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Las lilas - Cecilia Vetti

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    Estaba solo en la habitación, pudo sentir ese aroma especial que se amparaba en lo perecedero. En ese momento las lilas del parque tomaban formas descabelladas como caballos alados bordeando los costados del ventanal. Se sintió cerca de Dios, tan cerca como si el murmullo de su propia alma lo abrazara. Cuando el jardín se cubrió de oscuridad, abrió la puerta de su habitación y salió al aire. El croar de las ranas y el canto de los grillos lo hizo creer que toda su existencia era obra de algo sobrenatural e inasible. Buscó su karma debajo del saco y se acarició el pecho, lo recorrió un temblor desconocido, era él y a la vez no lo era. Tenía la boca seca, se acercó a la fuente y haciendo un cuenco con sus manos bebió con avidez. El agua cayó a su alrededor iluminada por un rayo de luz. Pensó en Uriel, lo había abandonado como una cosa inútil, después de ser su amante durante cuatro años. Uriel era caprichoso y arrogante, siempre deseando un poco más de esos billete...

Mayco - Araceli Otamendi

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  Mayco   El pequeño animal, casi enano, me seguía como un perro. Su nombre era Mayco – no sabía su significado. En ese momento, tampoco me interesaba.  Semejante a una cebra, su cuerpo tenía rayas de distintos tonos y crines como las de un caballo. Hacía meses que no se podía salir de casa más que para lo imprescindible,   la pandemia de Covid 19 me lo impedía. Consideré que lo mejor era pasar las horas realizando mi arte. Estaba pintando una tela cuando llegó. Lo miré, me miró.   Tenía ojos de animal y una expresión casi humana. Seguía pintando y Mayco empezaba a opinar: - ahora azul, ahora amarillo. Parecía saber de colores y hasta parecía simpático. Después   llegó mamá y me preguntó qué pasaba. -          Mayco se queda en casa, Mayco no se va – afirmé .   Mamá no dijo nada y se alejó. Como siempre estaba en lo suyo, esculpiendo figuras, niños de barro. Seguía pintando y pintando, durante horas...

El Callao* - José Respaldiza Rojas

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                                                 MI  PADRE CHALACO* El recuerdo más antiguo que tengo del Callao se le debo a mi padre a raíz de una pregunta que le hice,  Padre  ¿por qué usted nació en el Callao?  Su respuesta me impresionó mucho al punto de tenerla grabada en mi memoria. Mi padre nació un 9 de junio de 1906, en los altos de la hoy desaparecida Compañía de Cerveza Pilsen Callao. Era Presidente del Perú José Pardo y Barreda y Alcalde del Callao John J. Impett. Ese lugar tan inapropiado para el nacimiento de un bebé se debe a los antojos que manifiesta una dama al estar embarazada, y a que estaban emparentados con los Bentín. Lo cierto es que fue causa de un gran alboroto y correrías, no se encontraba p...

La tarde - Araceli Otamendi

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La tarde Le gustaba mirar por la ventanilla las casas chatas, los pastos salvajemente largos, los árboles erguidos como estatuas heladas, los troncos  pintados con cal  para que no se los coman las hormigas. Le gustaba disfrutar del paisaje pobre, de esa ausencia de edificación lujosa, de esa misteriosa desolación de la Provincia de Buenos Aires al sur. Pasaban árboles y más árboles, también las piletas con el agua azul de los clubes de Avellaneda. Faltaba poco para llegar. El sol empezaba a entibiarse. El guarda  pide el boleto. Los ojos como dos alfileres de cabecita miran como inyectándose en las caras de las personas. Y después mirar los afiches en el fondo del vagón, el olor a encierro, el tufo del tren. Imaginarme el piso de la casa al caminar, la madera crujiendo, las paredes silenciosas, los techos altos. El jardín… Y entonces apareció sentado el hombre ése, o tal vez se lo había imaginado. Parecía  un fantasma, tenía algo de la desolación d...

El misterio del cine*- (fragmento) - Antonio Costa Gómez

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Antonio Costa Gómez En el café Barbieri me preguntó el general Pilniak: “Entonces ¿cuál es el misterio del cine?”. Era un antiguo general del ejército soviético, que colaboraba con Casa Rusia, y tenía mucho interés por el cine. Lo conocí en la Filmoteca un día que miraba como un personaje de Dostoyevski una película de Parajanov. De vez en cuando me llamaba y charlábamos en el café Barbieri en los asientos de terciopelo.      “El misterio del cine –dije- es que nos recoge, que en él está nuestro aliento”. “¿Es eso lo que usted quiere sintetizar en su vino? – dijo- ¿El aliento de la gente?”  “¿Qué vino? –dije- Yo no estoy sintetizando nada. Solo me gusta mucho ver películas, todos ustedes ven visiones”. “Bueno, es posible –dijo-, pero nosotros sabemos qué poder, digamos diabólico, tiene el cine. Fíjese en El acorazado Potemkin o en Iván el Terrible, o incluso en La tierra, de Dobjenko”. “Se nota que tiene usted nostalgia de la época soviética” ...

Me llamó Boris Pasternak - Antonio Costa Gómez

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foto: Consuelo de Arco       Me llamó Boris Pasternak, me dijo: “Acuérdate de cuando escribí en 1917,  en medio de la guerra mundial “Mi hermana la vida”. Hablaba de la actividad de los trenes,  de como se movía todo el mundo a pesar de todo, de como empezaba  la primavera. Y escribí: “La vida, mi hermana. Aquí la ves que ella explota/ y se desfleca en lluvia, en llantos, en bofetadas de primavera”.  Y sentí la  energía.  Mordí la vida con gracia”.       Pasternak  me dijo:  “Los ancianos se agarran más la vida, la abrazan con fuerza, la beben en  cucharadas profundas. Igual que tu abuela de Tortosa poco antes de morir cuando le ponían la sopa de cena decía: “Me sabe a poco”.  Le sabía a poco la vida. Los viejos  saben lo que vale,  han pasado  mil cosas, los han amenazado tantas plagas, han renacido tantas veces. Pórtate como un viejo.  Los jóvenes se po...

Una mujer y una calle - Cecilia Vetti

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En su cara llovía la tristeza y luego quedaba detenida en sus mejillas como no queriendo caer. Toda lluvia luego tiene un resplandor, me dije. Cuando parpadeó, sus ojos fueron un abrazo donde escondí mi propia pena. Los dos   estábamos solos en una calle que no tenía medida y en la que nunca podríamos transitar totalmente. La pensé así: una calle sin medida, porque al final una oscuridad la hacía parecer tenebrosa. Nos sentamos en una pared   baja que sabía a humedad y jazmines. ¿Qué se puede decir cuando no se sabe nada del otro? Cuando el otro es un puente para cruzar nuestra soledad. Las miradas alcanzan un siglo de parpadeos y preguntas. Toda la lluvia de su cara se había guarecido en un charco y desde allí nos miraba con curiosidad. No sabíamos que decir, solo nos quedamos quietos como si todo nuestro interior nos encomendara al silencio. Y el silencio nos unía convocándonos a un plano superior; individuos de una dimensión distinta. Porque el silenc...