preocupe.

Apoyada en la mesa, Nora ha vuelto a destapar la lata de bizcochos. Los bizcochos
crocantes brillan con la última luz de la tarde.

–Che, mi tío está cansado, preparale el baño y un pijama. Ése azul con rayas blancas, ése
 que parece de seda.

Ella pareció salir de un trance y desapareció. Al momento solo se oía el ruido del
agua al caer en la bañadera.

–Yo no me baño ni loco, querés que se me seque el cuerpo. ¡No faltaba más, uno
anda con tan buena intención y le vienen con el baño! Solo quiero un catre o un sillón

para dormir un poco. El viaje me dejó medio desarmado.

– ¡Mi cama, tío! ¡Mi cama!... Acaso no soy su único pariente. Mañana falto al trabajo y lo acompaño a lo del notario. Los tíos viejos tiene que tener donde apoyarse. Si uno no le hace un
favor a un pariente. ¿A quién?... ¿No quiere un bizcocho?

El viejo se levanta y acercándose a la ventana mira la calle. –¡Linda tarde!, dice
como para sí. Pero en el campo son más lindas, podés ver recostarse el sol a los
 lejos como si se despidiera. A veces te dan ganas de llorar.

–Y llore, tío, para qué tiene mi hombro. Pase al dormitorio, acuéstese, se lo ve cansado…
La Nora y yo lo vamos a cuidar.

El viejo se pierde en un dormitorio ajeno, con las cortinas floreadas y una cama tan
 grande como su cansancio. La cama está tibia y tiene olor a lavanda. Se deja estar mirando el cielorraso hasta que se queda dormido.

Andrés y Nora se sientan sobre la alfombra, ni siquiera se atreven a tocar los billetes.
– ¡Que te parió, el viejo!, –dice él. – ¡Qué te parió, el viejo!, –repite ella con los
ojos llenos de lágrimas. A tu vieja le va a dar una bronca… Suerte que lo dejaste
 entrar…



© Cecilia Vetti

Banfield

Provincia de Buenos Aires

martes, 17 de abril de 2012

Araceli Otamendi
















El examen



La pollera corta, el pelo largo, había ingresado en la facultad a cursar una carrera árida, tremendamente árida y con mucho futuro. Su modelo era la protagonista de un relato fantástico, cosa que le permitía fantasear a lo largo y a lo ancho de su imaginación con todas las posibilidades. Había pasado la última semana estudiando todos los días en la biblioteca. Los próximos exámenes eran difíciles. Análisis matemático, álgebra, estadística, series convergentes, divergentes, término general, infinito, palabras, palabras que se convertían en números y números convertidos en palabras. Lenguajes, sistema binario, sistema hexadecimal, cuántas cosas nuevas había aprendido. Sabía que los bits, unidades de información, podían ser ceros
o unos, unos o ceros, los bytes compuestos de bits se componían de ceros y unos, unos y ceros. Y esa sería la forma de guardar la información, de poder utilizarla cuando se quisiera, de poder estudiarla, procesarla,de lograr así que las personas no dedicaran todo su tiempo al trabajo en tareas mecánicas y repetitivas y tuvieran más tiempo libre, para ser más libres. Eso era tal vez lo que la alentaba a seguir, a pasar horas en la biblioteca, sacrificando el tiempo, robándolo a otras cosas, como hacer un deporte, nadar, leer literatura, cosa que nunca había dejado de hacer. Se entretenía, como un solaz, con algunas novelas: García Márquez, Cortázar, ManuelPuig, estaban ahí a su alcance, en los estantes. De García Márquez había leído últimamente La
cándida Eréndira. De Puig, La traición de Rita Hayworth, de Cortázar, Octaedro. Este último libro se lo habían prestado a su padre, una amiga que vino de afuera, desde otro país y el libro andaba circulando de aquí para allá. Para dar el examen se había preparado bien, al menos eso
pensaba. Tanto estudiar las series y el término general, a veces lo de convergencia y divergencia y si el término general tiende a cero o a infinito, la hacían pensar. La profesora que iba a tomar el examen era licenciada en matemáticas. Era una mujer grande, o al menos eso le parecía a la protagonista de esta historia. Es que ella era tan joven que todas las demás personas le parecían mucho mayores. A la licenciada se le empezó a notar la panza mientras explicaba algún teorema en el pizarrón. Quién sabe por qué,la mujer empezó a explicar un día que no llevaba bien su embarazo. Casi no comía porque le daba náuseas. Y lo decía mientras fumaba y tenía una tiza en la mano para escribir en la pizarra. Y la licenciada era tan inteligente que daba gusto escucharla. Y escribía signos, números y hablaba de las series. A muchos de los alumnos que iban a la facultad con ella, les fascinaba la idea de que esa mujer, la profesora, supiera tantas cosas y las supiera explicar con tanta rapidez,tanta, que a veces no había tiempo de copiar lo que ella escribía en el pizarrón. Un día, los alumnos, los compañeros de la protagonista de esta historia, le habían pedido especialmente que demostrara cómo se llegaba al número pi. A la protagonista de esta historia la sacaba de quicio quedarse después de hora para que esta mujer demostrara tal habilidad.
Con los teoremas que ya había explicado le parecía que todo eso era suficiente, que tenía demasiado para estudiar. Pero a la profesora dematemáticas nada, ningún tiempo, ni el de ella ni el de los alumnos, parecía alcanzarle para seguir explicando los misterios del universo reducidos a números. A la protagonista de esta historia, le gustaba además de estudiar,el aire libre, el sol, el río, las plantas, los deportes, la literatura.No le preocupaba entonces la cuadratura del círculo. La profesora demostró frente a toda la clase cómo se llegaba al número pi. Lo hizo mediante una serie de cálculos quedejó boquiabiertos a unos cuantos. También a la protagonista de nuestra historia.Pero además de esa demostración matemática, la licenciada no ahorró pormenores durante la clase acerca del maltrato que inflingía a su cuerpo. Casi no comía y fumaba, fumaba en clase y fuera de ella. Había subido muchos pisos por las escaleras porque el ascensor de la facultad no andaba. Tenía náuseas. No podía comer. A la protagonista de nuestra historia le parecía que esta mujer no estaba bien de la cabeza. Tanto hablar del número pi hasta se había olvidado de comer. ¿Por qué no se tomaba un descanso y se quedaba en su casa? A la protagonista de nuestra historia le parecía que la vida, la verdadera vida, pasaba por otro lado.
Hacía poco había estado leyendo algunos cuentos breves y extraordinarios de Borges y Bioy Casares. Le habían fascinado. Le gustaba pensar en seres extraordinarios, en cuentos extraordinarios, en cosas extraordinarias. Y no tanto estar encerrada en la biblioteca estudiando, como todos esos días, antes del examen. El examen quedó pendiente. Los sucesos históricos y políticos habían hecho que la facultad estuviera cerrada. Pasó el verano intenso, pasaron las vacaciones, las hojas de los árboles reverdecieron y se secaron. Y la protagonista de esta historia volvió a prepararse para el examen. Nuevamente el término general y la serie, infinito, teoremas, fueron palabras que ocuparon su mente durante muchos días y muchas noches. Alternándolo, claro, con la lectura de la mejor literatura que se escribía en ese tiempo.
El día del examen amaneció nublado. Se había levantado temprano,antes del amanecer para repasar. Esas series de números que tendían a cero o a infinito se le habían ya tornado en problema. Y las fórmulas, y el término general, y tantas cosas que la profesora había explicado…
Sabía que los misterios del universo no se le develarían conociendo esas fórmulas porque los misterios del universo eran muy difíciles de conocer, pero también sabía que al recibirse podría conseguir un buen trabajo.
Al llegar la hora del examen la protagonista de esta historia se sorprendió un poco ver llegar a la profesora. Estaba mucho más avejentada, tenía peor aspecto que antes. Y como siempre, fumaba. El examen empezó con total normalidad. Primero fue el escrito. Después llamarían a oral. Nuevamente la protagonista de esta historia, que había ido vestida a la facultad como ese personaje del cuentofantástico que admiraba, con la pollera corta y el pelo largo, había tenido que pensar en el infinito, en el cero y en el término general de la serie, entre otras cosas.
La profesora recibió el escrito y la hizo pasar al frente.Ahora, dijo, me va a demostrar por qué la serie es convergente. La protagonista de esta historia miró a la profesora a los ojos, la miró de arriba abajo y entonces se le ocurrió la pregunta, pregunta que casi enseguida se dio cuenta que no debería haber hecho o debería haber hecho en otro momento:¿qué tuvo, nena o varón?
Nada, dijo ella, nada, casi cerrando los ojos.
La protagonista de esta historia se quedó frente a ella en silencio, interrogándola.
Nada, tuve, dijo, nació muerto.






(c) Araceli Otamendi






El examen fue publicado en el Suplemento La Palabra, del diario La Opinión (Rafaela, Provincia de Santa Fe, Argentina el 14-4-2012).

miércoles, 11 de abril de 2012

Óscar Osorio




























foto: Óscar Osorio

Lejos de ella



Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.

(Borges, El amenazado)


Le pido a mi esposa que deje la cámara conectada. Sonríe, bosteza con la boca muy abierta, se envuelve en la sábana azul y se duerme. La observo un rato, concentrado en el ritmo cadencioso de su respiración, ansioso de abrazarla, de sentir la tibieza de su piel y dejarla dormirse en mi regazo. Ese es uno de nuestros ritos de nocturnidad, una de nuestras pequeñas magias inútiles: nos acostamos, la atraigo hacia mí, ella reclina su cabeza en mi pecho y juguetea con sus dedos en mi torso mientras conversamos de cualquier cosa o esperamos en silencio los dulces aleteos de Morfeo. Sé que está dormida cuando su mano se detiene. La muevo hacia su lado y me levanto a leer. Ahora es diferente. Ella se ha quedado dormida a cientos de kilómetros de distancia, con la mano abandonada sobre la sábana fría, y yo me resigno a verla en el rectángulo iluminado de la pantalla.
Me sirvo una copa de vino y pongo en mi laptop la película Away From Her, escrita y dirigida por Sarah Polley, a partir de una historia de Alice Munro. Me enternece la imagen de dos ancianos que se desplazan en sus esquíes sobre la nieve y se detienen bajo un cobertizo de madera a observar el hermoso crepúsculo. Siguen algunas escenas de la vida cotidiana de la pareja: la preparación de la comida, la cena romántica, la lectura en voz alta, el placer erótico.
Una escena resulta muy conmovedora. Fiona y Grant cenan con un par de viejos amigos. Fiona se levanta y toma una botella de vino, pero se queda parada al lado de la mesa, con la botella en la mano. No sabe qué hacer. Mientras habla de su situación, aparece un plano de ella deslizándose sobre la nieve. Se detiene desconcertada. Mira el camino trazado por los esquíes, las dos líneas paralelas que se prolongan al fondo del paisaje hasta una casa, con el techo acobardado por el peso del hielo. No logra reconocer la casa ni el camino. No sabe qué hacer. Está allí, en medio de la nieve, desorientada y sola, con los bastones en las manos. La enfermedad de Alzheimer no le permite la evocación del hogar. No recuerda que esa es su casa, que allá la espera el hombre con el que ha vivido cuarenta años. Su memoria es una nuez que una ardilla roe. La ardilla se come el recuerdo de ese camino, se engulle glotona la memoria de ese amor, devora su pasado. Ella lo sabe. “Creo que estoy empezando a desaparecer”, dice mientras mira la botella de vino que tiene en la mano.
Imagino la angustia de ese desvanecimiento, la agobiante experiencia de confirmar en cada momento que algo de nosotros se deshace en las brumas de la memoria y que al final no vamos a poder reconocernos en el espejo. En cada desorientación, en cada equivocación, en cada olvido Fiona constata que se está borrando del mundo. Habita la angustia del tiempo. “Con cierta parte de nuestro ser vivimos todos fuera del tiempo”, dice Kundera. No es cierto para Fiona. Ella vive en un insomnio sostenido, se balancea en el vórtice del tiempo, tiene conciencia plena y permanente de su desvanecimiento, levanta la roca con la mirada puesta en la alucinada boca del cráter. Fiona es Sísifo y es la roca, y su camino son las fauces hambrientas de la nada que le come su cerebro.
Pauso la película y me levanto por otra copa de vino. Me asomo a la ventana. El viento levanta la textura blanca del invierno, teje vagas cortinas de volantes vanos. Hay nieve sobre la calle y los coches, en los tejados de las casas y en las ramas de los pinos. Una hora antes recorrí esas calles heladas, con las manos tibias en los bolsillos del abrigo y el corazón aterido. Ahora las veo a través de la ventana, desde la tibieza de mi estudio en Queens. Mi imagen se refleja tenuemente en el vidrio, sobre el telón oscuro de la noche. Así imagino a Grant, un fantasma que se diluye, con el corazón aterido, en la oscuridad insondable del olvido.
Vuelvo al computador. Abro la ventana donde duerme mi esposa. La cobija se ha deslizado, revelando, bajo la blusa del pijama, la turgencia de su seno derecho. Ella duerme, indiferente al deseo que me nace en el cuerpo. Mejor vuelvo a la película, maximizo la ventana y le doy play.
Fiona está en casa. Sonríe. Es una mujer madura, pero la edad no ha destruido su belleza. Ella podría hacer con dignidad juvenil el gesto que le dio nacimiento a Agnes en la imaginación de Kundera. Fiona sonríe para calmar a Grant. La ardilla no se ha comido aún todos los recuerdos. Todavía quedan unas sobras y esas sobras le bastan para compadecerse por él, para reconocer el inmenso sufrimiento que le espera a su esposo cuando las tinieblas del olvido le arranquen del cerebro la última imagen de su amor. En su mente, el amor se desvanece, como si alguien levantara la pantalla de plástico de un tablero mágico. Cuando la pantalla esté arriba, la imagen de Grant se habrá deshecho y desaparecerá para siempre su inmenso amor por él. Con esa angustia, enfrentan la bruma de los últimos días. Ella lo ve paralizado por el miedo y le sonríe, le regala ese bálsamo maravilloso para asegurarle una fugaz tranquilidad. Grant se fortalece en ella, como un niño a quien la madre toma de la mano y lo saca de la oscuridad. Pero sabe que esa sonrisa que entra en la oscuridad para liberarlo será borrada para siempre en poco tiempo, que Fiona ya no podrá tomarlo de la mano.
Minimizo la ventana y recupero la imagen de mi bella durmiente. Sigue en la misma posición, a la espera de su príncipe azul, que soy yo, que la he besado muchas veces. Ella se mueve muy poco cuando duerme. No la molesta ni la luz, ni el ruido, ni el movimiento. Dice que soy su somnífero, que mi presencia le da una tranquilidad tal que se va del mundo sin temores. Incluso ahora, a la distancia, nuestra conversación cibernética le ha dado esta ficción de cercanía y ella se ha abandonado a mí en un sueño sin perturbaciones. Aun en los abismos del sueño, la memoria le traduce la experiencia del amor, la deja abandonarse. Cuando la conocí, me enamoré de inmediato. No sé qué recuerdos se cruzaron en mi memoria para regalarme esa primera ilusión. Me atrajo su físico, por supuesto. Todavía me encanta. Pero algo muy íntimo se movilizó en mí cuando la conocí, cuando la escuché, cuando estrechamos las manos y me regaló con el prodigio de su sonrisa. Algo del pasado me hizo saber que sería muy grato envejecer a su lado y esa seguridad se ha mantenido todos estos años. Sé que mi frágil memoria me otorgó ese regalo y ahí está, alimentándose de recuerdos gratos. Me viene a la mente el poema de Quevedo, esa joya que ha vencido el tiempo. Lo declamo. Las palabras se deslizan como sandías breves de mi boca:


Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Repito el verso que consagra esa ilusión de inmortalidad: “Polvo seré, mas polvo enamorado”. Lo hago con un placer repetido durante siglos. Me gusta esa imagen del amor triunfante sobre los despojos de la muerte. Sé que es una vana ilusión, pero cómo alivia la pesada carga de la existencia. La memoria nos da la experiencia del tiempo y nos da también la experiencia del amor, que nos salva de la angustia del tiempo. Su persistencia, como en el cuadro de Dalí, ablanda los relojes.
A Fiona, en cambio, el amor, que es memoria, se le deshace como un helado en la furia del verano. Los recuerdos salen lentos de su mente, como el líquido de una bolsa pinchada por un alfiler. Ella es ese fluir hacia la nada. Esos recuerdos que los mantienen unidos se filtran por el agujero hecho por el alfiler y ellos tienen tiempo para saber que en algún momento la bolsa se vaciará por completo. La bolsa de su cerebro comido por la ardilla será un hueco oscuro en el que ella se abandonará para siempre y dejará a Grant en soledad. Ellos saben eso y están abrumados, pero Fiona sonríe y él se apoya en ese bastón y la acompaña a la clínica donde ella vivirá lejos de él. Allí la deja y allí Fiona, sin la imagen del amor de Grant en su memoria desnutrida, se enamora de otro hombre. Es alguien recuperado por un viejo recuerdo de la infancia, un recuerdo que no se ha comido la ardilla. Es un hombre que le coqueteó cincuenta años atrás, en ese tiempo que para ella el Alzheimer ha convertido en un ayer inmediato. El tiempo vence y es vencido. Fiona se entrega a esa nueva ilusión. Grant los observa. Impotente para recuperar su amor, ayuda a Fiona a seguir en ese amor, que ya no es el suyo, para que ella, que es su amor único, tenga esa ilusión de inmortalidad, esa última felicidad. Grant se hace héroe en ese gesto. Es un héroe del amor.
Busco en mi pasado un gesto heroico de entrega. No encuentro nada. No hay hechos heroicos en este matrimonio de veinte años. Sólo la persistencia del amor, que nos ha salvado de la miseria del tiempo. La película corre créditos. Tengo la copa de vino en la mano. Afuera ha vuelto a nevar. Mi esposa sigue inalterada en el rectángulo de luz. Te amo, le digo. No contesta. Te amo, insisto. Pongo la almohada cerca de la pantalla y me acuesto a su lado. Contemplo agradecido su rostro. No soy un héroe de amor, lo sé. No quiero serlo. Sólo soy el hombre que no quiere vivir lejos de ella.

(c)Óscar Osorio


Colombia


Acerca del autor:


Óscar Osorio. La Tulia, Valle, Colombia, 1965. Es profesor Titular de la Universidad del Valle y es candidato a Doctor en el Ph.D. in Hispanic and Luso-Brazilian Literatures, del Graduate Center (CUNY), New York. Ha publicado los libros: La balada del sicario y otros infaustos (2002), Historia de una pájara sin alas (2003); La mirada de los condenados (2003); Poliafonía (2004); Violencia y marginalidad en la literatura hispanoamericana (2005); Hechicerías (2008); El cronista y el espejo (2008), que obtuvo el XXXII Premio Cáceres de Novela Corta, España 2007; Una porfía forzosa (2012). Hace parte de las antologías Encuentro 10 poetas latinoamericanos en USA (2003); Cali-grafías la ciudad literaria (2008); Voces y diferencias. Poesía (2009); Voces y diferencias. Relatos (2010). Es coautor de los libros Nueva novela colombiana (2004) y Yo hablo, tú escuchas, ella lee, nosotros escribimos, una pedagogía compartida (2007). También ha publicado ensayos, crónicas y poemas en revistas como Poligramas de la Universidad del Valle, Hybrido de New York, Con-textos de la Universidad de Medellín, Ciberayllu adscrita a la Universidad de Missouri (USA), Letras Hispanas adscrita a la Universidad de las Vegas (Nevada, USA), Revista Cronopio, Letralia, Aurora Boreal.